SIENTE LA NOCHE (Capítulo 5)
David no quería estar allí.
El gallinero quedaba al borde del bosque, donde los árboles empezaban a cerrarse como si quisieran tragarse el camino. Llevaba la mochila colgada al hombro, la cámara preparada y una linterna pequeña que apenas iluminaba lo justo.
—Genial, David. De reportero frustrado a instalador de cámaras para gallinas paranoicas —murmuró.
El dueño del terreno era un hombre grande, manos curtidas y voz de campo. Había insistido en que algo estaba matando sus animales. No zorros. No perros.
“Algo más grande.”
El cámara avanzó entre la maleza y entonces los oyó.
Voces.
Se detuvo.
El dueño del gallinero estaba frente a un joven de pelo oscuro, bien vestido incluso en medio del barro. Demasiado elegante para aquel lugar. Atractivo. Seguro. Con esa sonrisa que no llega a los ojos.
El joven hablaba con calma. Como si estuviera negociando un café y no un terreno.
—Le he dicho que no —gruñó el dueño—. No voy a vender. Ni hoy ni mañana. Y sé perfectamente quién está detrás de todo esto.
El joven inclinó la cabeza, divertido.
—¿Ah, sí?
—Matan mis gallinas, me presionan, me asustan… Pero no me voy a ir. Este terreno es mío.
David dio un paso atrás, intentando no hacer ruido. No quería meterse en líos. Solo cámaras. Solo gallinas.
El joven suspiró.
—Puede decírselo usted mismo.
En ese momento, el sonido de un motor rompió el aire.
Un 4x4 negro se detuvo junto al camino. Cristales tintados. Motor encendido.
Las ventanillas traseras comenzaron a bajar lentamente.
David no veía el interior con claridad. Solo oscuridad. Una silueta apenas distinguible.
El dueño escupió al suelo.
—Cobarde. Sal del coche si tienes algo que decir.
Silencio.
Desde dentro del vehículo, una mano apareció apoyada en el marco de la ventanilla. Elegante. Tranquila.
Un simple gesto con los dedos.
El joven sonrió.
No fue una sonrisa humana.
Los tres hombres que estaban con él —David ni siquiera los había notado antes— dieron un paso al frente.
Y entonces ocurrió.
Un crujido.
Uno.
Luego otro.
Como huesos rompiéndose desde dentro.
La linterna de David tembló.
Las sombras se deformaron bajo la luz del coche. Espaldas que se arqueaban. Mandíbulas que se alargaban. Dedos que se convertían en garras.
La piel parecía estirarse hasta rasgarse.
El dueño retrocedió.
—¿Qué demonios…?
El joven fue el último en transformarse.
Sus ojos cambiaron primero.
Luego la sonrisa se abrió demasiado.
La luz del 4x4 iluminó por completo las figuras ya no humanas.
Bestias enormes.
Pelaje oscuro.
Respiración pesada.
El hombre gritó.
El primer golpe lo lanzó contra la cerca del gallinero. La madera se astilló. Las gallinas empezaron a chillar dentro.
David se quedó paralizado.
No podía moverse.
No podía respirar.
El 4x4 no se movió mientras comenzaba el ataque.
El primer grito del dueño del gallinero se perdió entre los árboles.
El segundo no.
Las garras lo levantaron del suelo.
La madera de la cerca crujió al romperse.
Las gallinas enloquecieron.
Dentro del coche, la silueta no hizo ningún gesto dramático.
Simplemente esperó.
Cuando la sangre empezó a empapar la tierra, la ventanilla subió lentamente.
El motor aceleró.
El 4x4 se alejó por el camino sin prisa.
Como si aquello fuera solo un trámite.
Los otros tres ya habían recuperado forma humana.
Desnudos. Cubiertos de sangre. Respirando fuerte.
Uno escupió al suelo.
—Demasiado fácil.
El joven no respondió.
Seguía en forma de lobo.
Inmóvil.
El hocico alzado.
Olfateando.
Entre el hierro de la sangre y el miedo que aún flotaba en el aire, había algo distinto.
Algo vivo.
Algo oculto.
Un latido.
Rápido. Desordenado.
Giró la cabeza lentamente hacia el bosque.
Allí.
David intentó no moverse.
Intentó no respirar.
Pero el pánico es torpe.
Pisó una rama.
El crujido fue mínimo.
Para un humano, insignificante.
Para un lobo… fue un faro.
Los otros hombres no llegaron a reaccionar.
El joven salió disparado hacia la oscuridad.
Una sombra negra entre los árboles.
David echó a correr.
Las ramas le arañaban la cara. El suelo se hundía bajo sus pasos. El corazón le golpeaba las costillas como si quisiera escapar antes que él.
Entonces algo se cruzó delante.
Un maullido.
El gato de la mujer.
El mismo que siempre rondaba el gallinero.
Estaba allí.
En mitad del bosque.
Mirándolo fijamente.
Volvió a maullar y echó a correr hacia el sendero.
—¿Qué…?
Otro crujido detrás.
Mucho más grande.
El gato se giró, insistente.
David lo siguió sin pensar.
Era absurdo.
Era irracional.
Pero el animal parecía saber por dónde ir.
Un rugido a su espalda.
El lobo lo alcanzó en segundos.
El impacto lo lanzó contra el suelo.
El aire desapareció de sus pulmones.
Intentó arrastrarse, pero el peso cayó sobre él.
Garras hundiéndose en su brazo.
Dolor terrible.
El hocico se acercó a su cuello y lo mordió con fuerza. Esa bestia que era monstruosa estaba intentando desgarrarle el cuello y matarlo.
El gato bufó desde unos metros más allá.
Un sonido pequeño, pero desafiante.
En la distancia, se escuchó un aullido.
El ser paró rápidamente y levantó la cabeza y salió veloz de allí.
El mundo se volvió blanco.
Calor.
Fuego.
David gritó.
El chico estaba en el suelo, sangrando y temblando, en ese instante el gato se acercó
despacio, lo miró y maulló de nuevo, comenzó a caminar el sendero dirección al pueblo.
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Editado: 01.03.2026