Luna Y Sangre Ancestral

Capítulo 3

Aterricé en los límites de la aldea justo cuando la luz del sol empezaba a filtrarse entre los árboles más densos, recuperando mi forma humana con el corazón todavía acelerado. No perdí tiempo; me dirigí directamente a la clínica, un lugar que olía a hierbas secas y a la resignación de una especie que se apaga lentamente.

​El panorama era desolador. El 70% de los ancianos yacían en sus lechos, con la piel casi transparente y la respiración débil, exhaustos por siglos de guerras y huidas. Aunque son casi inmortales, su fuerza vital se ha drenado tanto que cualquier complicación parece acercarlos a ese final definitivo que solo el hierro en el abdomen suele provocar.

​Me acerqué a la primera camilla y coloqué mis manos sobre el pecho de una anciana que apenas recordaba su propio nombre. Cerré mis ojos blancos y dejé que mi magia de Noctyra fluyera. A diferencia de la magia débil que fingía en la academia, aquí dejé salir el poder de mi ascendencia lunar.

​Una luz plateada y fría emanó de mis palmas, filtrándose en su sistema para fortalecer sus venas y calmar el dolor de sus huesos antiguos. El esfuerzo era inmenso; sentía cómo mi propia energía se transfería para sostener la de ellos. Era irónico: mientras Ithar me había dado calor y vida horas antes, yo ahora repartía esa misma vitalidad para evitar que mi pueblo se convirtiera en ceniza.

​—Gracias, Elara —susurró la mujer, abriendo los ojos con un brillo renovado, aunque fuera temporal—. Eres nuestra única esperanza para encontrar ese perdón que nos devuelva la paz.

​Apreté los dientes, sintiendo el peso de la mentira y la urgencia de mi graduación para poder salvarlos de verdad.

El agarre de mi madre quemaba, pero no tanto como la rabia que me subía por la garganta. Sin pensarlo, acumulé una ráfaga de magia lunar en mi pecho y la solté de golpe. La onda expansiva la empujó hacia atrás, obligándola a soltarme y a trastabillar contra la mesa de madera.

​—¡No me vuelvas a tocar! —le grité, con la voz quebrada y los ojos blancos desprendiendo chispas de luz.

​Me puse en pie, temblando de furia. Mi madre me miró con horror, pero yo no retrocedí.

​—No te metas en esto —sentencié, señalándola—. Estoy haciendo todo esto por ustedes, por los ancianos que se mueren en esa clínica mientras nosotros nos escondemos como ratas. No me pongas condiciones cuando soy la única que está arriesgando el cuello en ese nido de víboras.

​Caminé por la pequeña cabaña, sintiéndome atrapada.

​—¿Crees que elegí esto? No puedo rechazarlo, mamá. La conexión me obliga, el vínculo me arrastra y no tengo opción porque así lo dictó la Luna. —Me giré hacia ella, con lágrimas de impotencia quemándome las mejillas—. ¡Solo quería ser normal por una vez! No pedí tener esta conexión tan grande con la Luna, ni ser la "ascendente" de nadie. ¿Por qué no lo hizo otro en mi lugar? ¿Por qué tengo que cargar yo con la salvación de 200 Noctyras y con un vínculo prohibido que me está partiendo el alma?

​Mi madre se quedó en silencio, procesando el estallido. La autoridad de su rostro se desmoronó, dejando ver solo la lástima de una madre que sabe que su hija está condenada a un destino que nadie querría.

Salí de la cabaña como un torbellino, dejando a mi madre con las palabras en la boca y la mirada rota. La presión en mi pecho era tanta que sentía que iba a estallar; el aire de la cabaña me asfixiaba, cargado de expectativas y de un destino que no pedí [cite: 10-02-2026].

​Apenas puse un pie fuera, me entregué a una transformación distinta, una que buscaba velocidad y ferocidad. Mis huesos se reacomodaron con un crujido seco y, en lugar de alas, mis extremidades se volvieron potentes y peludas. En un parpadeo, dejé de ser una chica para convertirme en un lince de pelaje blanco níveo, con los ojos blancos brillando como dos lunas llenas.

​Corrí.

​Mis garras se enterraban en la tierra húmeda, sorteando raíces y rocas con una agilidad sobrenatural. El viento golpeaba mi cara, barriendo las lágrimas que aún mojaban mi pelaje. Cada salto era un grito mudo de protesta contra los ancianos, contra la academia y contra ese vínculo que me ataba a un Sirio mientras mi pueblo se desmoronaba.

​Llegué a la orilla del lago donde horas antes había estado con Ithar. Sin frenar, salté al vacío.

​El agua helada me recibió con un impacto que me cortó la respiración. Me hundí profundamente, dejando que el frío calara hasta mis huesos, apagando por un momento el fuego de la rabia y el rastro del calor que Ithar había dejado en mi piel. Bajo el agua, todo era silencio. No había misiones, no había "ascendencia a la luna", no había responsabilidades.

​Me quedé allí abajo unos segundos, viendo la luz del sol filtrarse en rayos dorados a través de la superficie, deseando que el agua pudiera lavar no solo el sudor del Sirio, sino también el peso de ser la única esperanza de 200 Noctyras.

El frío del lago me ayudó a recuperar la claridad. Salí del agua, mi pelaje de lince blanco chorreando y brillando bajo la luz del sol que ya empezaba a calentar el bosque. Al recuperar mi forma humana, no regresé a la cabaña de mi madre; caminé directo a la biblioteca de la aldea, con el cuerpo todavía entumecido pero la mente encendida por una idea desesperada.

​Si soy la más ascendente a la luna, si mi magia es capaz de sostener la vida de los ancianos por unos momentos, tal vez no necesito encontrar una cura externa. Tal vez la cura soy yo, pero amplificada.

​Me encerré en la clínica, pidiéndole a los sanadores que me dejaran a solas con los enfermos. Los 200 Noctyras que quedamos dependemos de un milagro, y se los voy a dar. Me puse en el centro del gran salón donde descansaban los más débiles.

​—Escuchen el latido de la luna —susurré, cerrando mis ojos blancos.

​Extendí mis manos y, por primera vez, no traté de curar a uno por uno. Liberé toda mi esencia de golpe. Una neblina plateada, densa y brillante, empezó a brotar de mi cuerpo, extendiéndose como una red por toda la habitación. Era un esfuerzo titánico; sentía cómo mis propios músculos temblaban y cómo el vínculo con Ithar, allá a la distancia, tiraba de mí como si intentara darme la energía que me faltaba para no colapsar.




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