El frío del metal contra sus costillas era una presencia constante y aterradora que dictaba cada uno de sus movimientos. Vanessa caminaba con las piernas temblorosas, pero obligándose a mantener la compostura. Tomás la guiaba con una mano firme en su brazo, ocultando el arma bajo su costosa chaqueta de lana italiana. Para cualquier observador casual, parecían una pareja o dos amigos caminando apresuradamente por los pasillos del hospital.
—Ni se te ocurra flaquear, Vanessa —susurró Tomás al oído de ella, su aliento cargado de una intensidad maníaca—. Conozco cada cámara y cada guardia que no está en mi nómina. Si intentas llamar la atención de alguien, Emma será la primera en pagar el precio antes de que yo caiga.
—Estás loco, Tomás —logró articular ella, con la voz quebrada—. Magda acaba de morir. Deberías estar de luto, no cometiendo otro crimen.
Tomás soltó una risa seca y carente de emoción mientras giraban por un pasillo grisáceo, alejándose de las salas de pacientes hacia el área de servicios. —Mi madre murió porque el mundo es un lugar caótico. Yo solo estoy poniendo orden en mi propio universo. Y tú, querida, eres una pieza que se movió de lugar.
Llegaron a una pesada puerta de metal con el letrero de "Solo Personal Autorizado". Tomás la empujó y descendieron por una escalera de incendios donde el olor a desinfectante industrial se mezclaba con el aire viciado del sótano. Finalmente, salieron a un muelle de carga lateral, oculto de la vista principal. Un sedán negro de cristales tintados esperaba con el motor en marcha.
—Sube —ordenó él, abriendo la puerta trasera sin dejar de apuntarla.
Vanessa miró hacia la calle, por un segundo consideró correr, pero vio la mirada vacía de Tomás y supo que dispararía sin dudar. Entró en el vehículo, escuchando el sonido hidráulico de los seguros cerrándose. En ese instante, la realidad la golpeó con la fuerza de un mazo: estaba siendo secuestrada por un hombre que ya no tenía nada que perder.
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Mientras tanto, en el Aeropuerto de Heathrow, el bullicio de la terminal internacional contrastaba con la soledad de los últimos meses de Grace. Al cruzar la puerta de llegadas, sus ojos buscaron desesperadamente una figura familiar.
Hugo estaba allí, impecable como siempre, aunque con ojeras que delataban las noches sin dormir tras la muerte de Magda. Al verlos, una sonrisa genuina iluminó su rostro.
—¡Hugo! —Thiago se adelantó, dejando las maletas atrás. El joven estrechó la mano de Hugo con fuerza y luego lo atrajo hacia un abrazo fraternal.
—Mírate, Thiago —dijo Hugo, apartándose un poco para observarlo con orgullo—. La última vez que te vi, eras un adolescente confundido. Ahora pareces listo para dirigir una junta de accionistas... o un ejército.
—Gracias por todo, Hugo —respondió Thiago con voz profunda—. Gracias por cuidar de mi madre y por mantener las cosas en pie mientras nosotros no podíamos estar aquí. Sé que no ha sido fácil lidiar con el holding y con las amenazas de mi padre al mismo tiempo.
Hugo asintió con gravedad y luego miró a Grace, quien se acercaba lentamente. Detrás de ella, un hombre de hombros anchos y mirada serena caminaba con paso tranquilo, cargando parte del equipaje de Grace.
—Hugo, hay alguien que quiero que conozcas —dijo Grace, con una nota de suavidad en su voz que Hugo no había escuchado en años—. Él es Orlando. Nos reencontramos en la villa... y ha sido mi mayor apoyo en este tiempo.
Hugo evaluó al hombre al instante. Orlando extendió la mano con firmeza. —He oído mucho sobre usted, señor. Gracias por ser el ancla de Grace en Londres.
—El placer es mío, Orlando —respondió Hugo, estrechando su mano mientras analizaba la conexión entre ellos. Sintió un alivio inmenso por Grace; ella merecía una luz en medio de tanta oscuridad—. Pero me temo que las presentaciones tendrán que ser breves. La ciudad está en llamas, metafóricamente hablando. La muerte de Magda ha desatado demonios que creíamos dormidos.
—Lo sabemos —dijo Thiago, ajustándose la chaqueta—. Por eso estamos aquí. Es hora de que los Holler dejen de destruirse entre sí.
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Casi a la misma hora, Gael llegó al hospital. El corazón le latía con una ansiedad punzante. Había pasado por la cafetería para comprarle un té a Vanessa, sabiendo que ella pasaba horas junto a Emma intentando despertarla con palabras y recuerdos.
Entró en la habitación con una sonrisa forzada. —Vanessa, te traje...
Las palabras se murieron en su garganta. La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el pitido monótono de las máquinas de Emma. Vanessa no estaba en el sillón.
Gael dejó el té sobre la mesa y se acercó a la camilla. Allí, sobre las sábanas blancas y junto al brazo de Emma, descansaban varias fotografías del pequeño Julián. Al lado, tirada como si alguien la hubiera soltado de golpe, estaba la cartera de Vanessa.
Un escalofrío recorrió la espalda de Gael. Vanessa jamás dejaría su bolso solo, y mucho menos se iría sin recoger las fotos de Julián. Sus instintos de supervivencia, pulidos tras años de enfrentamientos, gritaron peligro.
—¿Vanessa? —llamó, sabiendo que no habría respuesta.
Revisó el baño, el pequeño armario, el pasillo. Nada. Regresó a la habitación y tomó el bolso de Vanessa. Al abrirlo, vio que su teléfono no estaba dentro. En ese preciso momento, el celular de Gael vibró en su bolsillo.
Era un mensaje de un número oculto. Gael lo abrió con manos temblorosas.
> *"¿Buscas a tu amiga, Gael? Se veía tan conmovedora mostrándole fotos al vegetal que llamas mujer. No te preocupes, está conmigo. Vamos a dar un paseo para recordar viejos tiempos. No llames a la policía, o la próxima foto que recibas no será de un bebé sonriente, sino de Vanessa en un ataúd. Te llamaré pronto para decirte el precio de su vida."*
Gael apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. La furia y el terror se mezclaron en su pecho. Tomás lo había hecho de nuevo. Había golpeado el centro de su mundo justo cuando creía que podían empezar a sanar.