Hoy nadie me despierta lanzandome agua a la cara, por lo que me quedo bastante tiempo acostado. Trato de volver a dormir, miro al techo, me hago un ovillo, me estiro y suspiro. Ayer caí muerto sobre la cama, ocasionando que me duerma sin cambiarme. Estaba moribundo, sudado y con hambre, pero no sentía la motivación para nada. Solo un vacío interminable. Pienso en Maka, en lo que me confesó ayer y cómo acabé en un problema. Pienso en el emblema al fondo del cajón, que embriaga mis sentidos de curiosidad. ¿La doncella estará buscando el emblema? ¿será siquiera suyo? tenía muchas preguntas y pocas respuestas.
Cuando por fin consigo levantarme, el cambio repentino de orientación me genera un mareo que penetra mi cabeza con dureza. Cierro los ojos con fuerza, esforzandome para ignorar los efectos de este. Despabilado, chequeo mis manos enguantadas. Si el invierno no llega rápido, la gente comenzará a preguntarme por que siempre llevo guantes. A veces, en los días mas calurosos, es casi imposible llevarlos. Es una verdadera batalla. Pero si alguien, aunque sea una sola persona, viera el fenómeno que soy, definitivamente me condenaría para siempre.
Me los quito lentamente, con mucho cuidado y temor. No veo que se hayan expandido mucho. Siguen siendo solo venas negras. Lo normal. Siguen en ese estado desde hace años. Irónicamente, estuve manteniendo a raya la impureza desde entonces.
Despeino con fulgor mi cabello, lleno de ansiedad y necesidad. Golpeó mis manos repetidas veces, camino en círculos viciosos, respiro pero el oxígeno no llega a mis pulmones. Arden con tanta furia que me llaman, me dicen cosas horribles, me dicen la verdad. Pienso en ese día. El día que llegué tarde y cambió mi vida para siempre. Tuve que haber sido yo. No ella.
En medio del océano, se asoma una isla llena de sol, plantas y un príncipe que envaina su espada, atacando al aire. Observo detenidamente sus movimientos mientras el agua se va por el drenaje. Eventualmente consigo respirar. Abro la ventana y dejo que el aire del mediodía se impregne dentro de mi ser.
Mi mente se despeja y se deja llevar. Mi estómago ruge sin dudar, exigiendo que ingiera algo. Pero mi corazón tiene la sensación de querer intentar algo nuevo. Algo distinto. Algo útil.
Me visto como siempre, tapando todo lo que odio. Me pongo mis botas, escondo lo malo dentro de los guantes y bajo las escaleras.
No limpio nada.
Afuera hace muchisimo calor. No tarda en abrirse paso bajo mi piel y dejar ver el sudor. Zilback esta entrenando con un maniquí de prueba hecho de madera bastante desgastado. Reside con unos pantalones anchos de lino oscuros, a juego de una remera suelta blanca, algo manchada de tierra y claramente vieja. Es algo gracioso ver a la realeza inalcanzable usar la misma ropa que un campesino.
La espada parecía una extensión de su brazo. No buscaba fuerza, sino precisión. Zilback es uno de los mejores espadachines entre su clase, sin embargo, por lo que oí, uno de los hijos del Rey Arashina D´Lord Kirmen lo supera por poco. Desde el incidente hace cuatro años atras, juró ser el mejor espadachín para proteger a Maka. Y ahora, lo esta cumpliendo.
Ajustó el agarre sin mirar la empuñadura, dió una fuerte exhalación y se abalanzó hacia delante sin piedad. El primer golpe fue seco, preciso. Directo al cuello del pobre hombre de madera. El segundo fue más al diagonal, apuntando hacia el costado del torso. Seria incorrecto decir que daba cada golpe con furia. Cada vez que se movía, lo hacia con una elegancia digna de admirar, como si bailara sobre el césped. Era un prodigio con todas las letras.
Al darse cuenta que lo observaba, envaino su espada y se acercó a mi con una sancha sonrisa. Habrá estado entrenando desde el amanecer, ya que se lo veía cansado.
—Buenos días, dormilón.
—Hola, Zil —saludé por lo bajo.
—¿Que te trae por aquí afuera? —preguntó con las manos en la caderas—. He de ser un milagro verte al aire libre.
La verdad que si. Era bastante extraño. Nunca salgo afuera. Menos con este calor.
Pero ahora tengo un trabajo, y tengo que hacerlo bien. Nunca se sabe cuando podrían atacar a la Princesa.
