Me encontraba almorzando con mi “familia”. El Rey Mitsuba había vuelto de su viaje al reino de Sirelle. Por lo que tenía entendido, ahí gobernada su ex amigo, ahora enemigo; Arashina D’Lord Kirmen. Que nombre más largo y raro…
No nos dio muchos detalles. Ya habíamos estado en ese lugar. Prefería no hablar de eso.
A mi lado, se sentaba Zilback, comiendo un pastel de carne con una copa de vino que compartía con su padre. Y frente a él, se encontraba Maka. No se sirvió mucha comida. Una porción de tarta de acelga. Una opción interesante. Aunque no es lo que yo hubiese elegido.
Estaba almorzando un pollo al horno con papas rústicas. Si bien esas no eran mis preferidas, eran digeribles. No podía esperar para subir a mi habitación y terminar el libro que estaba leyendo. Trataba acerca de unos monstruos que quieren ser humanos, y unos humanos que quieren ser monstruos. Lo vi en una estantería escondida de mi librería casual y lo tomé de inmediato. A veces los mejores tesoros no estaban a la vista.
El sonido de los cubiertos marcaba el ritmo del almuerzo. Nadie hablaba demasiado desde el incidente. La normalidad aún era frágil.
—¿Has pensado en retomar la escuela, Arcade? —preguntó el Rey Mitsuba sin levantar la voz.
El trozo de pollo quedó suspendido en mi tenedor.
No otra vez.
Zilback bebió un sorbo de vino antes de intervenir.
—Podría venir con nosotros. La academia no es tan terrible como parece.
Maka no lo miró. Se limpió las comisuras con la servilleta.
—No es lo mismo.
Silencio.
Todos sabíamos qué significaba.
No era príncipe.
El rey dejó los cubiertos.
—No puedo obligarte —dijo con calma—. Pero no puedes quedarte encerrado eternamente. La educación no es solo libros. Es aprender a estar entre otros.
Entre otros.
Las palabras pesaron más de lo que deberían.
Yo ya sabía estar solo.
—Lo pensaré —respondí.
No mentía. Solo evitaba decidir.
Entonces Tolón entró con el sobre.
El cambio en la energía fue inmediato.
—Ha llegado una invitación para usted, señor Arcade.
Zilback dejó escapar una sonrisa mínima. No burlona. Consciente. Fruncí el ceño.
Abrí el sobre.
Silencio expectante.
Leí la firma.
Princesa Calipso Russ.
Levanté la vista.
Zilback ya sabía.
—¿Qué hiciste? —pregunté bajo, pero con filo.
—Nada que no quisieras hacer tú mismo —respondió.
Eso fue más peligroso que una broma.
Maka se inclinó hacia adelante.
—¿Una princesa?
Sentí el calor subir por mi cuello.
No me molestaba que supieran.
Me molestaba que lo vieran.
Me quedé helado.
Hasta el Rey Mitsuba levantó la vista del plato para apreciar mejor la situación.
Zilback era especialista en sacarme de mis casillas. Sentía mis mejillas ardiendo más que mil venas negras que recorrien mi cuerpo. Respiré hondo.
—¿Qué le dijiste, Zilback? —Me levanté de mi asiento, con unos puños cerrados con más fuerza de la necesaria.
—Relájate, no hice nada malo.. —se apresuró a decir— ¿Y? ¿Cuando la verás?
—¡¿Hablaste con una princesa?! —gritó Maka tan alto de la emoción que tapo su boca al instante.
Demasiado tarde.
Estoy seguro de que podían ver mi incomodidad. Mis nervios.
El próximo lunes al atardecer.
La frase me atravesó por la mente otra vez, pero no fui capaz de decirla en voz alta.
—No solo eso —añadió Zilback con calma irritante—. También volverá a verla en estos días.
Maka dio un pequeño salto en la silla.
—¡No puede ser! ¿Qué princesa es? —ahogó otro grito y frunció el ceño—. No será Nierale, ¿verdad?
—Jamás —respondió Zilback—. Es alguien más de su propia sintonía.
Mi mandibula se tensó.
—¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? —insistió Maka. Cada repetición golpeándome la cabeza como un martillo.
