Luz donde me perdí

Capítulo 7 "Pruebas y verdades que duelen"

La princesa Calipso se sentó en su trono sofisticado, y yo, al ser completamente nuevo en la “familia real”, debía presentarme.
No sabía muy bien cómo. Habían muchisimas personas. Me situaba en una fila sobre una alfombra roja tradicional y larga. Poco a poco, ciertas personas se inclinan ante el rey y reina y tienen una corta conversación. Algunos se presentan como nuevos trabajadores, otros son guardias informantes, algun civil con muchas preguntas, etc…
Y luego estaba yo. Un guardaespaldas sin experiencia en absolutamente nada.
No tengo idea de cómo voy a sobrevivir ese encuentro…
Cuánto más me acerco, mejor puedo observar a la familia real.
Esta el Rey Triam, un sujeto alrededor de los cuarenta y algo, barba incipiente, un cabello dorado pero con algunas canas y arrugas en la piel. Tiene aspecto intimidante pero a la vez es muy… ¿simpático?
A su lado, reside la Reina Yulia. Una mujer en los mismos años que su marido, pero son muy diferentes. Ella se ve más sofisticada, castaña de ojos como el cielo, labios como el vino y una mandibula filosa. No sonríe. No habla. Es todo lo contrario a su marido. Sin duda me da más miedo que él.
Y la princesa Calipso.
La bendita princesa que se las arregló para convencerme de que todo este rollo era una idea fenomenal.
Saludaba y hablaba de vez en cuando. Pese a sus sonrisas entusiastas, la notaba bastante tensa y que observaba a muchas direcciones.
El aura del lugar es muy extraña.
Y asi, de tanto observar, termine segundo en la fila.
Un guardia que informaba acerca de unos disturbios en…
Deje de escuchar. Tenia que planear algo. Tenía que deslumbrarme, verme seguro, que merezco este puesto.
No puedo fallar.
Mis ojos corrieron hacia ella y sus ojos cafés.
Me sonrió entusiasmadamente.
Suspiré.
No puedo decepcionarla.
Puse mi mejor fuerza de voluntad sobre todo mi cuerpo, y me preparé.
El guardia se fue. Yo di tres pasos al frente.
El rey me observó detenidamente. Sentí que su mirada era capaz de ver a través de mi piel y descubrir todos mis secretos.
—He oído que eres el guardaespaldas elegido repentinamente por mi hija. —Acentó la palabra repentinamente junto un elevo en sus cejas.
—Así es, majestad —admití, con el corazón en la garganta—. Mi nombre es Arcade Leigh Alistar. Es un honor cuidar de la princesa.
En cuánto me presenté, algo cambió en su mirada que me dió escalofríos. No fue un mal gesto, ni un alpiste de enojo, sino que todo lo contrario.
Sonrió de una manera que solo me decía algo muy claro.
Esto es peligroso.
La reina por fin dirigió sus ojos hacia mi. No sabría decir si es algo bueno o malo.
No entendía nada, ¿que pasaba?
—¿Que edad tienes muchacho? —preguntó el rey, cada segundo más fascinado.
Dieciseis años.
—Tengo dieciocho años, su majestad. —mentí descaradamente.
—-Interesante… —dijo por lo bajo—. ¿Tienes experiencia en este trabajo? ¿Entiendes tu rol?
Me tomé unos segundos para responder.
Uno, dos…
—Sé perfectamente cuál es mi deber, su majestad —aseguré—. Respeto a mi experiencia, podría decirse que me estoy familiarizando.
Acarició su corta barba con aire de superioridad.
La princesa Calipso miraba a su padre expectante.
Su mujer se aburría de toda la conservación.
—Esta bien, muchacho —volví a respirar, aliviado—. En cuanto la actitud impulsiva de mi hija, eso lo hablaremos luego.
La princesa se tensó de hombros, sin dejar de sonreír.
Unos guardias me indicaron que podía retirarme de la alfombra. Me paré y me dirigi a un metro del trono de la princesa.
¡Le acabo de mentir al rey en su propia cara!
Oh por dios.
¿Que he hecho?
Ojalá y no me descubran…
Tomé unas bocanadas de aire para calmar los ardores en mis manos.
Apenas vuelva al castillo, iba a vomitar.

