Luz donde me perdí

Capítulo 1 “Lápices y personas”

Disfrutando del sonido proveniente de la radio, tamborilo mis pies al ritmo de la música, encantado por las nuevas canciones que me trajo Zilback de la Gran Ciudad.
Llevo tres horas, dibujando en mi habitación, con música explotando mis tímpanos. Me dio un ataque de vigor y comencé a llenar las páginas de mi cuaderno tan rápido como trago chocolates. Me gustaba dibujar personas, hombres, mujeres… el simple hecho de mostrar a alguien haciendo algo, sintiendo algo, me agradaba.
Quería aprovechar ese atisbo de concentración para dibujar todo lo que puediera, antes de mirarlos con cuidado y querer destruirlos.
Me quedan pocas provisiones, pero no quiero interrumpir mi momento especial. La garganta se me seca y el antojo ruge por más azúcar, pero no les haré caso. En vez de eso, seguiré dibujando hasta llenar todos los vacíos del cuaderno.

Irrumpiendo mi soledad y paz, una voz familiar llama la puerta.
—Señor Alistar, es hora de irnos.
Baje la radio y dejé el lápiz sobre la mesa, frustrado.
—Enseguida voy.
Me levanté de mi asiento. Mis guantes.
—Sus compañeros lo esperan en el salón —me informa con esa voz serena y característica que tiene.
Me visto con mi gran saco que llega hasta las rodillas. Siento humedad bajo mis axilas. Trato de calmarme y concentrarme.
Abro la puerta y me adentro al infierno.

—Alistar.
Levanté la cabeza de golpe. Maka estaba frente a mí, intentando llamar mi atención. Tez blanca, cabello castaño, ojos miel. Eso era lo primero que se veía. Detrás de ella, cientos de personas bailaban. La alta sociedad en su máxima expresión. Fruncí el ceño e hice una mueca de queja. Maka arqueó una ceja y descansó ambas manos en sus caderas.
—Vamos Arcade… —insistió con un resoplido. Tiro de la tela de mi saco—. Prometiste que vendrías y pondrías tu mejor cara…
No tenía ganas de mover ni un dedo. Levanté el brazo por detrás de la cabeza y dejé caer la mano en un gesto vago, como si barriera el aire.
—Ya lo sé —afirmé—, pero… —no encontraba las palabras.
—¿”Hoy no es un buen día”? —inquirió, frunciendo el ceño.
Asentí ligeramente. Pidiéndole disculpas con la mirada. Pero como Maka es Maka, no se deja persuadir fácil. Se puso firme y se cruzó de brazos frente a mi.
—Zilback y yo te venimos pidiendo que vengas desde hace mucho tiempo —me recuerda—. Pero es imposible hacerte salir si no le pones algo de voluntad —suspiró y dejó caer sus manos a los costados—. Tienes que soltarte un poco. No tienes opción.
Miré el gran salón con aparente despreocupación. No podía poner un pie ahí. Estaba lleno de gente. ¿Qué se suponía que hiciera?
Mis manos empezaron a moverse solas. Al final, me arrastró hasta el centro del salón.
La presión me cayó encima al instante.
Me di vuelta para buscar a Maka. Quería preguntarle dónde había comida.
¿Maka?
¿Maka…?
¡Maka!
Traté de calmarme. Me había dejado solo. Solo, en medio de la pista de baile, sin nadie a quien aferrarme. Esquivaba parejas con torpeza. ¿Por qué tenían que bailar justo ahora? Me puse de puntillas buscando algún rincón donde esconderme, pero la cantidad de gente no me dejaba ver nada.
Me choqué con una pareja.
Otra me miró mal.
La siguiente se rió de mí.
No iba a chocar una cuarta vez.
Giré sobre mí mismo hacia la derecha, esquivando a dos parejas más, y avancé con cuidado hasta salir de la pista. Me apoyé junto a un gran ventanal.
Respiraba con dificultad, una mano en el pecho. ¿Cómo había terminado acá? Necesitaba salir. Aire. Soledad. Recién había llegado y ya me sentía fatal.
No conocía a nadie. Estaba en un salón enorme, en un castillo, lleno de príncipes, princesas y gente absurdamente rica.
Yo no pertenezco a un lugar así.
Terminé en un balcón, bajo un cielo lleno de luces lejanas. El viento otoñal me golpeaba con fuerza, pero era un golpe suave. Mis mechones blancos bailaban frente a mis ojos, impidiéndome ver con claridad. No los aparté.
Apoyé los antebrazos en la piedra fría y miré el horizonte oscuro.
Quería volver a casa. Estaba exhausto.
Arcade… ¿por qué nunca decís que no?
Ojalá supiera la respuesta.
Me quité los guantes lentamente. Las marcas negras cubrían el dorso de mis manos hasta las muñecas. No eran cicatrices. No eran tatuajes. Eran venas oscuras, retorcidas. La verdad de lo que soy.
Bajé la mirada, avergonzado. Nadie podía verlas. Si lo hacían, todo se rompería.
Pensé en mi padre. Hacía tiempo que no lo veía.
No desde que me abandonó esa tarde.
¿La locura lo habría alcanzado?
Me sentí culpable por pensar así.
Las marcas empezaron a arder. Un ardor leve, constante.
Cerré los puños. Necesitaba distraerme. ¿Habría chocolate en la mesa dulce? Me moría de hambre. Un poco de azúcar no vendría mal. Aunque ya había comido bastante esta semana. Tal vez podía reducirlo.
Decidido.
Iba a buscar un chocolate.
Respiré profundo varias veces. Tenía que volver al salón. Ir a la mesa. Tomar uno. Irme.
Fácil.
Nada complicado.
Respiré una vez más.
Una… dos…
Tres.
—¿Ese es su color de cabello real?

Irru




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.