Sea buena persona o no, es mi deber como guardaespaldas.
—Necesito ayuda… —dije tímidamente, con la cabeza gacha.
—¿Disculpa qué dijiste? —dijo con tono burlón, con la mano en la oreja, a modo de escucha.
—Necesito que me ayudes…
—¿Cómo? Espera, no te escucho bien hermano, dilo más alto.
—¡Que me ayudes a entrenar! —exclamé con todas mis fuerzas.
—Ay por supuesto, hermano de otra madre —respondió con entusiasmo, pasando un brazo sobre mis hombros—. He esperado este día por años, décadas, siglos… ¡y ha llegado por fin!
Puse los ojos en blanco, golpeandole el costado.
—No seas exagerado… ahora tengo trabajo.
—¿Ya no puedes holgazanear, eh? —dijo mientras me llevaba hacia el maniquí.
—Por tu culpa. —espeté.
—Oh no. De eso nada. —contradijo— Tu te metiste solito por esos prados hermanito, yo solo despejé el camino.
—Si claro.
Zilback me suelta para desenvainar su espada. Es una grandiosa espada. Tiene unos detalles increíbles en la empuñadura, parece sacada de un cuento de hadas. Llena de toques elegantes, dignos de un príncipe. Me fascinaría tener algo así.
—Quítate los guantes —ordenó. Me quedé flácido de solo escucharlo—, será más cómodo.
—No… yo… —balbuceé, nervioso—. Estoy bien.
Me miró confundido, pero no siguió insistiendo.
Al no poseer ninguna habilidad previa con las espadas, soy un completo desastre en lo que pelear se respecta. La espada me pesaba, llegaba a tambalearse y la sentía extraña entre mis manos. Como si fuese ajena. Sin embargo, Zilback estuvo allí para corregirme de todos mis errores de principiante.
—Como primer consejo, no te centres en la espada —dijo señalando al hablar—, céntrate en tu enemigo. Imagina que es alguien que te caiga mal.
Es dífcil no pensar en la espada cuando literalmente siento como su peso le pasará factura a mis pobres muñecas de artista. Hago mis mayores esfuerzos para pensar en mi padre ese día.
Mi cuerpo se tensó en una velocidad inigualable. Su rostro que solo mostraba las consecuencias de su poder, el maletín, las llaves…
—Ey, no la sostengas asi.
Me señaló los dedos sin tocarme, y aun así sentí que me había corregido todo el brazo. Ajusté el agarre. Demasiado fuerte. Lo solté un poco. Demasiado flojo.
Zilback suspiró por la nariz.
—Si le tienes miedo a la espada, entonces no te va a acompañar. -–explicó— Piensa que es una extensión de tu cuerpo. Son un equipo. Tienen que apoyarse mutuamente.
—¿Seguro que no es por que le caiga mal a tu espada? Parece odiarme.
Zilback se rió y sacudió la cabeza.
—Para nada. Eres tu que le tienes miedo a ella. —respondió.
Mire la espada. Luego al maniquí. Tomé aire y trate de hacer uso de una de las posturas que me había enseñado mi hermanastro.
El maníqui de madera antes pequeño, ahora se veía enorme. Lleno de hendiduras y heridas de guerra. Fallar me aterraba, pero me aterraba aún más el no poder lograrlo en una situación real.
Observé el punto más gastado del maníqui, y como si fuese un tiro al blanco, me centré en ella. Levanté la espada y me abalancé sobre el muñeco. El golpe sonó seco, más directo. Inmediatamente me encogí de hombros y miré a Zilback, en busca de aprobación.
Llevaba una sonrisa de oreja a oreja, mientras levantaba el pulgar hacia arriba. ¡Lo había hecho bien!
Tal vez no sería tan díficil, tal vez tenía futuro. Podría llegar a proteger a la Princesa, y quién sabe, tal vez a los demás…
De repente, un golpe en mi pantorrilla me sacó de trance, poniendome alerta. Di la vuelta para ver a Zilback con una espada de madera.
—No te distraigas, Arcade —me ordenó con una voz intimidante—. No seré cuidadoso, chico.
Tragué saliva y me preparé para enfrentar tal vez no la mejor decisión de mi vida.
Y asi pasamos el resto de la tarde, entrenando hasta no dar más.
Notaba una mirada distinta en los ojos de mi amigo, pero decidí no preguntar por ello.
Hoy fue un buen día.
Tal vez, solo tal vez, el mundo no es tan malo.