En mi primera noche como guardia personal de la Princesa Calipso, casi que no voy. Sudaba a mares, mi cabello se veía mal sin importar cuánto me esforzara en arreglarlo. Las manos me hervían por culpa de los guantes, la corbata me asfixiaba y la respiración se me descontrolaba.
Si bien me esforzaba para verme bien, no había forma. Me sentía patétitco, humillante, tonto… todos los adjetivos que se asocien a esta mortificación.
Tenia que asistir. Me había comprometido. Pero simplemente no podía salir de mi cuarto. Sacaba la cabeza por la ventana, la cerraba, ponía música en la radio y cambiaba la canción constantemente. Nada me aliviaba. Tenía que salir en cinco minutos pero yo seguía encerrado en mi cueva.
Trate de racionalizar lo que me estaba pasando.
Uno: tenia que presentarme en una fiesta.
Dos: soy el guardaespaldas de la princesa.
Tres: si no salgo ahora, llegaré tarde.
¡Todo esto me supera!
Tengo que salir. Me pongo de pie frente a la puerta, estiro la mano hacia el picaporte y afrentar la realidad…
Imposible.
No puedo hacer esto. No estoy preparado.
No tengo ni idea de que hacer, No se pelear, no se como intervenir, ni cómo siquiera vivir. Todo esto me da una pinta malísima. Y todo porque no se decir que no.
Tal vez si nunca hubiera asistido a esa estúpida fiesta, nada de esto hubiera ocurrido, y yo estaría felizmente encerrado sin preocupaciones. Yo mismo me condeno por cosas asi de tontas… teniendo que hacer algo sumamente importante que para colmo no tengo ni un pico de experiencia.
Súbitamente, la puerta se abrió con tal fuerza que pareció un estallido. Zilback, con la respiración agitada y el pelo alborotado, me observó fijamente con los ojos como platos. Analizo toda la escena de mi desastre: el cuarto hecho patas arriba, mi pelo desastroso, la radio transmitiendo “Tearin’ Up My Heart” de NSYNC con el estribillo a pleno volumen.
Vaya.
Zilback abrió la boca, la cerró, y decidió no decir nada.
Agradecido y odiando a la vez el gesto, el silencio invadió mis entrañas.
—Ya es hora de irnos, chico.
—Si… ya voy.
Se pasó una mano por la nuca, todavía en silencio. Dio un último vistazo a la escena y sacudió la cabeza. Cerró la puerta detrás de mí y me dejo solo con mi vergüenza.
Bajando las escaleras con una rapidez descomunal que casi me tropiezo, encuentro a Zilback caminando de un lado a otro en la puerta principal, ansioso.
En cuánto me mira, su ceño se frunze con determinación y me señala:
—¡Apúrate que llegamos tarde! —gritó, se alboroto el cabello y volvió a mirarme— ¿Y?
—¡Estoy yendo! Dios…
Sin aire, llegue a su par. Sin siquiera dirigirme la mirada, me tomo por la nuca y me metió al auto. Continuamente, se sentó a mi lado y ambos exhalamos una inmensa cantidad de aire.
—¿Ese era el casete de Maka?
Trate de procesar lo que me dijo, pero estaba demasiado acelerado como para poder hacerlo. Confundido, lo mire nuevamente.
—¿Qué?
—It’s tearing up my heart when im with yooouuuu…
—No. Callate ahora mismo.
—¡But when we are apart I feel it too! —Sin piedad, comenzó a cantar la canción a cuatro vientos. Hice mi esfuerzo por ignorarlo, pero simplemente no pude.
—¡Si!
—¿Si que?
—Es el casete de Maka.
—Lo sabía —soltó un bufido, que siguió con una carcajada— ¡Lo sabía!
—Por favor Zilback, te lo suplico. No le cuentes a Maka —le rogué con todas mis fuerzas.
—Si.. si… por supuesto. Tu secreto esta a salvo conmigo.
—¡Zilback! ¡Te hablo en serio carajo! —golpé mis piernas con las manos, acentuando la seriedad de mis plegarias.
—Entiendo que tengas una inclinación hacia el pop prefabricado, no te preocupes hermanito, yo te protegeré de los bravucones.
—Voy a matarte —declaré mostrandole el dedo corazón— juro que te mataré.
—Quererte no tiene precio, mi pequeño —tomó aire y paso un brazo por encima de mis hombros acercandome a él— ¡Esos bullys no te tocarán nunca más!
—Vaya, gracias. Gran y queridisimo preciado hermano mayor.
Alborotando aún más el cabello, me sonrió con gracia.
—No hay de que. Siempre es un placer ayu…
—¡Ya basta Zilback! —me zafe de su agarre y me crucé de hombros, molesto.
—Estamos sensibles hoy.
Lo juzgué con la mirada, totalmente indignado. Revolie mi mano en el aire y opte por ignorarlo el resto del viaje.
