No le di tiempo a decir una sola palabra más. No quería sus promesas, no ahora que el silencio en mi pecho era tan absoluto que me hacía sentir más muerta que viva.
Cerré los ojos y, en lugar de correr o volar, invoqué lo último que me quedaba de energía ancestral. Visualicé el agua helada, el aroma a pino y la paz del lugar donde horas antes todo parecía posible. El aire a mi alrededor se comprimió en un vórtice plateado y, con un chasquido sordo, mi cuerpo se desvaneció de la cabaña, dejando a Ithar con las manos extendidas hacia la nada.
Aparecí en la orilla del lago.
Mis rodillas cedieron y caí sobre la hierba húmeda. El esfuerzo de la teletransportación, sumado al ritual de ruptura, me dejó temblando. Me arrastré hasta el borde del agua y miré mi reflejo: mis ojos blancos estaban apagados, rodeados de ojeras profundas por el llanto y el agotamiento.
Metí las manos en el agua, buscando desesperadamente ese frío que entumeciera el dolor. No había rastro de él en mi mente. No había calor azul. Solo era yo, el sonido del lago y la carga de haber salvado a mi pueblo a cambio de mi propia felicidad.
Me quedé allí, abrazada a mis piernas, esperando que la luna saliera para recordarme quién soy ahora que no soy de nadie.
Me quedé allí, mirando el agua, intentando que el frío me devolviera la cordura. Al mover una de mis manos por la hierba húmeda para apoyarme, mis dedos rozaron algo metálico y frío que no pertenecía a la naturaleza del bosque.
Aparté unos matorrales y ahí estaba, medio oculto entre las raíces. Era un anillo de una belleza abrumadora: una banda de plata líquida que parecía moverse por sí sola, coronada por una piedra de un negro absoluto que absorbía la poca luz que quedaba del atardecer. No era artesanía Noctyra, ni tampoco parecía algo fabricado por los Sirios. Era algo mucho más antiguo.
—Qué hermoso... —susurré, hipnotizada por el brillo oscuro de la joya.
A pesar de que cada instinto me decía que tuviera cuidado, mi mano actuó por su cuenta. Deslicé el anillo en mi dedo anular.
En el instante en que el metal tocó mi piel, el mundo desapareció.
¡UNA DESCARGA ABISMAL!
No fue un chispazo, fue como si un rayo de energía pura y gélida hubiera entrado por mi brazo y estallara directamente en mi cerebro. Grité, pero mi voz se perdió en un estruendo interno. Mi visión se volvió blanca y mis orejas de murciélago se desplegaron con tanta fuerza que me dolieron las sienes.
Sentí cómo la magia que acababa de perder al romper el vínculo con Ithar era reemplazada por algo mil veces más pesado, oscuro y ancestral. Era una conexión, pero no con una persona, sino con la misma esencia de la Luna de Sangre. Mis colmillos salieron con una violencia que me rasgó el labio y mi espalda se arqueó mientras el anillo parecía soldarse a mi hueso.
—¿Qué... qué es esto? —logré articular, mientras mi cuerpo flotaba unos centímetros sobre el suelo, envuelta en una aura de sombras y luz plateada.
El dolor de la descarga se transformó en una vibración eléctrica que recorría cada nervio de mi cuerpo. Era una sensación masiva, pesada y abrumadora. De repente, el silencio absoluto que tanto me había aterrado tras romper el vínculo desapareció, pero no volvió como un susurro.
Sentí a Ithar.
Lo sentí con una intensidad violenta, como si su alma estuviera pegada a la mía, pero ahora la conexión era eléctrica, salvaje, amplificada por el anillo que quemaba en mi dedo. Ya no era un lazo suave; era un cable de alta tensión que nos unía a través del bosque.
Él no tardó en llegar. Apareció entre los árboles, jadeando, con las marcas de su piel brillando en un azul tan eléctrico como lo que yo sentía. Se detuvo en seco al verme: yo no estaba simplemente de pie, estaba flotando a varios palmos del suelo, rodeada por una neblina oscura y rayos plateados que saltaban de mi piel.
—¡Elara! —gritó, intentando acercarse, pero la energía que desprendía el anillo lo repelía como un imán del mismo polo.
—¡No te acerques! —le advertí, con la voz vibrando en una frecuencia que hacía temblar las hojas de los árboles. Mis ojos blancos despedían destellos eléctricos—. No sé qué está pasando... ¡Duele, Ithar! ¡Es demasiado!
Luché contra la gravedad que me empujaba hacia arriba y logré extender mi mano derecha hacia él. El anillo brillaba con una luz negra y pulsante, como un corazón oscuro que acabara de despertar.
—Mira esto... lo encontré en la hierba —le dije, mientras las lágrimas eléctricas resbalaban por mis mejillas—. En cuanto me lo puse, el vínculo volvió... pero es diferente. Es más fuerte, Ithar. Siento tu pulso como si fuera el mío, pero también siento algo más... algo que me pide que devore la luz.
Ithar me miró con horror y fascinación, reconociendo el poder antiguo que emanaba de la joya.
Ithar cayó de rodillas, cubriéndose los ojos ante el resplandor que emanaba de mi mano. El aire alrededor del lago se volvió denso, cargado de un magnetismo que hacía que mi cabello blanco flotara como si estuviéramos bajo el agua.
—Ese anillo... —susurró Ithar, con la voz temblando de reverencia y miedo—. No es una joya, Elara. Es un fragmento del corazón de la Luna Madre. Cayó hace millones de años, mucho antes de que nuestras razas empezaran a odiarse.
De repente, una voz gélida y ancestral resonó dentro de mi cabeza, solapándose con la mía. Ya no era solo una vampira o una Noctyra. El anillo me había reclamado.
—Soy una Nyctra —dije, y mi voz salió duplicada, con un eco celestial—. Le pertenezco a la Luna. Ella me ha encontrado.
Sentí cómo el poder eléctrico del anillo se estabilizaba, transformando mi rabia en una calma fría y absoluta. Ithar se puso en pie, mirándome como si estuviera viendo a una deidad que camina entre mortales. Ya no importaba la traición de mi madre ni los planes políticos; las reglas habían cambiado.