Luna Roja

Capitulo 125

El trayecto desde el aeropuerto hacia el centro de la ciudad se convirtió en un descenso al mismo infierno en el momento en que el teléfono de Hugo vibró. Al otro lado de la línea, la voz de Gael sonaba como si estuviera siendo filtrada por un cristal roto: áspera, urgente y cargada de una desesperación que Hugo reconoció al instante.

—¡La tiene, Hugo! ¡Tomás se llevó a Vanessa! —gritó Gael. El estruendo del tráfico londinense parecía desaparecer ante la gravedad del mensaje.

Hugo, que acababa de subir al coche con Grace, Thiago y Orlando, sintió que el mundo se detenía. Sus dedos se cerraron sobre el cuero del asiento con una fuerza que amenazaba con rasgarlo. Sus ojos, habitualmente gélidos y calculadores, se encendieron con un fuego negro.

—¿Cómo que se la llevó? —rugió Hugo, y el volumen de su voz hizo que el conductor se sobresaltara—. ¡Estaba en el hospital! ¡Había seguridad!

—Entró por la zona de servicios. Encontré su bolso y las fotos de Julián en la cama de Emma. Me envió un mensaje... dice que si llamo a la policía, ella muere. Hugo, está fuera de control. La muerte de Magda lo terminó de quebrar.

Hugo soltó un grito de rabia pura, un sonido gutural que llenó el habitáculo del vehículo. Golpeó el respaldo del asiento delantero, haciendo que Thiago y Grace se miraran con alarma. Para Hugo, Vanessa; era el único refugio de humanidad que le quedaba en un mundo de sombras. Saberla en manos de los impulsos sádicos de Tomás era una tortura insoportable.

—¡Ese animal! —exclamó Hugo, con la respiración agitada—. Si le toca un solo cabello, yo mismo me encargaré de que su muerte sea tan lenta que ruegue por el infierno.

Grace, viendo que Hugo estaba a punto de perder el juicio, le tomó el brazo con firmeza. —¡Hugo, mírame! —le ordenó con voz clara—. La furia no nos va a devolver a Vanessa. Si entras en ese estado, vas a cometer un error y Tomás se aprovechará de eso. Él quiere esto, quiere que perdamos la cabeza.

—¡La tiene él, Grace! ¡Sabes de lo que es capaz! —replicó Hugo, girándose hacia ella con los ojos inyectados en sangre.

—Lo sé mejor que nadie —dijo Grace con una calma dolorosa—. Pero ahora somos cuatro mentes contra una. Thiago está aquí, Orlando está aquí. Vamos a usar cada recurso del holding, cada contacto y cada cámara para encontrarlo. Pero te necesito frío, Hugo. Frío y letal, no ciego de ira.

Hugo cerró los ojos, intentando dominar el temblor de sus manos. El silencio en el coche era denso, roto solo por el susurro del motor. Finalmente, asintió levemente. —Tienes razón. Pero no voy a esperar. Voy a ir directamente a la fuente. Si alguien sabe dónde se esconde esa rata, es Nadia.

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A kilómetros de allí, en una zona industrial olvidada donde los muelles de carga se oxidaban bajo la lluvia persistente, el eco de unos pasos pesados resonaba en un almacén abandonado. El aire olía a moho, aceite quemado y olvido.

Tomás arrojó a Vanessa contra una silla de madera vieja en el centro de un círculo de luz mortecina que colgaba del techo. Ella cayó con un gemido sordo, sus manos estaban atadas a la espalda con una cuerda de nailon que le quemaba la piel. Antes de que pudiera gritar, Tomás le cruzó una cinta adhesiva gris sobre la boca, sellando cualquier posibilidad de auxilio.

—Shhh... —susurró Tomás, arrodillándose frente a ella. Su rostro estaba peligrosamente cerca; Vanessa podía ver los capilares rotos en sus ojos y la dilatación de sus pupilas. Estaba en pleno brote psicótico—. ¿Ves este lugar, Vanessa? Aquí solía guardar Magda los excedentes de las fábricas textiles hace cuarenta años. Es un lugar lleno de historia... y de secretos que nunca salieron a la luz.

Vanessa lo miró con una mezcla de terror y un odio que le quemaba las entrañas. Intentó forcejear, pero las ataduras estaban hechas con una precisión cruel. A través de la mordaza, emitió un sonido ahogado de protesta.

—¿Me odias? —Tomás sonrió, una mueca torcida que no llegaba a sus ojos—. Está bien. El odio es una emoción pura. Mucho más real que la "piedad" que Gael siente por Emma, o la "lealtad" que tú le juras a Hugo. Todos me han traicionado, Vanessa. Mi madre se fue, Hugo me robó mi legado... y tú... tú fuiste la que ayudó a que todo se desmoronara.

Tomás se levantó y empezó a caminar en círculos alrededor de ella, golpeando rítmicamente un tubo de metal contra la palma de su mano. —Eres el cebo perfecto. Gael vendrá. Hugo vendrá. Y cuando estén aquí, verán cómo el imperio Holler se consume en un último y glorioso incendio.

Vanessa cerró los ojos, intentando controlar el pánico. Sabía que Tomás ya no buscaba poder ni dinero; buscaba destrucción total, incluso la suya propia.

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Hugo llegó al ático de Nadia como un torbellino. No llamó a la puerta; simplemente entró, empujando al guardia de seguridad que intentó detenerlo. Nadia estaba en la terraza, observando las luces de Londres con una copa de vino en la mano.

—¡¿Dónde está?! —bramó Hugo, cruzando el salón en tres zancadas.

Nadia se giró lentamente, arqueando una ceja con elegancia. —¿A qué se debe esta entrada tan... dramática, Hugo? Si es por las acciones de la mañana, ya te dije que...

—¡No me hables de acciones! —Hugo la tomó de los hombros, sacudiéndola ligeramente—. Tomás secuestró a Vanessa en el hospital. Sé que eres su sombra, sé que planean cada movimiento juntos. ¡Dime dónde la tiene antes de que decida que ya no me eres útil!

Nadia se quedó helada. Por un breve segundo, su máscara de hierro se resquebrajó y una sorpresa genuina cruzó su rostro. Se zafó del agarre de Hugo con un movimiento brusco.

—¿Qué has dicho? —preguntó Nadia, su voz bajando de tono—. ¿Secuestró a Vanessa?

—No te hagas la inocente, Nadia. Eres su cómplice.

—¡No soy una estúpida, Hugo! —estalló ella, dejando la copa sobre una mesa de mármol—. Secuestrar a una mujer en un hospital público bajo el ojo de la prensa y la policía no es un plan, es una sentencia de muerte para el negocio. Tomás no me dijo nada de esto. Lo último que supe es que iba al cementerio privado a llevarle flores a su madre.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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