Luna Roja

Capitulo 121

El motor del coche de Gael rugía por las calles de Londres como un reflejo de su propio torbellino interno. En el asiento del copiloto, la caja plateada con el lazo negro parecía emitir una energía gélida, una presencia maligna que contaminaba el aire del habitáculo. Al llegar a la sede de *Holler Global Investments*, Gael no esperó a que el aparcacoches se acercara; dejó el vehículo en doble fila y entró en el vestíbulo con la caja bajo el brazo, su rostro era una máscara de furia contenida que hizo que los empleados se apartaran a su paso.

Subió al piso de la presidencia sin anunciar su llegada. Hugo estaba revisando unos contratos de fusión cuando la puerta de su despacho se abrió de par en par, golpeando la pared con un estruendo seco.

—¡Mira esto, Hugo! ¡Mira lo que ese animal ha enviado a la habitación de Emma! —gritó Gael, arrojando la caja sobre el escritorio, justo encima de los documentos que Hugo estaba analizando.

Hugo, manteniendo la compostura que lo caracterizaba, cerró su ordenador y miró a Gael, luego a la caja. Con un gesto lento, levantó la tapa. El hedor a ceniza y vinilo quemado inundó el despacho. Al ver al bebé de juguete torturado, los ojos de Hugo se abrieron con una mezcla de asco y horror. Leyó la nota en silencio, y el papel tembló ligeramente en sus dedos.

—Dios mío, Gael... esto es... esto es una declaración de guerra psicológica —susurró Hugo, dejando la nota sobre la mesa—. No es solo una amenaza. Es sadismo puro.

—¡Ha amenazado a Julian! —Gael golpeó el escritorio con el puño—. Ha entrado en el hospital, ha burlado la seguridad y ha dejado esto al lado de una mujer en coma. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Entrar en mi casa mientras duermo?

Hugo se puso en pie, rodeando el escritorio para poner una mano en el hombro de su amigo. —Escúchame bien. Tomás ha cruzado una línea de la que no hay retorno. Esto ya no es una disputa familiar por dinero o poder. Esto es terrorismo doméstico. Tenemos que llamar a Scotland Yard ahora mismo. Este muñeco, la nota, las huellas que puedan quedar en la caja... son pruebas criminales.

—La policía no lo detendrá, Hugo. Sabes cómo se mueve él —dijo Gael con voz quebrada por la impotencia.

—Tal vez no lo detengan hoy, pero con esto podemos conseguir una orden de busca y captura internacional inmediata y protección armada para ti, para Julian y para el hospital de Emma —Hugo tomó el teléfono—. No podemos permitir que esto se quede en la sombra. Si Tomás quiere jugar a ser un monstruo, vamos a cazarlo como a uno.

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🦋

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En el ático de la torre *Obsidian*, el silencio se había vuelto denso, casi sólido. Magda Holler dejó la copa vacía sobre la mesa de cristal. De repente, el mundo comenzó a inclinarse. Un calor abrasador nació en su estómago y se extendió como lava hacia sus extremidades, seguido de un frío glacial que le entumeció los dedos.

Intentó ponerse de pie, pero sus piernas respondieron con la debilidad de un recién nacido. Se tambaleó, apoyándose en el brazo del sofá.

—Nadia... —la voz de Magda salió como un graznido seco—. El vino... ¿qué... qué me has dado?

Nadia no se movió. Seguía sentada, observando a Magda con una curiosidad científica, como quien mira a un insecto retorcerse bajo un microscopio. Tomó un sorbo de su propia copa (la que no estaba contaminada) y cruzó las piernas con elegancia.

—Es un compuesto derivado de la talamina, Magda. No tiene sabor, pero bloquea las señales eléctricas de los músculos. En unos minutos, ni siquiera podrás gritar.

Magda, movida por un último instinto de supervivencia y una rabia ancestral, se lanzó hacia adelante. Su cuerpo colapsó contra la mesa, volcando la botella de vino, pero logró sujetar el cuello de la chaqueta de Nadia.

—¡Zorra traidora! —escupió Magda, intentando clavar sus uñas en el rostro de la abogada.

Nadia la apartó con una facilidad insultante, empujándola de vuelta al suelo. Magda cayó pesadamente, su respiración volviéndose un silbido asmático.

—Tú no me diste nada que no me cobraras con sangre, Magda —siseó Nadia, poniéndose de pie y rodeando el cuerpo caído de la matriarca—. Me usaste como tu perro de presa, me humillaste frente a Tomás, me amenazaste con destruirme si no cumplía tus caprichos. Pero olvidaste algo fundamental: un perro al que pateas demasiado tiempo acaba por morder la mano del amo.

Magda intentó arrastrarse hacia la salida, pero Nadia le pisó la mano con el tacón de aguja de su zapato. Magda ahogó un grito de dolor.

—Tomás está acabado, y tú eres el lastre que me impide nadar —continuó Nadia, su voz fría y carente de toda emoción—. Hugo es el nuevo presidente. El imperio se está dividiendo. Y yo... yo necesito estar en el lado de los ganadores. Para eso, tú tienes que desaparecer. No como una mártir, sino como un trágico accidente.

Nadia sujetó a Magda por las axilas y comenzó a arrastrarla. Magda, a pesar de la parálisis que avanzaba, forcejeaba desesperadamente, golpeando con sus talones el suelo de mármol. El esfuerzo era titánico para Nadia, pero la adrenalina del asesinato le daba una fuerza inusual.

Llegaron al gran ventanal que daba al balcón. Nadia abrió la puerta corredera y el viento frío de la noche londinense irrumpió en el ático. Arrastró a Magda hacia la barandilla de cristal y acero.

—¡No... por favor! —suplicó Magda, sus ojos desorbitados por el terror absoluto mientras veía el abismo bajo sus pies.

—Dile a tus víctimas que el infierno es mucho más acogedor cuando vas preparada —murmuró Nadia al oído de Magda.

Con un impulso violento y final, aprovechando el propio peso de la mujer y su falta de equilibrio, Nadia levantó las piernas de Magda y la empujó sobre el borde.

Magda no gritó. El aire le faltaba demasiado como para emitir un sonido. Solo hubo un aleteo de ropa cara y el destello de sus joyas mientras caía en el vacío, una mancha oscura precipitándose desde el piso 42.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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