Luz de Luna

El friki, la petarda y la cascada (Capítulo 2)

EL FRIKI, LA PETARDA Y LA CASCADA (CAPÍTULO 2)

Raquel bajó del autobús con una expresión que mezclaba desdén y agotamiento. El sol de mediodía le daba directamente en la cara, como si también el clima le recordara que estaba lejos de su mundo. Miró a su alrededor: casas pintorescas, calles limpias y un par de cabras cruzando tranquilamente la carretera. “¿Esto es todo? ¿Esto es Alborada?”, murmuró, ajustándose las gafas de sol mientras hacía un ademán hacia un hombre mayor que saludaba desde el otro lado de la calle.

—¡Prima! —la voz de Javier, siempre cálida y ligeramente burlona, rompió su burbuja de incomodidad.

Raquel giró lentamente, con la postura de una reina que no quiere ser molestada por súbditos, hasta encontrarse con él. Javier seguía igual, pensó, aunque ahora tenía algunas canas en las sienes que lo hacían parecer más responsable de lo que era en realidad.

—Javier. Por fin. ¿Dónde está el coche? —preguntó, tratando de sonar amigable pero con un toque de impaciencia.

Javier soltó una risa corta.

—No hay coche. Está en el taller. Vamos caminando, prima. Además, te vendrá bien para adaptarte al ritmo del pueblo.

Raquel puso los ojos en blanco y recogió su maleta con un leve gruñido.

Mientras caminaban, Raquel empezó a notar pequeños cambios en el pueblo. Ahora había un cine, un centro comercial que, aunque pequeño, se veía moderno, y varios hoteles que no recordaba. Pero el aire rural seguía presente: tractores aparcados frente a casas, gallinas paseando como si fueran ciudadanas de pleno derecho y un olor a campo que ella ya había olvidado.

—¿Y mis tíos? —preguntó de repente.

—Ocupados con el hotel. Por cierto, no podrás quedarte allí. Está lleno. —Javier soltó la bomba con toda la calma del mundo.

—¿Perdón? —Raquel se detuvo en seco.

—Sí, ya sabes cómo es esto. Temporada alta, bodas, turistas que buscan “el encanto rural”. Pero no te preocupes, tengo un amigo que tiene un motel. Muy acogedor.

—¿Un motel? —Raquel lo miró como si hubiera dicho una blasfemia.

—Sí, prima. ¡Bienvenida a Alborada!.

Mientras caminaban, Raquel inspeccionaba los alrededores con la mirada crítica de alguien acostumbrada a los rascacielos y las avenidas congestionadas. Alborada había crecido, eso no podía negarlo. Había un pequeño centro comercial con un cartel que anunciaba un cine, varios hoteles nuevos y hasta un restaurante italiano.

—Mira tú, Javier, tenéis todo un imperio aquí —comentó con sarcasmo.

—Ya ves. Hasta tenemos internet de alta velocidad… bueno, en algunas zonas.

—¡Maravilloso!.

Raquel no dijo nada más, pero su maleta empezó a resonar con más fuerza en el pavimento, como si quisiera expresar su indignación.

El cartel del motel era tan luminoso como anticuado, con un letrero de neón que parpadeaba como si luchara por mantenerse vivo. “Motel El Descanso”, decía, con una ilustración de una luna rodeada de estrellas que parecían más apropiadas para un parque infantil.

Raquel suspiró mientras entraban. Dentro, el lugar olía a una mezcla de limpiador barato y lavanda. El dueño, Felipe, apareció con una bata de baño y una sonrisa tan amplia que casi parecía un dibujo animado.

—¡Bienvenidos al paraíso de la tranquilidad! ¿Buscan una experiencia inolvidable?

Raquel no pudo evitar una mueca.

—Solo busco una cama decente.

—Oh, nuestras camas son tan decentes que querrá comprarse una igual —dijo Felipe, guiñándole un ojo mientras sacaba una llave con un llavero en forma de vaca.

Javier dejó a Raquel en su habitación del segundo piso y, con una palmadita en el hombro, se despidió:

—Si necesitas algo, no dudes en llamar… a Felipe. Yo no estoy disponible las 24 horas, prima.

Raquel cerró la puerta con fuerza, tratando de contener las ganas de gritar.

La habitación era modesta: una cama pequeña, una mesita de noche y un cuadro de girasoles torcido en la pared. “Esto no puede ser peor”, pensó mientras se dejaba caer sobre el colchón.

Se vistió rápido con sus mejores galas, quería impresionar al jefe de la cadena así que se puso un vestido ajustado de color negro, y unos tacones de una marca muy famosa y salió del Motel con toda su energía.

Raquel llegó a las oficinas de Alborada TV con sus tacones resonando en el suelo de azulejos. La cadena local era un desastre encantador. Los muebles parecían rescatados de una venta de garaje, y el logo de la empresa, un sol sonriente, estaba medio despegado de la pared.

El jefe, Fernando, la recibió con un entusiasmo desbordante. Era un hombre bajo, con un bigote que parecía tener vida propia y una energía que rozaba lo absurdo.

—¡Raquel, bienvenida! Necesitamos tu talento y experiencia.

Raquel esbozó una sonrisa triunfante. “Por fin alguien que sabe reconocer mi valor”, pensó.

—Por supuesto, Fernando. ¿Qué tienen preparado para mí?

Fernando le entregó una carpeta con el caso de las gallinas desaparecidas.

—Esto.

Raquel abrió la carpeta y frunció el ceño.

—¿Gallinas?

—Gallinas, sí. Han desaparecido de la casa de Ezequiel. Hay que investigarlo.

Antes de que pudiera protestar, Fernando llamó a David. Cuando Raquel lo vio entrar, su expresión pasó de sorpresa a fastidio.

—Tú otra vez.

—La petarda —dijo David, cruzándose de brazos.

—El friki —respondió Raquel sin perder el ritmo.

Fernando los miró con una sonrisa.

—Genial, ya os conoceís. Eso ahorra tiempo. Aquí tenéis la cámara, no es de última generación, pero funciona. Empezaís mañana.

Raquel y David intentaron replicar, pero Fernando ya los había sacado del despacho.

Después de un enfrentamiento fuera de la cadena, ambos se fueron por caminos separados, ofendidos y con ganas de no volverse a cruzar. Lo que no sabían era que ambos terminarían en el mismo motel. Raquel, en el segundo piso; David, en el primero.




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