La elegancia del ático de Nadia se hizo añicos en un segundo. Grace, impulsada por una fuerza que no sabía que poseía —esa rabia ancestral de una madre que ve a su hijo en peligro—, no retrocedió ante el arma. Al contrario, se lanzó sobre Nadia con un grito gutural.
El impacto las llevó al suelo, derribando una mesa auxiliar de cristal que estalló en mil pedazos, como si simbolizara el fin de su sofisticada fachada. Grace agarró la muñeca de Nadia, desviando el cañón del arma, mientras la otra mano buscaba el rostro de la mujer que había orquestado tanta miseria.
—¡Eres un parásito, Nadia! —rugió Grace, asestándole un bofetón que le partió el labio a la otra—. ¡Has vivido de la sangre de esta familia y ahora pretendes huir como la rata que eres!
Nadia, con los ojos inyectados en odio y el cabello rubio desordenado, devolvió el golpe con una rodillada en el estómago de Grace. —¡Suéltame, estúpida! —gritó Nadia, jadeando—. ¡Tú no eres nadie! ¡Siempre fuiste la sombra débil de Tomás! ¡Yo soy la que mueve los hilos!
Forcejearon entre las astillas de cristal y las sedas de la alfombra. Grace logró posicionarse encima, golpeando a Nadia contra el suelo, pero la desesperación de Nadia era mayor. En un movimiento ágil y rastrero, Nadia logró liberar su brazo derecho. No disparó —el ruido atraería a los vecinos de inmediato—, sino que utilizó el arma como un mazo. Con un movimiento seco y violento, descargó la culata metálica de la pistola directamente contra la sien de Grace.
El sonido fue sordo y aterrador. Grace se detuvo en seco, sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se desplomó pesadamente sobre Nadia.
Nadia empujó el cuerpo inconsciente de Grace hacia un lado, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano. No hubo un segundo de remordimiento en su mirada. Se puso en pie de un salto, recogió su maleta y lanzó una última mirada de desprecio a la mujer tendida en el suelo.
—Quédate con tus ruinas, Grace —susurró.
Salió del ático, bajó por las escaleras de emergencia y subió a su coche deportivo. El motor rugió en el garaje subterráneo mientras ella aceleraba con un solo destino en mente: el aeropuerto de Heathrow. Necesitaba desaparecer antes de que el imperio Holler terminara de colapsar sobre ella.
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En el almacén, el tiempo se había vuelto denso como el lodo. El mundo se había reducido a tres puntos de tensión: Hugo salvando su vida, Thiago rompiendo su alma, y Tomás desmoronándose.
Hugo no perdió un segundo más. Mientras Tomás estaba hipnotizado por la presencia de su hijo, Hugo se lanzó hacia Vanessa. Sus dedos, usualmente firmes, temblaban mientras deshacía los nudos que la mantenían prisionera. Al quitarle la cinta de la boca, Vanessa soltó un sollozo que le desgarró el pecho.
—Ya estás a salvo, mi amor... ya estoy aquí —susurró Hugo, envolviéndola en sus brazos con una urgencia desesperada.
La besó con una mezcla de alivio y angustia, ocultando su rostro en el cuello de ella, aspirando su aroma para convencerse de que estaba viva. Vanessa se aferró a él como si fuera la única balsa en un océano de pesadilla, sus lágrimas humedeciendo la camisa de Hugo. Gael se acercó para cubrir la retaguardia, pero su mirada, al igual que la de todos, se desvió hacia la escena principal.
Tomás caminó hacia Thiago. Sus pasos eran erráticos, los de un hombre que acaba de despertar de un largo delirio. La pistola colgaba de su mano, olvidada. Al llegar frente al joven, Tomás se dejó caer de rodillas, el impacto de sus huesos contra el cemento resonando en el silencio del almacén.
—Thiago... hijo —dijo Tomás con la voz rota, extendiendo una mano temblorosa hacia la mejilla del chico.
Thiago dio un paso atrás, su cuerpo vibrando de rechazo. —No me toques —sentenció. Sus ojos, antes llenos de admiración infantil, ahora solo reflejaban un dolor insoportable y una decepción que calaba más hondo que cualquier herida física—. ¿Este eres tú? ¿Este es el hombre del que me sentía orgulloso? Has secuestrado a una mujer...
—Lo hice por nosotros —balbuceó Tomás, las lágrimas surcando la suciedad de su rostro—. Por el apellido... por recuperar lo que nos quitaron. Magda... ella quería que fuéramos los dueños de todo...
—¡Magda está muerta y tú estás loco! —gritó Thiago, su voz quebrándose—. No hay "nosotros" en este horror, papá. Me das miedo. Me das asco.
Tomás bajó la cabeza, su frente casi tocando el suelo. —Perdóname... perdóname por no haber sido el padre que merecías. Por haber dejado que la oscuridad me ganara. Pero escúchame bien, Thiago... aunque el mundo entero me odie, tú eres lo único puro que he hecho en mi vida. Sería capaz de quemar el mundo entero solo para protegerte, incluso de mí mismo.
En ese momento, el resplandor azul y rojo de las sirenas empezó a bailar en las paredes metálicas del almacén. El sonido de los neumáticos sobre la grava y el grito de "¡Policía! ¡Suelten las armas!" inundó el lugar.
Los agentes irrumpieron con linternas y rifles, rodeando la escena. Dos oficiales se abalanzaron sobre Tomás, forzando sus brazos tras la espalda y hundiendo su rostro contra el frío cemento. Mientras le ponían las esposas, Tomás no dejó de mirar a Thiago.
—¡Te amo, hijo! ¡Nunca lo olvides! —gritó mientras lo levantaban a la fuerza.
Thiago no respondió. Se quedó allí, inmóvil, viendo cómo se llevaban a su padre hacia la oscuridad de un coche patrulla. Hugo se acercó a él, rodeándolo con un brazo mientras mantenía al otro lado a Vanessa. Los tres, unidos en el centro de aquel caos, observaron el final de una era. El legado de los Holler se había cobrado su última víctima, y el precio había sido la inocencia de un hijo...