Luna Roja

Capitulo 118

El sol de las Bahamas comenzaba su descenso, tiñendo el horizonte de un naranja violáceo que se reflejaba en las aguas cristalinas frente a la villa de Grace. El viento cálido movía las cortinas de lino blanco de la terraza, donde Grace intentaba, sin éxito, concentrarse en un libro. Su mente siempre regresaba a Londres, a la tragedia de Emma y a la amenaza constante de Tomás.

Un movimiento en la entrada de la playa llamó su atención. Un hombre caminaba por la arena con una elegancia que le resultaba dolorosamente familiar. Vestía una camisa de lino azul desabrochada y caminaba con la seguridad de quien es dueño de todo lo que pisa. Grace sintió que el corazón se le detenía por un segundo.

—¿No me digas que el paraíso te ha vuelto tan solitaria que ya ni saludas a los viejos amigos? —dijo el hombre, deteniéndose al pie de la terraza.

Grace se puso de pie, su libro cayendo al suelo. —¡Orlando!

Orlando Versailles. El hombre que, años antes de que el torbellino de los Holler la succionara, había sido su primer amor verdadero. Un heredero franco-británico con una sonrisa que podía desarmar ejércitos. Su relación terminó cuando las ambiciones de sus familias los separaron, pero la chispa nunca se había extinguido del todo.

Orlando subió los escalones y la miró intensamente. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Grace, notando el cansancio que el maquillaje no lograba ocultar.

—Me enteré de que estabas aquí a través de unos contactos en la marina —dijo él, bajando la voz—. Supe que estabas... huyendo, Grace. Y no pude quedarme de brazos cruzados en París.

—No deberías estar aquí, Orlando. Es peligroso —susurró ella, aunque sus manos, por instinto, buscaron las de él.

Orlando le tomó las manos y la calidez de su tacto envió una descarga eléctrica por la columna de Grace. —He pasado años lamentando haberte dejado marchar la primera vez. Si el mundo se está cayendo a pedazos, prefiero que me encuentre a tu lado.

Se quedaron en silencio, el sonido de las olas como único testigo. La tensión entre ambos era casi palpable, una mezcla de nostalgia, deseo y la desesperación de dos almas que se encuentran en medio de un naufragio. Por un momento, Grace olvidó a Tomás, olvidó el miedo y se permitió sentir el calor de un amor que creía muerto.

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En Londres, el ambiente era radicalmente opuesto. El Hospital olía a antiséptico y a finales inevitables. Gael entró en la unidad de cuidados intensivos, cargando consigo una pequeña fotografía impresa de Julian.

Se sentó junto a la cama de Emma, tomando su mano pálida y fría. El sonido rítmico del respirador era el metrónomo de su agonía.

—Hola, mi amor —dijo Gael, su voz suave pero cargada de una tristeza infinita—. Hoy Julian ha sonreído por primera vez. Vanessa dice que son gases, pero yo sé que es porque te siente. Tiene tus ojos, Emma. Y es tan fuerte... ha ganado peso este mes. Tienes que ver lo guapo que está.

Gael le puso la foto entre los dedos inertes, cerrando la mano de ella sobre la imagen. —Te estamos esperando. Tu hijo te necesita. Yo te necesito. No sé cómo seguir fingiendo que soy fuerte si no estás aquí para sostenerme.

Al salir de la habitación, se encontró con el Dr. Harrison, el jefe de neurología. El médico tenía una expresión sombría mientras revisaba unas gráficas en su tableta.

—Doctor, por favor, dígame que hay algo —rogó Gael, interceptándolo en el pasillo—. Alguna respuesta pupilar, una fluctuación en la actividad cerebral... lo que sea.

El Dr. Harrison suspiró y se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz. —Señor, seré franco porque no quiero darle falsas esperanzas. Hemos realizado una nueva serie de escaneos esta mañana. La inflamación ha bajado, pero las áreas críticas del cerebro, las responsables de la conciencia, no muestran ni un ápice de mejoría.

—Pero ella está viva... su corazón late —interrumpió Gael, con la desesperación asomando en sus ojos.

—Su corazón late porque una máquina lo ordena, señor. Físicamente, el cuerpo de la señora Emma está empezando a atrofiarse a pesar de la fisioterapia. Si no hay una respuesta en las próximas semanas, las posibilidades de que despierte son inferiores al uno por ciento. Tenemos que empezar a hablar de las órdenes de no reanimación y de los cuidados paliativos a largo plazo.

Gael sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. El "uno por ciento" resonó en su cabeza como una sentencia de muerte. Caminó hacia la salida del hospital, ignorando las llamadas de Vanessa. Se sentó en un banco bajo la lluvia, mirando sus manos vacías. Por primera vez desde que Julian nació, la esperanza, ese hilo delgado que lo mantenía unido a la realidad, se rompió.

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Mientras tanto, en la residencia de los Holler, Nadia Volkova regresaba de una jornada agotadora de "limpieza" financiera. Al entrar en el salón principal, se encontró con Magda Holler sentada frente a la chimenea apagada. No había luces encendidas, solo la fría claridad que entraba por el ventanal.

—Llegas tarde, Nadia —dijo Magda sin mirarla. En su regazo descansaba una carpeta azul.

—Había asuntos que requerían mi atención personal, Magda —respondió Nadia con su habitual tono profesional, aunque un escalofrío le recorrió la nuca.

Magda se puso de pie lentamente y extendió la carpeta hacia ella. —Me tomé la libertad de investigar un pequeño... incidente en Dublín hace tres años. Un tal Seamus O'Connell, del sindicato del crimen irlandés.

Nadia sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Su rostro, siempre una máscara de porcelana, palideció notablemente.

—No sé de qué estás hablando —intentó decir, pero su voz sonó débil.

—Oh, creo que sí. Aquí tengo los registros de las cuentas puente que usaste para desviar doce millones de euros que pertenecían a los irlandeses mientras trabajabas como su consultora legal. Ellos creen que el dinero se perdió en una redada del Europol, pero estas pruebas demuestran que terminó en tu fondo privado —Magda dio un paso hacia ella, con una sonrisa depredadora—. Si yo enviara este sobre a la dirección correcta en Dublín, no tendrías tiempo ni de pedir perdón antes de que te cortaran la garganta.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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