El aire dentro del almacén era tan pesado que parecía sólido. Thiago se movía entre las sombras de las viejas máquinas textiles con la cautela de un espectro. El chirrido de las ratas y el goteo constante de una tubería rota eran los únicos sonidos que acompañaban el latido ensordecedor de su corazón. Finalmente, encontró un punto de observación detrás de una pila de fardos de tela podridos.
A unos diez metros, bajo la única bombilla que aún parpadeaba con una luz amarillenta y mortecina, estaba su padre.
Tomás no se parecía en nada al hombre imponente que Thiago recordaba. Estaba sentado en un cajón volcado, con una botella de whisky medio vacía en una mano y una pistola descansando negligentemente sobre su muslo. Sus ojos, hundidos y rodeados de ojeras violáceas, estaban fijos en Vanessa. Ella seguía atada, con la cinta adhesiva en la boca, pero sus ojos estaban inyectados en sangre por el llanto y la falta de aire. Tomás bebió un trago largo, dejando que el líquido se derramara por la comisura de su boca.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, Vanessa? —dijo Tomás, su voz arrastrada y pastosa—. Que siempre pensé que yo era el heredero del fuego. Pero el fuego solo quema si tienes algo que proteger. Y ahora... ahora solo me queda la ceniza.
Thiago apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. Quería saltar, gritar, pero sabía que un movimiento en falso sellaría el destino de Vanessa. Decidió esperar, observando con náuseas cómo el hombre que le dio la vida se hundía en la más absoluta degradación.
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En el centro de la ciudad, el lujo del ático de Nadia contrastaba violentamente con la suciedad del muelle. Nadia, con movimientos frenéticos pero precisos, arrojaba pasaportes, joyas y fajos de billetes en una maleta de cuero negro. No era una huida desesperada, era una retirada táctica. Sabía que cuando el polvo se asentara, alguien tendría que pagar las facturas, y ella no pensaba ser la elegida.
Estaba a punto de cerrar la maleta cuando el sonido del ascensor privado la puso en alerta. La puerta se abrió y Grace entró. No venía como la mujer frágil de otras épocas; venía con la espalda recta y una furia fría que Nadia no le conocía.
—¿Te vas tan pronto, Nadia? —preguntó Grace, bloqueando la salida—. La fiesta apenas comienza.
Nadia se irguió, recuperando su máscara de arrogancia. —Hazte a un lado, Grace. No tienes idea de en qué nivel de juego te estás metiendo. Esto es supervivencia básica.
—Esto es cobardía —replicó Grace, dando un paso al frente—. Has usado a Tomás, has manipulado a Hugo y ahora que el monstruo que ayudaste a crear está suelto, intentas huir. No te vas a mover de aquí hasta que hables con la policía.
Nadia, sin perder un segundo, metió la mano en su bolso y sacó una pequeña pistola de calibre corto, apuntando directamente al pecho de Grace. La elegancia de su rostro desapareció para dar paso a una mueca de desprecio.
—No me hagas manchar esta alfombra con tu sangre, Grace —siseó Nadia—. No eres más que una sombra de los Holler. Quítate de mi camino o te prometo que Thiago se quedará sin madre antes de que termine la noche.
Grace se quedó helada, el cañón del arma brillando bajo las luces led, pero sus ojos no se apartaron de los de Nadia.
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En el almacén, el estruendo de un motor frenando en seco anunció la llegada de los demás. Tomás se puso en pie de un salto, la botella rompiéndose contra el suelo. Agarró a Vanessa por el cabello, obligándola a levantarse mientras le ponía el cañón de la pistola en la sien
La puerta metálica se deslizó con un estruendo ensordecedor. Hugo y Gael entraron, bañados por la luz de la luna que se filtraba desde el exterior.
—¡Quieto ahí, Hugo! ¡Un paso más y le vuelo los sesos! —gritó Tomás, su paranoia alcanzando el punto de ebullición.
Hugo se detuvo en seco. Al ver a Vanessa atada, sufriendo, con el rostro desencajado, sintió una rabia que le quemaba los pulmones. Gael, a su lado, tenía las manos en alto, intentando proyectar una calma que no sentía.
—Suéltala, Tomás —dijo Hugo, su voz era un trueno contenido—. Esto es entre tú y yo. Deja de esconderte detrás de una mujer que no te ha hecho nada.
—¡Me lo han quitado todo! —rugió Tomás, moviendo el arma frenéticamente entre Hugo y Vanessa—. Mi madre murió sola por tu culpa. Mi legado se desvanece. Quieres a tu "amor", ¿verdad? Pues hagamos un trato. El precio de su vida es la de ustedes.
Tomás sonrió con una locura maníaca. —Dos por uno. Tú y Gael se entregan, se arrodillan, y yo la dejo ir. Quiero ver al gran Hugo suplicar por su vida antes de enviarlo al infierno.
Hugo miró a Gael. Hubo un entendimiento silencioso. Hugo dio un paso adelante, desabrochando su chaqueta y mostrando que no portaba armas.
—Está bien, Tomás. Tienes lo que quieres —dijo Hugo con una solemnidad aterradora—. Mátame a mí. Deja que Gael se la lleve y yo me quedaré aquí para que termines lo que empezaste.
Tomás carcajeó, un sonido seco y carente de alegría. —¡Qué noble! El mártir de la familia. —Apretó el agarre sobre Vanessa y empezó a tirar del gatillo lentamente—. Prepárate para irte al infierno, maldito.
—¡¡NO!! —El grito desgarró el aire desde las sombras.
Thiago salió de su escondite, con los brazos extendidos y el rostro bañado en lágrimas. —¡Papá, por favor, detente! ¡Mírame!
El tiempo pareció congelarse. Tomás se quedó petrificado. La pistola, que estaba a milímetros de disparar contra Hugo, tembló violentamente. El shock fue tan físico que Tomás dio un paso atrás, soltando el cabello de Vanessa, quien cayó de rodillas.
—¿Thiago? —susurró Tomás, su voz quebrándose.
Ver a su hijo allí, en medio de la inmundicia de sus propios pecados, fue como recibir un golpe directo al corazón. Tomás sintió una arritmia violenta; el pecho le dolía como si se estuviera rompiendo por dentro. La mirada de Thiago no era de odio, era algo mucho peor: era una decepción absoluta, un miedo visceral hacia el hombre que una vez llamó héroe.