En la aldea de Nareth nadie rezaba.
No había templos.
No había altares.
No había nombres sagrados susurrados antes de dormir.
Aquí, los dioses no existían.
Y eso era exactamente lo que los mantenía a salvo.
...o eso creían.
———
Esa noche, el viento soplaba más frío de lo normal.
Las casas de madera crujían suavemente, y las pocas luces que quedaban encendidas empezaban a apagarse una a una. Todo era tranquilo. Siempre lo era.
Hasta que algo cayó del cielo.
No fue un estruendo.
No hubo fuego.
Solo... una quietud extraña, como si el mundo hubiera contenido la respiración por un segundo.
En las afueras de la aldea, entre la tierra húmeda y la hierba aplastada, una figura apareció.
Caminaba.
O lo intentaba.
Sus pasos eran inestables, arrastrados, como si cada movimiento fuera el último. Su respiración era débil, irregular... humana, pero no del todo.
En sus brazos, sostenía algo.
Pequeño.
Frágil.
Una niña.
El cabello morado con mechones lavanda caía suavemente sobre su rostro dormido. Sus pequeñas manos estaban cerradas, como si sujetaran algo invisible.
No lloraba.
No se movía.
Solo... dormía.
El ser miró la aldea a lo lejos.
Luces apagándose.
Vidas ignorantes.
Un lugar donde nadie miraba al cielo.
–Aquí... –su voz apenas era un susurro–...estará a salvo...
Un sonido detrás de él.
Algo se arrastraba en la oscuridad.
Sombras.
Observando.
Esperando.
No había tiempo.
Con lo poco que le quedaba, avanzó hasta la primera casa que encontró. Sus manos temblaban al sostener a la niña, como si soltarla fuera más difícil que cualquier herida.
Se detuvo frente a la puerta.
Dudó. Solo un instante. Luego la dejó con cuidado en el suelo.
La niña se movió levemente, como si el frío no existiera.
El ser se inclinó, rozando suavemente su cabello.
–Lune... –susurró
El nombre quedó en el aire.
Como si el mundo lo hubiera aceptado.
Un golpe suave en la puerta.
Uno solo.
Fue suficiente.
Cuando se enderezó, su cuerpo ya no respondía igual. La luz que lo rodeaba comenzaba a apagarse... lentamente.
Las sombras estaban más cerca ahora.
Podía sentirlas.
Pero no importaba.
No más.
–Vive... –murmuró.
Y desapareció.
No dejó rastro.
No dejó luz.
No dejó nada.
–––
La puerta se abrió unos segundos después.
Una mujer de cabello oscuro, con las manos manchadas de harina, miró hacia afuera, confundida.
–¿Quién...?
Su mirada bajó.
Y la vio.
Una niña.
Sola.
Dormida frente a su puerta.
Envuelta en silencio.
–...¿De quién es esta niña?
No había nadie alrededor.
No había pasos.
No había respuesta.
Solo el viento.
Dudó.
Miró a ambos lados.
Nada.
Y entonces...
La niña abrió los ojos.
Morados.
Con pequeños destellos dorados que brillaron apenas en la oscuridad.
La mujer se quedó inmóvil.
Lune la miró.
Sin miedo.
Sin lágrimas.
Solo curiosidad.
Como si el mundo fuera algo nuevo.
Y sonrió.
Pequeña.
Suave.
Inocente.
La mujer sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No de miedo. Era asombro. O tal vez reconocimiento.
..pero no dijo nada.
La levantó con cuidado.
–Está bien... –murmuró, más para sí misma que para la niña–...estás a salvo...
La puerta se cerró.
Y con eso...
El destino de la aldea cambió sin que nadie lo notara.
–––
Esa noche, en un lugar donde nadie creía en dioses...
Uno de ellos había dejado atrás algo mucho más peligroso que una bendición.
Una niña.
Que no lloró.
Que no pidió ayuda.
Y que, sin saberlo...
Ya no pertenecía a ese mundo