Con diecinueve años, Estrella se volvió suripanta, como era de esperar, vendiendo su cuerpo en las calles de noche para poder subsistir a la cruel vida que le deparaba el destino por robar la vida a Óscar. Por primera vez en su corta existencia, Estrella se odió; sintió vergüenza y asco de la que era. Los luceros se apartaron de ella, dejándola sola. Quiso volver a la inexistencia y terminar por dar paso a aquel joven olvidado para que él buscara el final de ambos, pues ella no sería capaz; pero él no volvería aunque le rogaran, pues el olvido le gustaba, le agradaba ser nada. Estrella no se rindió, aunque su cuerpo se lo pidiera, aunque la bilis rozara su garganta. Sin valer que las lágrimas ganadoras se derramaran al llegar el amanecer, luchó por sobrepasar el asco de aquello en lo que se había convertido, hasta llegar a aceptarlo como una nueva parte de sí. Ella era eso que las personas decentes decían odiar; sí, lo era, esa era su vida, su asquerosa y banal vida, pero no importaba mientras Estrella fuera quien viviera. Porque vivir es un regalo que no todos tienen el privilegio de tener, y no importaba que las estrellas allá en el firmamento se hubiesen alejado de ella.
Con veinticuatro años de edad, Estrella era hermosa, aunque en realidad no lo era. Su cuerpo se había adaptado a la imagen que quería de sí; su ropa barata pero “elegante”, junto a su forma de ser y hablar, eran las de la mujer perfecta según ella, pues para sí misma ella lo era. Ella seguía siendo su único todo, sin importar su repudiada profesión o que considerara la calle su hogar más que su pequeño apartamento. Se amaba a sí misma y lo que representaba su existencia: “supervivencia”, aun cuando la vida te pise con todas sus fuerzas. Tenía el valor dado que lo necesitaba para afrontar el día a día; pues, como un girasol aferrado a seguir al sol, su amante, para crecer y robar su color, no se dejó vencer aunque el mundo la desechara. Y para todos los que en la calle la veían cruzar, fuera solo un despojo humano con sus tacones de imitación china, sus vestidos fuera de época y aquellas pelucas sintéticas que a veces la hacían parecer ridícula, junto a aquel grueso maquillaje que escondía su rostro, pero también el miedo que alguna vez sentía ante las miradas ajenas.
En ese tiempo conoció a otras como ella y formó lazos. Aunque no fueran luceros, sin dar valor a su opaco brillo, seguían al final siendo mujeres de la calle que vendían su cuerpo por dinero; unas por necesidad, otras —que a Estrella no agradaron tanto— lo hacían por disfrute. Conoció todas sus historias, unas menos dramáticas o casi tan drásticas como la de ella; se hizo su amiga y compañera, pues en el fondo sentía empatía y cariño. Con el tiempo se volvió su protectora, ya que gracias a los genes de Óscar, Estrella sobrepasaba a la mayor parte de la población que conoció con su metro ochenta y cinco. Amaba eso de sí, pues la hacía sentir por sobre todos, más cerca del firmamento, aunque los demás creyeran que no merecía pasar ni del piso. También a sus nuevas protegidas se dedicó a sonreírles siempre y a escucharlas, para llevar un poco de luz y anhelo a sus grises vidas. Para aquellas mujeres de quienes no vale la pena hablar, Estrella se transformó en su sinónimo de luz en medio de tanta tiniebla.
Amó grandemente y odió en cortos momentos. Conoció a la fuerza la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre hacer el amor y el sexo. Ella se dedicaba al sexo; las personas aman a quien le hacen el amor, el sexo sucede con cualquiera... hasta con la hermosa Estrella, aunque en realidad no lo era.