Antes de que Zilback abriera la boca, lo detuve.
—No necesito tu ayuda para conocer personas, Zilback.
La mesa quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Mitsuba bajó la mirada hacia su plato.
Detesto que se metan en mi vida.
—Arcade. no es algo malo… —intentó suavizar Maka—. Solo pensamos que deberías hablar con más personas…
—Hablo con muchas personas —repliqué.
Muy a la defensiva.
Zilback apoyó una mano en mi hombro.
Lo fulminé con la mirada.
—Tranquilízate —dijo—. Nadie está diciendo que no puedas hacerlo solo.
Eso era casi peor.
Escondí el enojo bajo la piel, dentro de mis huesos.
Y asentí.
Me encerré en mi habitación. No quería… si. Si quería. Quería verla. Conocerla. Quería saber más de ella. Tengo que estar presentable. Dar mi mejor cara. Mi mejor atuendo.
Mejor sería ir más relajado. No tan arreglado… pero tal vez piense que no es lo suficientemente importante como para preocuparme por mi apariencia. La princesa es sumamente importante. No había forma que le muestre lo contrario.
Luego de un viaje medianamente largo, entré al castillo y esperé a la Princesa Calipso con una gran ansiedad que consumía mi cuerpo. Jugaba con mis manos, o más bien, las apretaba. Necesitaba sentir algo que me llegase a molestar para distraerme de los nervios. El dolor de la fuerza de mis manos era temporal, Si estuviera sentado, podría mover la pierna. Pero estoy parado, no es cómodo. Diez minutos. Diez minutos tardó la Princesa Calipso aparecer en el salón con uno de sus muchos vestidos. A la princesa todo le quedaba bien, de eso estaba seguro por la belleza que posee. Llevaba un vestido azul pastel largo. El ajustado corsé marcaba su cintura, decorado con bordados y pequeñas cuentas que le daban un toque sutil. Los hombros los llevaba al descubierto, ¿no tendrá frío? estaban sostenidos por finos volantes de gasa. Desde su cintura, caían capas de tul, algunas asimétricas. Un vestido bastante llamativo por supuesto, pero elegante. Note que no llevaba su tiara.
—Lamento haberle hecho esperar, Alistar. Pero ser una princesa es un trabajo de tiempo completo.
Se acercaba cada vez más a mi, que llevaba mi camisa blanca con un chaleco negro bajo mi saco. No llevaba corbata. Tal vez debería haberme puesto una. Otra vez, esquivando el contacto visual a medida que ella se acercaba.
—Su tiara… —Se me escapó sin intención.
La Princesa Calipso sonrió y soltó una risita.
—Solo la llevo en ocasiones reales —comentó con una sonrisa—. Es preciosa, pero no necesito una corona para recordarle quién soy. ¿No lo creés?
Tenía sentido. Bastante a mi parecer. Aunque una tiara hubiera dado un toque al conjunto. ¿Pero quién soy yo para juzgar? Aunque ya no sabía qué más decir. Tenía que pensar en algo rápido.
—Veo que es un chico de pocas palabras, Alistar —reconoció. Me encogí de hombros, avergonzado—. Pero eso no será un obstáculo. Menos para mí.
—Princesa Calip…
Me interrumpió de inmediato.
—Con solo Princesa es más que suficiente.
—Como usted dicte, Princesa.
La Princesa suspiró.
Aunque todo fue parte de una actuación, por supuesto.
Idiota.
Me mostró una mirada de satisfacción y nos dirigimos a unas largas escaleras de mármol. Según la Princesa, iríamos a conversar en un lugar más tranquilo. El castillo era tremendo, elegante e inmenso. El blanco, dorado y crema predominaban en la paleta de colores. Todo me pareció demasiado claro, estaba seguro que mi cabello estaba resplandeciendo de tanta luz. Eso podría ser peligroso…
Seguimos caminando, alrededor de unos guardias reales —con armaduras doradas, por supuesto—, que intimidaban bastante.
Sin darme cuenta, llegamos a lo que sería nuestro destino. Una puerta vieja de madera cerrada yacía frente a nosotros. Dos doncellas a ambos extremos de esta esperaban para abrirla. Al ver a la princesa acercarse, una de ellas permitió el paso dentro de la pequeña sala.