Finalmente, o mejor dicho, desgraciadamente, habíamos llegado a nuestro horrible destino. Me repetía a mi mismo que solo tenía que poner mi mejor cara de pocos amigos y asentir a todo. Pero no quería entrar. No quería tener nada que ver con ese lugar. Culpe a Zilback una incontable cantidad de veces las últimas veinticuatro horas sin descanso, a sabiendas que me condene yo solito, y no él.
—Suerte en tu primer día de trabajo, hermanito —me deseó dandome unas palmaditas en el hombro como apoyo.
—Primer día de condena en el infierno, querrás decir —Suspire entrecortadamente y me giré a ver a mi mejor amigo— Zilback por favor, sacame de aqui…
Abrió la boca para decir alguna estupidez, pero la cerró en cuanto unas voces llamaron la atención, demandando que entremos de una vez. Solté unos insultos por lo bajo, despedimos al chofer y entramos.
Pocos segundos después de haber entrado, me separe de Zilback para ir a buscar a la princesa. O mejor dicho, esperarla lo que sería para mi, una inmensa eternidad fuera de sus aposentos.
“Aposentos…” que palabra más refinada. Suena inteligente e importante.
Venia llevandolo bien, hasta que un ardor insoportable en mis manos amenazó con matarme.
Justo ahora no. ¡No puede pasar esto ahora!
Hice mi mayor esfuerzo por concentrarme, pensar en cosas bonitas, flores, chocolates, atardeceres, nieve… nada de eso funcionaba. Es más, lo empeoraba. Mi mente reemplazaba rápidamente esas imagénes alegres por grotescos desenlaces y recuerdos horrorizantes.
Atardeceres, lecciones con mi padre.
Chocolates, ayuno doloroso.
Nieve, mi madre volviendose un fantasma.
Flores, Diya siendo una falla.
Y todo volvió de golpe.
El calor, entrar por esa bendita puerta, mi padre y su estúpido maletín lleno de dinero, la discusión, el golpe y el ruido de las llaves.
Mis manos temblaban, haciendo más que evidente que me pasaba algo. Pero nada fue peor que cuando decidí elevar la mirada hacia las inmensas escaleras cerca mío. El recuerdo de todas las personas bailando, comiendo y charlando, me aterraba. En cuánto bajase, verían el estado deplorable en el que me encontraba y me criticarían toda la noche, manchando la reputación de la princesa.
La música paro, un zumbido intolerante se coló por mis oídos, el calor invadió mi cuerpo ocasionando que sude como un helado derritiendose, los guantes exigían escapar de mis manos y mostrarle a todo el mundo la vergüenza que soy. Un monstruo horrible que merece el destino de la muer…
Fue ahi que una puerta se abrió a unos diez pasos de distancia a mi izquierda. Me recompuse de inmediato, fingiendo que no estaba a punto de hacerme un ovillo y llorar. Unas doncellas, acompañadas de mucamas salieron en fila de la habitación, esperando pacientemente a la estrella principal con una sonrisa serena en sus rostros. Al poco tiempo, una figura dorada, totalmente impecable, fugaz y con una presencia gigante, se coló en mi campo de visión.
“La Princesa Calipso” me recordé.
Con un vestido deslumbrante color bígaro, delicado y brillante, como si flotara alrededor de ella, unas capas como pétalos translúcidos que se funden con la falda de manera angelical…
Quede hipnotizado al verla.
En cuanto me vio, su sonrisa se ensancho de una manera que puedo jurar que el corazón se me paro en ese instante. Toda la ansiedad, miedo y vergüenza habían desaparecido por completo. Cada paso que daba me daba ráfagas de electricidad que corrían sobre mi piel de forma involuntaria.
Tratando de no quedar como idiota, hice un esfuerzo por sonar civilizado.
—Buenas noches… Princesa.
—Buenas noches, Alistar. Veo que te haz arreglado —notó dandome un vistazo rápido. Me quede atónito.
—Podría decirse. Usted esta… eh… —tragué saliva y mire hacia todas las direcciones, evitando sus ojos—deslumbrante.
—Gracias, Arcade. Vamos a esa grandiosa fiesta.
Asentí y dimos unos pasos hasta las escaleras. En cuanto la princesa puso un pie sobre ellas, la multitud giró sus cabezas hacia ella, admirandola y haciendo espacio al bajar. Era impresionante. Como una sola persona pudiera acaparar toda la atención tan de repente… me fascinaba y aterraba. Me conforme con mirar el suelo mientras descendía. No era capaz de enfrentarme a esa multitud de ojos expectantes. En cuanto estuvimos en el salón, rodeados de millones de invitados ricachones y totalmente superiores, venia mi momento de actuar.
Puse mi mejor cara de pocos amigos y decidí mirar a todos a la frente. No podía decepcionar a la princesa.
No me iban a comer vivo.
Probablemente…