UN DÍA EXTRAÑO (CAPÍTULO 4)
Raquel estaba a punto de conseguirlo.
Cinco segundos más. Solo cinco.
Se giró en la cama, se tapó la cabeza con la almohada y pensó, con una convicción casi religiosa, que esta vez sí iba a dormir.
—Por favor… —murmuró—. Solo cinco minutos más.
Entonces ocurrió.
—¡KIKIRIKÍIIII!
Raquel abrió un ojo.
Luego el otro.
Y después los dos a la vez, con una expresión que oscilaba entre el odio puro y el deseo de cometer un crimen rural.
—No… —susurró—. No puedes ser tú otra vez.
El gallo, como si la hubiera oído, volvió a cantar con más fuerza, orgulloso, seguro de sí mismo, convencido de que el mundo entero necesitaba saber que había amanecido.
—¿Pero tú no trabajas? —le gritó Raquel desde la cama—. ¿No tienes un horario? ¿Un sindicato? ¡Algo!
Se levantó de golpe, arrastrando los pies hasta la ventana y la abrió de par en par. Allí estaba el gallo, en medio del corral, mirándola con la cabeza ladeada, como si la estuviera evaluando.
—Escúchame bien, plumífero del demonio —dijo, señalándolo con el dedo—. Esta noche he escuchado lobos. Lobos. Toda la noche. Y ahora vienes tú a rematarme.
El gallo respondió con otro kikirikí aún más desafiante.
Raquel apretó los dientes.
—Ah, vale… así vamos a jugar.
Cogió una zapatilla y la lanzó con todas sus fuerzas. La zapatilla voló majestuosamente… y cayó a un metro del gallo, que ni se inmutó.
—Genial. Fantástico. Encima fallas —se dijo a sí misma.
El gallo dio dos pasos hacia adelante y volvió a cantar, victorioso.
—Te juro que cuando vuelva a ser una persona funcional voy a escribir un reportaje sobre ti —gruñó—. “El ave que destruyó la salud mental de una mujer”.
Cerró la ventana de un portazo y se dejó caer contra la pared, deslizando hasta sentarse en el suelo.
—Esto no es un pueblo —murmuró—. Es una prueba de resistencia.
El gallo volvió a cantar.
Raquel apoyó la cabeza contra la pared, derrotada.
Llamaron a la puerta.
Raquel tardó unos segundos en reaccionar. Estaba sentada en la cama, mirando al vacío, como si su alma hubiera decidido no levantarse todavía.
—Voy… —gruñó.
Se puso de pie, se pasó una mano por el pelo —que estaba en un estado entre “recién despertada” y “sobreviviente de un naufragio”— y caminó hasta la puerta arrastrando los pies. Abrió sin mirar por la mirilla.
David estaba allí, con la cámara colgada al hombro y una expresión extrañamente seria.
Raquel lo miró de arriba abajo.
—¿Qué quieres? —dijo, sin ningún tipo de saludo.
David parpadeó.
—Buenos días para ti también.
—No existen los buenos días —respondió ella—. Solo los días. Y algunos son peores que otros. Habla.
David carraspeó.
—Verás… antes de venir quería comentarte algo. Estaba revisando una de las grabaciones de ayer, la de las gallinas…
Raquel cerró los ojos un segundo.
—No pronuncies esa palabra tan pronto.
—…y he visto algo raro.
Ella los volvió a abrir despacio.
—¿Raro cómo?
—No lo sé exactamente —admitió—. Es solo… una cosa. Muy rápida. Al final del vídeo.
Raquel suspiró largo, apoyó la frente contra el marco de la puerta y murmuró:
—Creo que va a ser un día duro.
David levantó una ceja.
—¿Eso es un sí o un “lárgate”?
—Es un “de acuerdo”, pero no ahora mismo —dijo ella, señalándose a sí misma—. Mírame. ¿Te parece que estoy en condiciones de analizar grabaciones misteriosas?
David la observó con más atención. El pelo revuelto, la cara sin maquillar, ojeras evidentes.
—Estás… diferente —comentó.
—Cuidado —le advirtió Raquel—. Estás pisando terreno peligroso.
—Solo digo que no vas tan glamurosa como siempre.
—Porque no he dormido —replicó ella—. He escuchado lobos toda la noche y un gallo psicópata al amanecer. Así que lo primero que voy a hacer es desayunar. Mucho. Y fuerte.
David asintió.
—Vale, perfecto. Hay varias cafeterías en el centro—
—Ni de broma —lo cortó ella al instante.
—¿Por qué no?
Raquel lo miró con una mezcla de cansancio y desconfianza.
—Porque es temprano, porque no quiero ver gente y porque seguro que ella anda por allí.
David sonrió levemente.
—¿Lucía?
—Exacto. Así que iremos a la cafetería que está a las afueras del pueblo.
—¿La que nadie conoce?
—La misma.
David dudó.
—Está bastante apartada…
—David —dijo Raquel, clavándole la mirada—. O vamos allí, o me quedo aquí y me declaro oficialmente incapaz de ejercer el periodismo hoy.
Él levantó las manos en señal de rendición.
—De acuerdo, de acuerdo. Afueras del pueblo.
Raquel cerró la puerta de golpe.
—Dame cinco minutos.
—¿Cinco?
—O diez. No presiones.
Desde dentro, añadió:
—Y ni se te ocurra volver a mencionar gallinas hasta que tenga café en el cuerpo.
David sonrió para sí mientras se apoyaba en la pared del pasillo.
—Definitivamente va a ser un día interesante.
Raquel caminaba a paso rápido, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la mirada fija al frente.
—Necesito café —dijo con voz ronca—. Mucho café. O una lobotomía. Cualquiera de las dos me sirve.
David caminaba a su lado, cargando la mochila de cámaras.
—No has dormido nada, ¿no?
Raquel soltó una risa seca.
—Lobos aullando toda la noche, un gallo poseído por el demonio al amanecer… y para rematar, tú llamando a mi puerta con “he visto algo raro en una grabación”. Creo que hoy el universo me odia personalmente.
—Podemos ir a una cafetería del centro —propuso David—. Hay varias…
Raquel se detuvo en seco y lo miró como si acabara de sugerir lanzarse por un barranco.
—Ni de broma. Ahí seguro que está Lucía. No pienso enfrentarme a esa mujer antes de un café. No soy suicida.