El estruendo de los nudillos contra la madera de la puerta sonó como una explosión en medio de aquel silencio eléctrico.
—¡Velarys! Abre, sabemos que regresaste. Es la inspección de seguridad de los dormitorios.
El pánico me golpeó con más fuerza que el deseo. Ithar y yo nos separamos de golpe, jadeando, con la luz de nuestras marcas aún vibrando en el aire. Mis ojos blancos eran imposibles de ocultar y su respiración de bestia llenaba la habitación. Si entraban y nos veían así, era el fin de todo. De mi familia, de él, de nosotros.
—Tengo que... tengo que sacarte —susurré, con las manos temblorosas.
Nunca había teletransportado a otra persona a propósito, y mucho menos sin estar tocándola o con una dirección exacta en mente, pero el vínculo hizo el trabajo por mí. Cerré los ojos, visualicé el aroma a bosque y acero de la habitación de Ithar y, con un grito ahogado de esfuerzo, empujé toda mi magia hacia él.
El aire se comprimió violentamente. Ithar desapareció en un parpadeo de luz plateada justo cuando la puerta empezaba a vibrar por los golpes.
Me desplomé contra el lavamanos, agarrando mis pupilentes rojos con dedos torpes y encajándolos en mis ojos mientras el ardor me hacía sollozar. Me sacudí el cabello para apagar el brillo y me subí la cremallera de la chaqueta, tratando de ocultar el rastro de sus manos en mi piel.
—¡Velarys, abre ahora mismo o derribamos la puerta!
Caminé hacia la entrada, forzando a mis pulmones a respirar con normalidad aunque mis piernas parecían de papel. Abrí la puerta solo un poco, apoyándome en el marco para que no vieran el desastre de mi habitación.
—Lo siento... —dije con voz ronca, fingiendo que acababa de despertar—. Me sentía muy mal, me quedé dormida.
Dos instructores me miraron con sospecha, sus narices arrugándose como si pudieran oler el rastro del Sirio que acababa de estar allí. El aire todavía estaba cargado de ozono, y mi cuerpo seguía gritando por el contacto que acababa de perder.
Los instructores entraron con la prepotencia de quienes se saben dueños del lugar. Pasaron sus detectores de magia por las esquinas, revisando que no hubiera artefactos prohibidos ni rastro de teletransportación ilegal. Yo me quedé inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos para que no vieran que aún me temblaban.
El aire en el cuarto seguía oliendo a él, a esa mezcla de tormenta y bosque que desprendía su piel, pero por alguna gracia de la Luna, el sello de aislamiento que reforcé antes de que el mundo se volviera loco fue suficiente para camuflar el rastro.
—Todo en orden, Velarys —dijo el más alto, guardando su vara rúnica—. Pero que no se repita lo de no responder. La próxima vez entramos por la fuerza.
Asentí con la mirada baja, manteniendo la máscara de la chica sumisa.
En cuanto la puerta se cerró y escuché sus pasos alejarse por el pasillo, me desinflé. Me recosté contra la madera, dejando que mi espalda se deslizara hasta que terminé sentada en el suelo frío. El silencio de la habitación ahora se sentía pesado, vacío. El vínculo con Ithar seguía ahí, un hilo invisible que tiraba de mi pecho hacia su dormitorio, recordándome cada centímetro de su piel que acababa de tocar.
«Cuerpo sí, corazón no», repetí mentalmente, como un mantra sangriento.
Me levanté a duras penas, me quité los pupilentes que volvían a arder y me metí en la cama sin siquiera quitarme la ropa. Cerré los ojos, pero no vi oscuridad. Vi ojos azules y marcas brillantes.
Mañana sería otra lucha por la supervivencia. Pero esta noche, solo quería que el mundo dejara de girar.
Amaneció el día del Orgullo de Sangre. En la Academia, estos dos días obligatorios servían para que todos recordaran quién estaba por encima de quién. Para la mayoría, era una excusa para lucir sedas y armaduras; para mí, era una prueba de fuego para mi camuflaje.
Me puse el conjunto que mejor gritaba "vampira de linaje bajo": un corsé negro ajustado sobre una blusa blanca de mangas vaporosas y una falda asimétrica de color rojo sangre, con destellos que fingían ser elegancia pero que solo ocultaban las armas que llevaba en los ligueros.
Caminé por los pasillos ignorando los susurros de los elfos y los cambiapieles. Al entrar al aula de Historia Mítica, el aire se volvió pesado de inmediato. Ithar ya estaba allí.
En cuanto crucé el umbral, sus marcas lunares emitieron un pulso azul tan fuerte que fue visible a través de su camisa.
No era una mirada de deseo casual; era el hambre de un depredador que ha reconocido a su pareja de caza.Sin decir una palabra, Ithar se levantó de su asiento habitual y se sentó justo en la fila de atrás, ocupando la silla que quedaba directamente a mis espaldas.
Sentí el calor de su cuerpo irradiando hacia mi nuca. El vello de mis brazos se erizó y mi cabello blanco empezó a emitir una vibración casi imperceptible bajo el tinte mágico.
—Hueles a lo que pasó anoche —susurró él, tan bajo que solo mis oídos de Noctyra pudieron captarlo.
Me quedé rígida, clavando las uñas en el pupitre. La clase apenas comenzaba y el vínculo ya estaba tirando de nosotros como si quisiera demoler el aula entera.
La clase de Historia Mítica avanzaba con una monotonía asfixiante, o al menos eso intentaba fingir yo mientras sentía la respiración de Ithar golpeándome la nuca. El profesor explicaba las jerarquías de sangre, ignorando que dos de las esencias más peligrosas del pacto estaban alterando el campo energético del aula.
—Velarys, adelante —ordenó el instructor, señalando el centro del salón—. Muéstranos una manipulación básica de fluidos. Algo acorde a tu casta.
Me levanté despacio. El roce de mi falda roja contra mis muslos me recordó lo cerca que estaba él. Caminé hacia el frente, sintiendo la mirada de Ithar clavada en mi espalda, quemándome.
Extendí la mano sobre un cáliz de plata que el profesor había colocado en la mesa. Usando solo la magia "común" que se esperaba de una vampira, hice que el líquido carmesí se elevara, formando hilos delgados que danzaron en el aire con una elegancia fría. No hubo brillo blanco, ni alas, ni rastro de Noctyra. Fue una actuación perfecta: débil, controlada y predecible.