Una noche de un caluroso diciembre, mientras ella caminaba con sus botas altas color plata por un callejón oscuro de la avenida principal, luego de cruzar al lado de un bar, un hombre desconocido y borracho la siguió a paso rápido. La detuvo a mitad del callejón y le pidió dinero que ella no tenía, pues se lo había dado a una indigente. Él le gritó que no mintiera, que una zorra siempre tenía dinero de sus trabajos. La insultó por ser lo que era y volvió a exigirle el dinero, a lo que Estrella no pudo evitar sonreír; pues sonreía aunque la situación no lo ameritara. Le pidió al hombre que se calmara, mas la sonrisa de aquella dama de la noche lo perturbó totalmente, pues se veía hermosa a la luz de la luna y parecía no sentir miedo.
Así que la atacó enfurecido, odiando aquella sonrisa. Forcejearon hasta rodar por el suelo. Ella se golpeó contra algo, cayendo nuevamente de bruces contra el piso. Estrella no se pudo defender. Él la pateó en el estómago hasta hacerla vomitar; escupió sobre ella, liberando toda su rabia contra un ser que solo caminaba por un callejón en dirección a su casa, donde vería el espejo y sonreiría al ver a Óscar ahí, viéndola. Esa misma noche, juntos decidirían poner fin a la historia e ir en busca de las estrellas; mas ahora eso parecía lejano.
Tras nuevos forcejeos, ella en el suelo y él de pie, el hombre sacó una pistola de la parte trasera de su pantalón. Apuntó al rostro de Estrella, quien sintió pánico y, raramente, éxtasis. Recordó a Óscar, donde sea que estuviera, y se sintió mal al notar que no irían juntos en busca de estrellas. Recordó aquella noche frente al espejo donde nació; recordó las luciérnagas, sus amigas. Miró al cielo nocturno sobre ella y su asesino, y ahí estaban, brillando con toda su fuerza, como nunca brillaron antes, como nunca volverán a brillar. Se puso de pie en silencio y solo esperó el final de su historia. Óscar estaría solo otra vez en el espejo tras el disparo del revólver, de donde surgió una fugaz y despreciable bala que, con un nítido silbido, atravesó su alma compartida hasta romperla y quebrar la superficie de una estrella; de nuestra hermosa Estrella, aunque ya no lo sería.
El despreciado hombre, al verla desplomarse en el suelo de espaldas, huyó entre las sombras hasta desaparecer y abandonar la historia, habiendo acabado, sin razón alguna, con un lucero que solo buscaba mantenerse brillando el tiempo suficiente. Esa misma noche de un caluroso diciembre, alumbrada por los pálidos rayos de la luna mientras las estrellas en el cielo lloraban, tirada boca arriba en el suelo de un siniestro callejón, murió Estrella (sin nombre que la presidiera). Sin nadie a quien rogar, pues la muerte fue instantánea; sin nadie a quien pedir perdón, pues no se arrepentía de lo que era. Ahí quedó, con sus botas altas color plata, su peluca roja sintética y su vestido Chanel blanco manchados de sangre. Su impura sangre, su cuerpo siempre despreciado, su alma ahora deshecha.
A la mañana siguiente, en las noticias matutinas, apareció un único informe que casi nadie vio, dando a conocer el asesinato de un hombre vestido de mujer que ejercía la prostitución. Sin dar una sola foto, se refirieron a él como un tal Óscar Aponte Antara: un hombre, no una mujer, de veintitantos años, sin familia alguna ni nadie que le llorara. Pues él no tenía amigos; en cambio ella sí, aquellas mujeres de la noche que recordarían su sonrisa y mirarían al cielo nocturno para recordar su nombre. Él nunca se amó; ella se amó a sí misma y a él hasta su último suspiro la noche anterior, aunque fuera una estrella sola caminando en las noches que no tuviera acompañante, solo el vago recuerdo de quien vivía siendo nadie. Él nunca supo de la pasión, pero la pasión era la vida de ella, pues sentía pasión por la vida. Pero en el sepulcro, sin epitafio alguno, diría insípidamente el nombre de él, y Estrella sería olvidada… aunque si es por mí, en realidad no.