El tiempo pasó.
No de golpe.
No con ruido.
Pasó en pequeños momentos.
En pasos más firmes.
En manos que ya no temblaban.
En una voz que dejó de ser un susurro.
Lune creció.
El templo cambió con ella.
Ya no caminaba con cuidado.
Conocía cada grieta.
Cada rincón.
Cada sombra.
Cada luz.
Ya no observaba para aprender.
Ahora… entendía.
—No ahí —decía suavemente, señalando el suelo húmedo.
Una luz se detenía antes de cruzar.
—Tranquilo… —murmuraba, extendiendo la mano.
Una sombra inestable se calmaba.
No era control.
No era poder impuesto.
Era… confianza.
Catorce años.
No hubo calendarios.
No hubo cuentas exactas.
Pero los espíritus lo sabían.
Esa noche, el templo brilló distinto.
Las luces se reunieron.
Más de lo normal.
Girando.
Flotando.
Como estrellas dentro de un cielo cerrado.
Las sombras también aparecieron.
Sin esconderse.
Sin huir.
Por primera vez…
no había distancia entre ellas.
Lune estaba en el centro.
—¿Qué pasa…? —preguntó, confundida.
Una luz descendió lentamente.
Se detuvo frente a ella.
Brilló más fuerte.
Y entonces…
otras la imitaron.
Pequeños destellos.
Movimientos suaves.
No había música.
Pero se sentía como una.
Una celebración.
Lune los miró.
Uno por uno.
Y sonrió.
No era curiosidad esta vez.
Era… felicidad.
—Gracias…
Cerca de ella, una sombra se mantuvo en su lugar habitual.
A la distancia justa.
Como siempre.
Lune giró hacia ella.
—Tú también.
Se acercó.
La sombra no retrocedió.
Lune extendió la mano.
No la tocó.
Pero se quedó cerca.
Pensó un momento.
—Te voy a llamar… Noctis.
Silencio.
La sombra… reaccionó.
No de forma brusca.
No de forma extraña.
Se estabilizó.
Como si ese nombre…
la hubiera anclado.
—Noctis… —repitió Lune, más suave.
Y por primera vez…
la sombra no solo la siguió.
Se quedó a su lado.
Días después…
El mundo exterior volvió a llamar.
Los espíritus se movían distinto.
Más inquietos.
Más… atentos.
Una luz tiró suavemente de la manga de Lune.
—¿Qué pasa?
Otra apareció.
Y otra.
Se movieron hacia la salida del templo.
Invitándola.
Lune dudó.
Pero esta vez…
no se quedó.
El camino era largo.
El templo quedó atrás.
El aire cambió.
Más vivo.
Más lleno.
Hasta que lo vio.
Una estructura enorme.
Diferente a todo.
Piedra blanca.
Detalles dorados.
Símbolos tallados que no estaban rotos.
Una escuela.
Pero no como las humanas.
Allí…
se enseñaba a los dioses.
Seres jóvenes.
Presencias brillantes.
Energías contenidas.
Lune se detuvo lejos.
—…No puedo entrar.
No era una duda.
Era una certeza.
Los espíritus no insistieron.
Solo se quedaron con ella.
Observando.
Dentro del recinto…
algo se movió.
Un espíritu.
Más definido.
Más claro.
Estaba junto a una figura mayor.
Un profesor.
No completamente divino.
Pero tampoco humano.
Un dios medio.
El espíritu se detuvo.
Miró hacia afuera.
Hacia Lune.
Y algo cambió.
Se separó.
Se movió rápido.
Atravesando límites.
Reglas.
Barreras invisibles.
Hasta llegar a ella.
Y giró a su alrededor.
Feliz.
Ligero.
Libre.
Lune parpadeó.
—…Hola.
Dentro de la escuela…
el profesor frunció el ceño.
No por el espíritu.
No por la cantidad.
Sino por algo mucho más raro.
A lo lejos…
luces y sombras estaban juntas.
Sin atacarse.
Sin rechazarse.
En calma.
—…Eso no es posible… —murmuró.
Sus ojos se fijaron en una sola figura.
Lune.
Y por primera vez…
alguien del mundo de los dioses…
la vio.