Luna Roja

Capitulo 122

El cielo de Londres se había teñido de un gris plomizo, como si la ciudad misma se vistiera de luto riguroso para despedir a la mujer que, durante décadas, movió sus hilos desde las sombras. El cementerio privado de la familia Holler, una parcela de tierra antigua rodeada de sauces llorones y muros de piedra cubiertos de hiedra, era el escenario de un final que nadie había previsto tan repentino.

El entierro fue, por orden directa de Tomás, un evento de una elegancia quirúrgica y una discreción absoluta. No hubo prensa, ni socios comerciales, ni falsas amistades. Solo el círculo más íntimo y letal.

Tomás Holler permanecía de pie frente al féretro de caoba pulida, cuya tapa estaba cubierta por un manto de orquídeas blancas, las favoritas de su madre. Sus ojos, generalmente fríos y calculadores, estaban inyectados en sangre. Por primera vez en años, Tomás parecía humano, aunque fuera a través de un dolor narcisista y oscuro. Para él, Magda no era solo una madre; era el espejo donde se miraba para reconocer su propio poder. Con su muerte, se sentía extrañamente desprotegido.

A su lado, Nadia Volkova era la viva imagen de la desolación protocolaria. Llevaba un vestido negro de alta costura y un velo de encaje que ocultaba parcialmente su mirada. Cada cierto tiempo, Nadia presionaba un pañuelo de seda contra sus ojos, simulando secar lágrimas que no existían. Por dentro, su corazón latía con la satisfacción de quien ha ejecutado una obra maestra.

—Se ha ido el alma de esta familia, Tomás —susurró Nadia, apoyando su mano enguantada en el brazo de él—. No sé cómo vamos a seguir sin su guía.

Tomás apretó la mandíbula, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. —Ella no se fue, Nadia. La arrebataron. Una mujer como Magda no se cae de un balcón por descuido. Pero ahora... ahora solo quiero darle el descanso que merece. El mundo se encargará de pagar por esto más adelante.

Nadia asintió con gravedad, ocultando una sonrisa tras el velo. El entierro terminó con el sonido seco de la tierra golpeando la madera, un eco que sentenciaba el fin de una era.

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Horas después, en el refugio seguro de Hugo, el ambiente era radicalmente distinto. Vanessa caminaba de un lado a otro de la estancia, incapaz de sentarse. La imagen de Magda impactando contra el techo del coche se repetía en su mente como una película de terror en bucle.

Hugo y Gael la observaban. Gael estaba sentado en un sillón orejero, con un vaso de whisky intacto en la mano, mirando hacia la nada.

—Os lo digo otra vez: yo estaba allí —dijo Vanessa, deteniéndose frente a ellos—. Vi a Nadia entrar en el edificio poco antes. Y cuando ocurrió el... el impacto, miré hacia arriba. Había una silueta en el balcón del ático de la torre. No fue un accidente, ni un suicidio. Magda Holler fue empujada.

Hugo frotó su frente, procesando la información con su mente analítica. —Si Nadia lo hizo, ha sido un movimiento extremadamente arriesgado. Matar a la matriarca en un edificio lleno de cámaras y seguridad... es un acto de desesperación o de una confianza absoluta en que puede encubrirlo.

Gael finalmente levantó la vista. Su voz sonó ronca, despojada de cualquier rastro de compasión. —Accidente, asesinato o intervención divina... qué más da.

—Gael, es un crimen —le recriminó Vanessa, sorprendida por su frialdad.

—Un crimen es lo que ella le hizo a mi vida, a la de Emma, a la de mi hijo —replicó Gael, poniéndose de pie con brusquedad—. Magda merecía pasar el resto de sus días en una celda de tres por tres, viendo cómo su imperio se desmoronaba y cómo nadie iba a visitarla. Quería que probara la humillación, que sintiera el peso de la justicia. La muerte para ella ha sido un escape. Una salida rápida y limpia. Se ha ido sin pagar su deuda real.

—Pero si Nadia la mató, ahora Nadia tiene el control total sobre Tomás —advirtió Hugo—. Y un Tomás manipulado por Nadia es mucho más peligroso que uno controlado por Magda.

Vanessa se estremeció. —Esa mujer tiene los ojos de alguien que no teme a nada. Ayer vi cómo se alejaba del lugar... no había miedo en ella. Había triunfo.

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A miles de kilómetros de allí, en la calidez de su villa de lujo, Grace permanecía inmóvil frente al televisor del salón. La noticia de "la trágica caída de la prominente empresaria Magda Holler" ocupaba los titulares de los canales internacionales.

Grace soltó el mando a distancia, que cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Se llevó una mano a la boca, sintiendo una mezcla confusa de sensaciones. Durante años, Magda había sido su sombra, su perseguidora, la mujer que intentó destruir su felicidad y arrebatarle lo que más quería. Una parte de Grace sintió un vacío repentino, el shock de saber que su gran enemiga ya no existía. Pero, muy en el fondo, una chispa de alivio comenzó a arder. El aire se sentía, por primera vez en mucho tiempo, más ligero.

—¿Mamá? —la voz de Thiago rompió el trance.

El joven estaba de pie en el umbral de la puerta, con su pijama de rayas y un libro bajo el brazo. Observó el rostro de su madre, detectando de inmediato que algo grave había sucedido. Thiago era un joven perceptivo, demasiado maduro para su edad, marcado por las huidas y los secretos.

—¿Por qué estás llorando? ¿Pasa algo malo con papá o con la abuela? —preguntó Thiago, acercándose con cautela.

Grace se limpió rápidamente las lágrimas traicioneras . Lo tomó por los hombros, sintiendo la fragilidad y, a la vez, la fuerza del joven. Sabía que no podía ocultárselo; Thiago vería las noticias tarde o temprano.

—Cariño, ven aquí —dijo Grace, guiándolo hacia el sofá—. Tengo que contarte algo muy importante. Sabes que la familia a veces tiene momentos muy difíciles, y hoy... hoy ha pasado algo con la abuela Magda.

Thiago la miró con sus ojos grandes y curiosos, los mismos ojos que tanto le recordaban a los de Tomas. —¿Se ha puesto enferma?



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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