El día siguiente amanecí rota.
No de esas roturas dramáticas que salen en los libros, no. Lo mío era más simple, más humano. Dolores bajos, el cuerpo pesado, la magia apagada a la fuerza. A mi forma humana le había bajado el periodo y, honestamente, era la excusa perfecta.
—Dolores estomacales fuertes —dije sin levantar la vista cuando la instructora pasó lista.
Nadie cuestiona eso. Nunca.
Me salté todas las clases del día. Las míticas, las humanas, las mixtas. Me quedé en el dormitorio, con las cortinas cerradas, los pupilentes fuera y la cabeza hecha un desastre. Sirio seguía ahí, como un eco que no se iba, pero al menos ya no estaba reaccionando.
A la mañana siguiente me obligué a volver a la normalidad.
Pupilentes rojos puestos.
Cabello recogido.
Expresión sumisa activada.
La dirección olía a pergamino viejo y a poder contenido. Siempre me ponía nerviosa ese lugar. Pedí permiso para entrar, como buena estudiante modelo, y expliqué mi ausencia con voz baja, casi dócil.
—También… quisiera hacer una llamada a mi madre —añadí.
Me observaron unos segundos de más. Siempre lo hacen. Al final, uno de los directivos me pasó el teléfono encantado, viejo, pesado.
—No más de cinco minutos.
Asentí.
Salí al baño contiguo y apenas cerré la puerta, activé el sello.
Un parpadeo.
Un tirón en el estómago.
Y el mundo se dobló.
Aparecí en mi dormitorio.
Bendita privacidad forzada.
Me senté en la cama y marqué de nuevo. Esta vez, la línea sí conectó.
—Elara —la voz de mi madre salió tensa—. ¿Qué pasó?
—Hubo… una reacción —admití—. Con un sirio.
Silencio.
—Te dije que esa academia no es segura para ti.
—Lo sé —respondí, apretando los dedos contra la
sábana—. Pero si no estoy ahí, van a sospechar. Y si sospechan…
—Nos descubren —terminó ella—. Y esta vez no habrá exilio. Será exterminio.
Tragué saliva.
—¿Qué hago?
Suspiró. Sonaba cansada. Asustada. Como siempre que hablábamos de esto.
—Cuídate. Evítalo. Refuerza los sellos. Y no bajes la guardia, Elara. No me gusta que estés ahí, pero no tenemos otra opción. Esa escuela es lo único que nos mantiene bajo el radar.
Cerré los ojos.
—Lo sé, mamá.
—Prométeme que no perderás el control.
Miré mis manos. Tan humanas. Tan falsas.
—Lo prometo.
Colgamos.
El dormitorio quedó en silencio otra vez. Me quité los zapatos y me dejé caer de espaldas en la cama, mirando el techo encantado.
Último año.
Última oportunidad.
Y un sirio que no debía importarme… ya había alterado algo demasiado profundo.
Esto apenas estaba comenzando.
Y yo no podía permitirme fallar.
Me levanté antes de que el miedo me ganara.
Activé el sello otra vez y el mundo se dobló. En un parpadeo estaba de regreso en el baño de la dirección, el teléfono aún tibio en mi mano. Respiré hondo, salí y lo devolví con una sonrisa correcta, de esas que no dicen nada.
—Gracias —murmuré.
Nadie sospechó. Nadie nunca sospecha de la chica callada.
Volví a mi dormitorio apenas pude. Cerré la puerta, reforcé los sellos uno por uno: sangre, luna, sombra. Sentí cómo la presión en mi cuerpo bajaba un poco. No del todo, pero lo suficiente para funcionar.
Después… clases.
La de magia física era la que más odiaba. No por el esfuerzo, sino porque implicaba contacto. Cercanía. Resonancia.
—Hoy trabajarán en parejas —anunció el instructor.
Mi estómago se cerró.
Los nombres comenzaron a asignarse. Cuando escuché el mío seguido del suyo, sentí ese tirón otra vez, como si algo dentro de mí despertara a la fuerza.
—Elara Velarys con Ithar Morvath.
Levanté la mano de inmediato.
—¿Puedo pedir un cambio? —pregunté, suave, educada.
El instructor ni siquiera me miró.
—No.
Así de simple.
Ithar estaba frente a mí. Alto. Inmóvil. Sus marcas lunares apenas visibles bajo la piel, apagadas… por ahora. No me miraba como los demás. No había burla. Solo atención. Demasiada.
Antes de que el dolor volviera a traicionarme, murmuré el conjuro bajo, casi sin mover los labios. Uno antiguo. Práctico. Temporal.
El sangrado se detuvo.
El cuerpo obedeció.
La magia se asentó como una orden seca.
—Concéntrense —dijo el instructor—. Control físico sin transformación.
Extendí las manos. Ithar hizo lo mismo.
El aire entre nosotros vibró.
No me miró a los ojos. Yo tampoco a los suyos. Porque sabía que si lo hacía… algo iba a romperse.
Y aún no era el momento.
Seguí la clase como si nada.
Como si no fuera una Noctyra escondida.
Como si el sirio frente a mí no fuera una amenaza para todo lo que soy. Último año. Reglas estrictas.
Sellos firmes.
Me repetí eso una y otra vez.
Pero la luna no escucha promesas.
Y la sangre… menos.
El ejercicio requería contacto.
—Manos —ordenó el instructor—. No hay control sin conexión.
Tragué saliva antes de hacerlo.
Cuando mis dedos tocaron los suyos, el mundo se me fue a la mierda.
Mi sangre se espesó de golpe, como si alguien hubiera cambiado su ritmo. La sentí pesada, lenta, ardiendo por dentro. Mi cabello vibró, literal, un cosquilleo desde la raíz hasta las puntas, como si la luna me estuviera llamando por mi verdadero nombre.
Apreté la mandíbula.
Las marcas lunares de Ithar comenzaron a brillar bajo su piel, primero tenue, luego más vivas. Sus ojos azules se volvieron demasiado claros, demasiado lúcidos, como si algo antiguo acabara de abrirlos desde adentro.
—¿Todo bien? —murmuró él, apenas moviendo los labios.
No respondí.
Porque en ese instante, los pupilentes empezaron a quemar.
Una punzada directa, cruel, en los ojos. El ardor subió rápido, como si la magia quisiera derretir la mentira que llevaba puesta. Sentí cómo el blanco verdadero quería asomarse, reclamando espacio.
No.
No aquí.
No ahora.
Clavé los pies al suelo y puse toda mi fuerza en el conjuro.
Sellé.
Presioné.
Contuve.
La magia me tembló en las venas, violenta, desesperada por salir, pero la obligué a quedarse quieta. Los pupilentes resistieron. Apenas. El ardor no se fue, pero dejó de avanzar.
Respiré corto.
Ithar tensó las manos, como si también estuviera luchando contra algo.
—Morvath —gruñó el instructor—. Controle su energía.
Él asintió, pero no soltó mis manos de inmediato. Por un segundo más, solo uno, la resonancia siguió ahí, latiendo entre nosotros como un corazón compartido.
Luego se apartó.
El aire volvió a la normalidad.
Las marcas se apagaron.
Mi cabello dejó de vibrar.
Yo seguía entera.
Invisible.
Oculta.
Pero Ithar me miró entonces. De verdad me miró.
Y su expresión no era de burla.
Ni de desprecio.
Era de reconocimiento.
Como si acabara de entender que yo no era una simple vampira.
Y que algo dentro de mí acababa de responderle.
La clase continuó.
Yo también.
Pero ya era tarde para fingir que no había pasado nada.