El sol se ponía sobre la costa, tiñendo el mar de un rojo violáceo que recordaba demasiado a la tragedia que acababa de sacudir a la familia Holler. En el jardín de la villa, el aire era cálido, pero Grace sentía un escalofrío que no la abandonaba desde que dio la noticia.
Thiago, que ya no era el niño pequeño que buscaba refugio en los brazos de su madre, permanecía de pie junto a la balaustrada. A sus dieciocho años, había heredado la estatura imponente de los Holler y una mirada profunda que denotaba una madurez forjada en el exilio y el secreto.
—No podemos seguir así, mamá —dijo Thiago, rompiendo el silencio. Su voz era firme, carente de la vacilación de la infancia—. He pasado mi vida encerrado en un internado que parece cárcel. Y ahora estoy en esta villa y me siento igual de aislado.
Grace dejó su taza de té sobre la mesa de hierro forjado, sus manos temblaban ligeramente. —Es por tu seguridad, Thiago. Tu padre... tú no sabes de lo que es capaz Tomás. Ahora que Magda no está, él será como un animal herido. Más errático, más peligroso.
—Precisamente por eso tengo que volver —Thiago se giró, enfrentando a su madre con una determinación que la dejó sin aliento—. Ya no soy un niño al que puedas proteger con cuentos de hadas y mudanzas nocturnas. Tengo dieciocho años. Soy un Holler, para bien o para mal. Si no enfrento a mi padre ahora, si no le miro a los ojos y le reclamo mi lugar y mi libertad, pasaré el resto de mi vida mirando por encima del hombro.
—¡Es un suicidio! —exclamó Grace, levantándose—. ¡Te destruirá, Thiago! Te usará para castigarme a mí...
—Ya no puede usarme si yo soy quien da el primer paso —insistió el joven, acercándose a ella y tomándole las manos—. Londres es donde todo empezó, y es donde tiene que terminar. No quiero ser un fugitivo, mamá. Quiero ser un hombre. Y un hombre no huye de su propia sombra.
Grace miró a su hijo y, por primera vez, no vio al pequeño que necesitaba protección, sino a un guerrero listo para la batalla. El miedo seguía ahí, pero la resignación empezó a ganar terreno. Sabía que no podía encadenarlo más..
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Mientras tanto, en Londres, el rascacielos de la holding que dirigía Hugo se alzaba como un monolito de cristal y acero. Hugo estaba revisando unos informes financieros cuando su secretaria le anunció una visita que no estaba en la agenda.
Nadia Volkova entró en el despacho sin esperar invitación. Vestía un traje sastre gris humo, impecable, y su expresión era de una serenidad absoluta, casi insultante dada la reciente tragedia.
—Hugo —dijo ella, sentándose frente a él con una elegancia felina—. Veo que el luto no ha detenido tu productividad.
Hugo dejó la pluma sobre el escritorio y se reclinó en su silla, observándola con ojos entrecerrados. —El luto es para quienes tienen corazón, Nadia. O para quienes no tienen nada que ocultar. Tú y yo sabemos que la caída de Magda fue demasiado... oportuna.
Nadia arqueó una ceja, manteniendo una sonrisa gélida. —¿Estás sugiriendo algo, Hugo? Ten cuidado. Las acusaciones sin pruebas son una forma de suicidio social en este nivel.
—No necesito pruebas para saber cómo operas —replicó Hugo, bajando la voz—. Vanessa te vio. El tiempo, el lugar, tu falta de sorpresa... Todo encaja. Empujaste a esa mujer porque era el último obstáculo para tu control total sobre Tomás.
Nadia soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. —Magda era una mujer anciana y perturbada por la pérdida de su poder. Su caída fue trágica, nada más. Pero no he venido aquí a discutir teorías de conspiración. He venido a ofrecerte una salida.
Hugo se cruzó de brazos. —¿Una salida?
—Tomás se está volviendo inestable —Nadia se inclinó hacia adelante, su tono se volvió conspirador—. La muerte de su madre lo ha dejado paranoico. Pronto empezará a tomar decisiones que hundirán el valor de las acciones de todos. Tú quieres proteger tu holding, y yo quiero asegurar mi futuro. Propongo una alianza secreta. Yo mantendré a Tomás bajo control desde dentro, y tú me ayudarás a desviar los activos clave hacia una nueva estructura donde él no tenga voz ni voto.
Hugo guardó silencio. La oferta era tentadora y lógica desde un punto de vista empresarial, pero trabajar con Nadia era como pactar con una cobra. —Me pides que te ayude a traicionar al hombre que te acogió.
—Te pido que sobrevivamos —corrigió Nadia—. Piénsalo, Hugo. El imperio Holler se está incendiando. Podemos ser las cenizas o podemos ser quienes hereden la tierra.
Nadia se levantó y salió del despacho, dejando a Hugo sumido en una profunda y peligrosa reflexión.
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Esa misma tarde, el ambiente en el hospital era pesado y estéril. Vanessa entró en la habitación de Emma con pasos suaves. El monitor cardíaco emitía un pitido rítmico, el único sonido en la estancia.
Emma seguía allí, pálida y conectada a máquinas, atrapada en un limbo que parecía eterno. Vanessa se sentó a su lado y sacó un sobre de su bolso.
—Hola, Emma... —susurró Vanessa, tratando de contener la emoción—. Hoy te traigo algo especial. Gael me pidió que te las enseñara.
Vanessa comenzó a colocar fotos sobre la sábana blanca, cerca de la mano inerte de Emma. Eran imágenes del pequeño Julián: riendo, durmiendo, jugando con un oso de peluche.
—Mira qué grande está, Emma. Tiene tus ojos... y esa forma de fruncir el ceño cuando tiene hambre que es tan tuya. Tienes que volver. Él te necesita. Todos te necesitamos.
Vanessa se quedó mirando el rostro de su amiga, esperando un milagro, un parpadeo, cualquier señal. Pero la quietud de Emma era absoluta.
De repente, un sonido discordante rompió la atmósfera de paz.
*¡Clap... clap... clap!*
Alguien estaba aplaudiendo de forma lenta y sarcástica. Vanessa se sobresaltó, girándose hacia la esquina de la habitación. La puerta del baño privado se abrió lentamente y de allí salió Tomás Holler.