Podía sentir unas miradas juzgadoras de parte de esas doncellas.
Ignore mis pensamientos y me adentre a la sala junto a la princesa y sus guardias.
La puerta se cerró detrás de nosotros. El sonido fuerte se sintió intencional. O tal vez yo estaba alucinando.
La sala era más pequeña que el salón principal. Sin ventanas. Una sola vela encendida. Una mesa de té y dos sillas acompañantes.
La Princesa caminó hasta la mesa, pero no se sentó de inmediato. Pasó la mano por el respaldo de una de las sillas en su lugar.
Parecía necesitar conectar con algo antes de comenzar.
—Agradezco que haya aceptado la invitación.
Me senté. No sabía dónde poner las manos, así que las dejé sobre las rodillas.
Finalmente, se acomodó frente a mí. Y en ese momento, pude sentir como algo cambió. No en su expresión. Era su postura. Espalda recta, mentón ligeramente elevado y la mirada fija.
La escena había tenido un cambio significante.
—Lo que diré a continuación no saldrá de esta sala. —empezó.
Sentí el impulso inmediato de asentir. Estaba acorralado.
Entrelazó las manos bajo su mentón.
—Mi padre planea desposarme.
¿Eso era algo bueno, no? todas las mujeres de la alta sociedad esperan con ansías desposarse. No termino de entender el problema.
A simple vista, concluí que lo dijo con mucha calma.
Pero al segundo, noté que sus dedos estaban tensos.
—¿Y yo qué…? —empecé.
Ella me miró como si ya supiera lo que diria.
—Necesito tiempo.
No desvío la mirada.
—Y necesito alguien que me lo dé.
Eso me tensó más que cualquier amenaza.
No puedo darle lo que busca.
—Me temo que no soy diplomático…
—Lo sé. —respondió con rapidez— Precisamente por eso funcionaría.
Tragué saliva.
—Parece buscar a alguien que le sea de utilidad.
Esperé a que se ofendiera con mi comentario. Pero no lo hizo. Inlahó despacio y negó con la cabeza.
—Busco a un aliado.
Esa palabra me dejó una sensación extraña. No era una herramienta, tampoco una amistad. No era nada más que…
Un servidor.
La idea no me sentó bien.
—Sargo controla rutas de comercio e información —continúo—. Si alguien se mueve entre reinos, deja rastro.
Mi pecho se cerró.
No dijo “hermana”.
No hizo falta.
—Me ha investigado… —la acusé, casi en un susurro.
Vi un margen de duda en su expresión.
Fue mínimo.
Pero lo vi.
—Investigo sobre todo lo que entra a mi reino —respondió.
Asi que su actitud en el balcón solo fue una farsa.
No fue nada “especial”.
Estaba todo planeado.
Pero supongo que es inevitable pensarlo cuando no se interesan en ti en lo absoluto.
—Si aceptas ser mi guardaespaldas oficial —siguió—, tendré un motivo legítimo para mantenerse cerca. Y acceso formal para movilizar recursos.
Su voz era estable.
Pero sus manos ya no estaban tan firmes.
—No puedo prometer que volverá —añadió—. Pero haré mi esfuerzo en descubrir algo.
Ahí estaba.
La apuñalada de la realidad.
—¿Y qué gana usted con todo esto? —pregunté, desconfiado.
Sus labios se curvaron apenas.
No llego a ser una sonrisa.
—Vivir un poco antes de que decidan mi vida por mí.
El cansancio se notaba en su voz.
Silencio.
Podía levantarme de la silla e irme.
Podía decir que esto me superaba y no cumplía con los requisitos.
Pero si decía que no, también rechazaba la única oportunidad de llegar a verla de nuevo.
—¿Que pasará si no funciona?
Esta vez si tardó en responder.
—Entonces al menos lo intentamos.
Suspiré.
No me gustan los cambios. Ni las multitudes. Ni sentirme en el blanco de todos.
Pero menos me gustaría morir sin haber intentado nada por ella.
—Está bien —dije finalmente—. Acepto.
Ella exhaló.
Sus hombros se relajaron.
Ahí fue cuando terminó de convencerme.