Elara Velarys
En la Academia de Convergencia, la violencia está prohibida.
El uso de poderes también.
Aquí, todas las criaturas somos iguales… al menos eso repiten los profesores como si fuera una verdad.
Yo aprendí hace tiempo que no lo es.
Es mi último año. El último antes de graduarnos y salir al mundo real, donde las reglas cambian y la sangre pesa más que los títulos. Camino por los pasillos de piedra blanca con la mirada baja, cuidando cada paso, cada gesto. No porque sea tímida, sino porque llamar la atención es peligroso.
Mis pupilentes rojos arden un poco hoy. Los odio. Pero los necesito.
Si alguien viera mis ojos reales —blancos, lechosos, imposibles— no harían preguntas. No habría tiempo.
Solo habría catástrofe.
—Ahí va la vampira rara…
No me detengo.
Nunca me detengo.
En la historia oficial, las Noctyras están extintas. Dicen que nuestros ancestros traicionaron un pacto antiguo y fueron exterminados por ello. Que no quedó nadie. Que la luna misma nos abandonó.
Yo existo porque esa historia miente.
Entro al aula compartida. Humanos a la izquierda. Criaturas míticas a la derecha. La línea rúnica que nos separa brilla débilmente en el suelo. Español, biología, historia del mundo mítico… materias normales para fingir que esto es una escuela común.
—Hoy haremos las presentaciones finales —anuncia el profesor—. Nombre, especie y estado de formación.
Mi estómago se contrae.
—Velarys.
Algunas risas se adelantan a mi nombre.
Me pongo de pie despacio, sintiendo cómo todas las miradas me atraviesan.
—Mi nombre es Elara Velarys —digo, bajito—. Soy… vampira.
El silencio dura un segundo. Luego llegan los murmullos.
—¿Solo eso?
—Qué pálida para ser vampira.
—Debe ser de las débiles.
—Morvath.
El aire cambia.
No necesito mirarlo para saberlo.
Algo en mi pecho se contrae con violencia. Mi sangre… mi sangre se espesa. Lo siento recorrerme lenta, pesada, caliente. Aprieto los dedos contra el escritorio cuando un brillo frío recorre mi cuero cabelludo.
No.
No ahora.
Un mechón de mi cabello blanco —demasiado blanco incluso para mí— brilla con más fuerza, como si la luz quisiera escapar. Bajo la cabeza de inmediato, el corazón golpeándome las costillas.
—Ithar Morvath —dice una voz firme—. Portador de Sirio. En formación. No graduado.
Sirio.
El nombre me atraviesa.
La reacción empeora. Mi pulso se vuelve irregular. La luna, distante, tira de mí como si me hubiera reconocido. Aprieto la mandíbula. Esto no debería pasar. Nunca había pasado.
Entonces lo siento.
No una mirada.
Un reconocimiento.
Levanto la vista apenas, lo suficiente para verlo. Ithar está quieto, pero las marcas lunares bajo su piel —selladas, contenidas— brillan débilmente, traicionándolo. Él también lo nota. Lo sé porque frunce el ceño, porque sus dedos se tensan, porque sus ojos buscan… y me encuentran.
Mierda.
—Profesor —mi voz tiembla—. ¿Puedo ir al baño?
El aula se vuelve silenciosa.
—¿Se encuentra bien, Velarys?
Asiento rápido.
—Sí… solo me siento mal.
Es mentira.
Me siento despertando.
—Adelante —dice al final.
Me levanto sin mirar atrás. Camino rápido, demasiado rápido. Cada paso es un esfuerzo por mantener el control, por no dejar que la sangre lunar reclame lo que es suyo.
No sé qué es Ithar Morvath.
No sé qué es Sirio exactamente.
Pero sí sé una cosa mientras cierro la puerta del baño con manos temblorosas:
Si permanezco cerca de él,
no voy a poder seguir fingiendo que soy solo una vampira común.
Y eso…
eso sería una catástrofe.
Cierro la puerta del baño con más fuerza de la necesaria.
El silencio me cae encima como un golpe. Apoyo las manos en el lavamanos y levanto la cabeza despacio, con miedo de confirmar lo que ya siento. Los pupilentes arden. No es molestia: es fuego. Como si algo desde dentro los estuviera rechazando.
—No… no… no…
Parpadeo. El dolor se intensifica. Me llevo los dedos a los ojos, pero apenas los toco y el ardor empeora. El reflejo en el espejo tiembla, como si la magia del lugar intentara ocultarme… o delatarme.
Mis ojos.
El rojo falso comienza a diluirse, resquebrajándose en los bordes. Debajo aparece el blanco lechoso, antinatural, brillante. El verdadero.
Respiro rápido. Demasiado rápido.
La sangre vuelve a espesarse, pesada, viva. La siento subir por mi garganta cuando un dolor punzante me atraviesa las encías. Aprieto la mandíbula, pero es inútil.
Un colmillo aparece.
Luego el otro.
Brillan.
—Mierda…
Me cubro la boca justo cuando un destello pálido recorre mi cabello. El blanco se intensifica, como si la luna me estuviera tocando directamente. Nunca había reaccionado así. Nunca tan rápido. Nunca tan fuerte.
Sirio.
El nombre cruza mi mente sin permiso.
No tengo tiempo. No puedo quedarme aquí. Si alguien entra, si alguien me ve… la historia oficial se rompe. Y conmigo.
Me arranco los pupilentes sin cuidado. Caen al lavamanos como si fueran ceniza. Mis ojos arden al aire, completamente expuestos. Noctyra despierta, reclamando espacio, reclamando verdad.
Respiro hondo. Una vez. Dos.
No hay opción.
Salgo del baño con la cabeza baja, evitando miradas, usando cada resto de control que me queda para parecer normal. Camino rápido por los pasillos, ignorando el ardor en los ojos, el latido salvaje en el pecho.
El dormitorio.
En la Academia, los tres últimos años no se viven como estudiantes comunes. Nos separan. Nos encierran. Nos observan mientras terminamos de convertirnos en lo que realmente somos.
Yo tengo una habitación sola.
No por privilegio.
Por precaución.
Empujo la puerta de mi dormitorio y la cierro con seguro apenas entro. Las runas de aislamiento se activan de inmediato. El aire cambia. Puedo respirar.
Me deslizo contra la pared hasta quedar sentada en el suelo.
Mis colmillos siguen ahí.
Mi cabello sigue brillando.
Mis ojos… completamente blancos.
Noctyra no está furiosa.
Está alerta.
Y por primera vez desde que aprendí a esconderme, entiendo algo con claridad aterradora:
Ithar Morvath no es solo un portador de Sirio.
Es un detonante.
Y si vuelvo a cruzarme con él sin estar preparada,
mi secreto no va a sobrevivir otro día.