Alguien me había hablado sin aviso previo. Sin presentaciones. Ni había tenido el descaro de ponerse en mi rango de vista.
Volvi a esconder mis manos en los guantes de cuero. Tragué saliva y me di la vuelta lentamente.
Era una chica de mi edad, llevaba una tiara, por lo que debía ser una princesa. Rubia con ondas extravagantes que caían como cascada sobre su torso. Me miraba con unos ojos cafés grandes y intimidantes. Esperando mi respuesta. Mi reacción.
No sabía el nombre de ninguna princesa.
—Disculpa… no te escuché.
La princesa se rió sin vergüenza alguna. Quedé como un tonto.
—Estaba señalando su cabello —hace un gesto con su cabeza hacia mi—. Usted posee un color extraordinario, caballero.
Le brindé una sonrisa honesta y junté mis manos detrás de mi espalda.
“Extraordinario”. Nunca me habían dicho que mi cabello era “extraordinario”:
—Gracias.. eh.. Princesa..
—Princesa Calipso Russ. Un gusto en conocerlo…
—Arcade Leigh Alistar. Igualmente.
Sus ojos cafés se iluminaron como si hubiesen visto una estrella fugaz. Miré al cielo buscando alguna, pero no enontre nada más que las luces parpadeantes. Hice una reverencia rápida.
—Lo estuve buscando por todo el salón, Arcade Alistar —admitió sin ruedos—. El Principe Zilback me habló mucho de usted. Se ve que son buenos amigos.
¿Zilback habló de mí? Que raro.
Ay no. ¿Dejé esperando a una princesa? Que malos modales que tengo.
—Lo siento mucho Princesa Calipso Russ —mi voz salió débil. Tuve que esforzarme para que sea alcanzable a sus oídos—. No… no sabía que me buscaba.
—Lo sé. Sabía que diría eso.
Se acercó unos pasos a mi. Me quede como una estatua.
Nunca hable con una princesa antes.
Bueno, Maka y Zilback son de la realeza, pero eran como…
Como familia.
Y eso que antes estaba negado a esa posibilidad, ahora parecía la respuesta correcta.
—Me he enterado por ahí… —inquirió, con un tono juguetón que me puso los pelos de punta—, que no disfruta de las fiestas. Eso me sorprende. ¿Cuál es la razón, Arcade?
Ya no usaba mi apellido junto a mi nombre. Sonaba raro en su voz. Extraño. Ajeno.
Un sonido lejano, pero agradable.
Las marcas ya no ardían como antes.
No podía confesarle lo que me causaba atenderlas.
—Prefiero pasar el tiempo en otros lugares sinceramente. Pero no es que odie estar aquí tampoco. —Mentí.
Se quedó pensativa. Mirándome como un acertijo sin resolver.
Sin pedirme permiso, acomodó mi corbata como si fuese algo de todos los días.
¡Quién en su sano juicio hace algo así sin preguntar!
El corazón no latía rápido. Latía fuerte.
—Respóndame algo.
Sali de mi órbita de pensamientos y enfrente su mirada.
Era amenazante. Intimidante. Pero profunda. Me estaba hablando a mi. Le estaba prestando toda su atención a mi.
Por más que no pudiese hacer lo mismo por ella.
—¿Cuál es su postre favorito?
—¿Qué?
—Tu postre favorito —repitió— El mío es el affogato, ese que lleva vainilla… ¡es de otro mundo! —dijo tan entusiasmada que con un leve movimiento, su falda se movió a ambos lados.
Y aqui iba otra vez. Conversaciones muy rápidas para entenderlas.
Su postre favorito… no conozco el affogato. Debe ser algo típico de su reino.
No tengo postre favorito. Realmente solo cómo todo lo que tenga chocolate suave.
Pero también me gustaba demasiado un helado paleta de frutilla popular. Era lo unico de ese sabor que era capaz de digerir.
—Creo que el helado de chocolate.
—Buena elección. El chocolate es de lo mejor, pero la vainilla es simplemente superior a todos los demás sabores.
Estaba de acuerdo. Excepto en la parte donde el vainilla es superior. El chocolate es el ganador.
Silencio.
Incómodo.
La princesa no se movió. Yo tampoco.
¿Qué podia preguntarle? No tenía idea de que estaba de moda en la alta sociedad.
La Princesa Calipso se paso las manos por la falda con delicadeza. Ya no la miraba a los ojos, el suelo era mi mejor compañero.
—Me gustaría conocerlo mejor, Arcade.
¿Conocerme mejor?
Es la primera vez en la vida que me dicen algo asi.
Pero… ¿cómo se conoce mejor a una persona?
—Esta bien.
¿Que respuesta es esa?
Que verguénza.
La princesa se rió. Su cuerpo se encorvó y se tomo el estómago. Se aclaró la garganta tal como una princesa lo haría.
—No se preocupe. Tengo una propuesta para usted, Alistar.
—¿Qué propuesta?
Una mirada fugaz, una emoción tal sutil, que solo alguien como yo podría notar.
Sus labios se curvaron en un sonrisa mas tenue, pasiva. Posó sus manos en su vestido —que es turquesa claro, por cierto— y se alejo en reversa.
—Ya lo verá. Creo que le gustará… Arcade.
Giró su cuerpo y desapareció en el salón.