El templo no estaba vacío.
Nunca lo estuvo.
Al cerrar las puertas, el silencio no fue completo.
Había susurros.
Leves.
Superpuestos.
Como si muchas voces hablaran… sin palabras.
Lune avanzó despacio.
El suelo estaba frío.
Las paredes, cubiertas de grietas y símbolos borrados por el tiempo.
Pero algo más habitaba ese lugar.
Primero vio una luz.
Como las que la habían guiado.
Pequeña.
Cálida.
Se acercó.
Y la luz giró a su alrededor, como si la reconociera.
Luego…
apareció otra cosa.
Una sombra.
Alargada.
Pegada a una columna.
No tenía forma clara.
Solo… presencia.
Lune se detuvo.
La miró.
No retrocedió.
La sombra se movió.
Lentamente.
Como dudando.
Por un instante, el aire se volvió pesado.
Frío.
Inquieto.
Y entonces…
la luz flotante se interpuso entre ambas.
Silencio.
La sombra no atacó.
No avanzó.
Solo… observó.
Lune inclinó la cabeza.
—¿Vives aquí…?
No esperaba respuesta.
Pero algo cambió.
Más presencias comenzaron a aparecer.
Algunas como luces.
Otras como sombras.
Algunas deformes.
Otras suaves.
El templo… estaba lleno.
No todos eran iguales.
Algunos se acercaban con calma.
Otros se mantenían lejos.
Observando.
Desconfiando.
Pero ninguno se fue.
Esa noche, Lune no tuvo cama.
Se sentó en el suelo.
Apoyó la espalda contra una pared.
Y cerró los ojos.
No estaba sola.
Una luz se quedó cerca.
Como vigilando.
Una sombra… también.
Pero más lejos.
Pasaron los días.
Lune empezó a vivir ahí.
Sin que nadie se lo dijera.
Sin reglas.
Sin palabras.
Aprendió observando.
Una de las luces le mostró cómo encontrar agua dentro del templo.
Guiándola hacia una grieta donde caía un hilo constante.
Otra… le enseñó a no pisar ciertas zonas.
Donde el suelo crujía demasiado.
Pero las sombras…
eran diferentes.
Al principio, se movían de forma errática.
Brusca.
Como si no entendieran su propia existencia.
Una de ellas se acercó demasiado una vez.
El aire se volvió denso.
Pesado.
Casi peligroso.
Lune la miró.
Fija.
Sin miedo.
La sombra dudó.
Se detuvo.
Y lentamente…
retrocedió.
No por rechazo.
Sino… por elección.
Con el tiempo, cambió.
Las sombras ya no se movían de forma agresiva.
Se volvían más lentas.
Más… estables.
Como si aprendieran.
Como si imitaran.
Una de ellas incluso comenzó a seguir a Lune.
A cierta distancia.
Siempre la misma.
No tocaba.
No invadía.
Solo… estaba.
Un día, Lune tropezó.
Tenía 5 años.
El suelo estaba húmedo.
Resbaló.
Antes de caer completamente…
algo la sostuvo.
No era una luz.
Era una sombra.
Oscura.
Fría.
Pero firme.
La dejó de nuevo en pie.
Y se apartó.
Lune la miró.
—Gracias…
La sombra no respondió.
Pero no se fue.
El templo cambió.
No en forma.
No en estructura.
En presencia.
Las luces brillaban un poco más.
Las sombras… eran menos inestables.
Ya no era un lugar abandonado.
Era un hogar.
No perfecto.
No puro.
Pero vivo.
Y en el centro de todo…
Lune.
Una niña que no lloró.
Que no pidió ayuda.
Y que, sin entenderlo…
estaba cambiando todo lo que la rodeaba.