Las horas de la fiesta pasaron más lento de lo que creí.
Pase cada minuto vigilando a la princesa, cuidando sus espaldas, fiandome de su extraña familia, picoteando chocolates pequeños hasta quedar nauseabundo y lleno. La princesa resplandecía a todos con su personalidad, parecía tan llena de vida…
Me encantaría poder ser alguien así.
Afortunadamente, ya era la hora de irme.
La escolte hasta sus aposentos, en silencio.
—Nos vemos en su próximo evento, princesa. —me incliné.
—¡Espere! —exclamó.
Levanté la cabeza. ¿Pasó algo?
Tragué saliva.
—¿Sucede algo, princesa?
—Quería felicitarte por ganarte a mi padre —confesó, ensanchando su sonrisa—, le haz causado una euforia.
Un calor subió a mis mejillas. No sabía cómo responder. Entrelace mis manos y comencé a jugar con ellas.
—Gracias, princesa…
Trate de mirarla a los ojos. No pude.
Un silencio un poco más largo se produció en el aire.
—Nos vemos, Alistar.
—Descanse, princesa —dije mientras su cuerpo desaparecía junto unas mucamas de mayor edad.
Bajé las escaleras a paso airado, tratando de contener mis emociones.
Más le vale a la princesa dormir de maravilla esta noche. Porque claramente eso es lo último que haré hoy.
Escoltado por unos guardias, abandoné el castillo extravagante.
Mañana será un nuevo día. Mañana será un buen día.
Puedo recomponerme antes de volver a trabajar. Si.
Eso creo.

La noche estaba llegando al reino acompañada de una capa de frío inocente, hasta que te das cuenta que vas muy mal abrigado.
Me sentía exhausto, casi sin energías. Pero aún tenía un asunto pendiente.
Maka.
Fui recorriendo sus lugares habituales hasta dar con uno de ellos. La cocina. Tenía una rara afición a ella. A veces prepara postres simples, pero creo que podría ser una gran cocinera si se lo propusiera.
Se encontraba leyendo un libro, de recetas seguramente, sentada sobre un taburete viejo de roble. Di unos pasos hacia ella, con cautela.
—Buen día, Maka —intenté saludarla amablemente.
Me ignoró.
Suspiré y me gire para verla mejor.
Tenía el ceño super fruncido. Mierda.
—¿Vas a explicarme por qué estas tan molesta conmigo? —reproché, sin apartar la mirada.
Nada. Puro silencio.
Maka era una genia en lo que sacarme de mis casillas se refiere. Odio cuando las personas no me explican exactamente las cosas. Solo me hace sentir un tonto que se arrastra por ellos.
Pero no puedo dejarme flaquear por Maka. Es menor que yo. He de dar el ejemplo.
—Si te hice sentir mal…
Echó un vistazo rápido.
Me senté a su lado en el viejo taburete. Di unas palmadas rítmicas sobre la mesa para esconder mis nervios.
—Sería más fácil disculparme si me dijeras que hice mal exactamente, ¿sabes? —inquirí con ironía.
Resopló. Irritada, hizo ademán de retirarse de la mesa. La tome del brazo y detuve su paso.
Estaba perdiendo los estribos.
—Makarena Ishwu Norewase…
Gruñó y golpeó la mesa con ambos puños. Su impulsividad me tomó por sorpresa y me sobresalte. Giró su cabeza y me fulminó con la mirada, se veía tanto odio en sus ojos que puedo jurar que aquella niña me quiere matar.
—¡Tu nunca entiendes nada, Arcade! —rugió, con la voz quebrada y aguda— ¡eres un traidor!
—¡Explicame entonces! —espeté, furioso—. No soy un sirviente tuyo.
Se llevo una mano al pecho, boquiabierta.
Me arrepentí al instante de mis palabras, pero sabía que si seguía siendo amable, nomas terminaría peor.
—Te detesto. Eres un estúpido.
—Que mal porque este estúpído no dejara de molestarte hastas que me hables, zopenca.
—No eres mi hermano.
—Lo sé.
—Y yo tampoco soy tu hermana.
Puñal, bala, flecha, todos directos a mi corazón. No porque Maka me hubiera dicho algo lógico, sino que habló de ella.
Las marcas que corren por mis venas exigen, arden y me matan por dentro. Flácido, totalmente fuera de mi mismo, respiro y ordeno… respiro y pienso… respiro e ignoro…
No puedo derrumbarme.
—Aún así, vivo contigo y tu hermano hace casi un año —refuté—, por lo que son como una especie de familia para mi… extrañamente.
Pasó un largo silencio hasta que volviera a hablar.
Me acomodé en mi asiento, incómodo.
—Ella no es una buena persona —confesó.
—¿Quién? —pregunté, entrecerrando los ojos.
Un segundo…
Dos segundos…
Me miro a los ojos, llenos de miedo y duda.
Suspiró.
—La Princesa Calipso.




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