—Es inútil —rezongué, arrastrando las palabras, la cabeza gacha y el cuerpo a punto de fallarme—, siquiera soy decente.
Zilback envaino la espada y tomó un gran sorbo de agua, para luego pasarmelo a mi.
—No seas tan fatalista Arcade —dijo en forma de consuelo—. Llevamos apenas dos semanas con esto. Verás como lo dominarás dentro de poco.
—Para vos es fácil decirlo, Zil. —hice una pausa para tomar agua— Eres un prodigio. Haces esto desde que naciste. Yo no.
—¡Con más razón entonces! Con algo de determinación y esfuerzo verás los frutos.
Decidí dejar que mi cuerpo falle. Ya estaba completamente agotado y el sol me estaba asando. Mi rostro entero ardía por culpa del sol, nada nuevo para mi, solo una de las cuantas razones por las que odio el verano. De manera incontrolable, dejo salir un estornudo bastante vergonzoso.
—Lo siento Zil —me disculpé torpemente—, me parece que estoy enfermando.
—¿De nuevo? —preguntó indignado— siempre te enfermas. Tienes que comer más frutas y tomar té de hierbas. Eso es buena salud.
—Para vos. Para mi, eso es basura.
—Que inmaduro.
¿Yo? ¿inmaduro? ¿pero es que él no se escucha a si mismo todos los días? debe ser díficil irse a dormir luego de tantas bobadas que hace.
Le resté importancia y me alejé de mi amigo, dirigiendome hacia el establo, pero sin antes pasar por mis materiales de arte. No soy muy fanático de los caballos dado a que tienden a dar patadas cuando menos te lo esperas. Pero me gusta venir a observarlos. Además, no mucha gente viene aqui. De vez en cuando los sirvientes para cuidarlos, pero no se quedan mucho tiempo. Paso por todos los recintos lentamente, analizando a cada caballo de lejitos. Los caballos de la familia real estan más apartados y son los más relucientes. El de Zilback es un caballo blanco que parecía tallado de piedra clara: alto, claro y firme. Residía con una elegancia inigualable, tal como su dueño. A su lado, estaba el de Maka. No era tan elegante y sereno como el anterior, pero era su movimiento seguro y pisadas rebosadas de energía lo que hicieron que me gustase más. Del color del roble pero lleno de manchas blancas por doquier que transmitía terquedad. Y por último, el del Rey Mitsuba… no necesitaba de mucha atención, su mera presencia imponía respeto. Genial.
Una carreta llena de espadas y armaduras para la guardia real se pasaba cerca del establo. No le di importancia y seguí admirando a los caballos. Me senté contra una de las paredes y comencé a dibujarlos lentamente. Nunca dibujo animales, pero ni bien siento una pizca de inspiración, tomo los materiales y pinto a como de lugar. Aprovecho a probar las nuevas pinturas con algo de temor a equivocarme, aunque a la vez intento dejarme llevar por lo que alguna vez me apasiono. Trazo por trazo, lo más cuidadoso posible, de manera que se retracten perfectamente sobre el papel…
Boom.
El insufrible sonido del metal chocando entre si me despertó todos los sentidos. Llegó a dejarme los oídos sensibles al punto que rechine los dientes. Busque el origen de este y lo encontre al ver varias espadas y piezas de armaduras en el suelo y al pobre hombre subiendolas a la carreta nuevamente.
Di un fuerte suspiro y fui a ayudarlo.
Me incline y rápidamente me puse manos a la obra.
—Oh, por favor, no es necesario, joven Alistar…
—No se preocupe —me apresuré a decir—. No es nada grave.
El señor me sonrió con cálidez y seguímos nuestra labor.
Hasta que en una tirada de ir y venir con armamento, encontre una espada muy peculiar. Era más reluciente e impresionante. En medio de la empuñadura, llevaba tallada un gran destello, seguido de puntas circulares con detalles lineales increíbles. En el pomo, llevaba ese mismo destello, pero incluso más elaborado. La hoja era filosa y extremadamente delicada, parecia que fuese a romperse. Llena de colores blancos y brillantes, casi embriagantes.
—Puede quedarsela si lo desea, joven Alistar —ofreció el viejo sirviente—. No es del juego que usan los guardias, por lo que habrá sido una equivocación.
—¿Esta seguro? Parece valiosa…
El señor se subió al asiento de la carretera y sonrió con sinceridad.
—Las cosas buenas llegan cuando menos te lo esperas, joven Alistar.
Y con eso dicho, desapareció de mi vista.
Parece que he obtenido mi propia espada a fin de cuentas, y sin pedirsela a nadie. Es exuberante…
Olisqué un poco el ambiente y me di cuenta que era hora de darme un buen baño. El entrenamiento y el establo me dejó con un olor despreciable. Fui a por los materiales que deje tirados y enveine la espada en mi cinturón.
No habia terminado el dibujo. Otro día será.
No me tomaba un largo baño hace muchisimo tiempo. Mi cuerpo lo esta agradeciendo eternamente…
Lo que si me gustaría, es poder encontrar a Maka. Ya es de noche, debería de haber vuelto. Me visto con mi pijama y me pongo a buscarla por el castillo.
Durante el baño, note que me había quemado por el sol. De ahi he de sentirme más débil. Ardió mi piel al ponerse ne contacto con la ropa —y lo sigue haciendo— pero ya estoy acostumbrado.
Dentro de unos días volveré a trabajar. Es necesario que se me pase esto cuanto antes… tendré que ir a la enfermería.
No quiero volver a enfermarme, ya tengo suficientes problemas como para agregarle síntomas de gripe.
A lo lejos, pude avistar a Maka charlando con una sirvienta mayor. Perfecto.
Si voy como si nada… lentamente con cuidado… no quedaré como un acosador.
Despacio y sereno Arcade…
—No creí que las estrellas albergaran tanta historia, muchas gracias, Kivfa.
—Oh no hay de que su majestad, es un honor hablar de mis intereses con una niña tan curiosa… ¡oh! —exclamó y tapó su boca rapidamente—. Disculpeme, usted ya es toda una mujer.
Maka le restó importancia y sonrió ante la equivocación.
—No se preocupe Kivfa, para mi, usted siempre será una madre para mi.
Me detuve en seco.
No llegué a escuchar lo que se dijeron a continuación.
De repente, me sentí muy irrespetuoso por siquiera pensar en interrumpir su conversación. Era más que claro que no era de mi incumbencia.
Era un momento importante.
Maka estaba sentada a espaldas mías, pero desde aquí podía saber que estaba sonriendo y hablando con entusiasmo. La sirvienta Kivfa, la escuchaba atentamente, con una expresión de afecto irrefutable.
Sentí una extraña sensación en el pecho.
Puse una mano sobre este y escuche a mi corazón latir, casi imposible si no la presiono de más.
Volvi a posar mis ojos sobre ellas, notando que la sirvienta me dio una mirada extraña.
Fue tan solo un segundo.
Algo tan fugaz y rapido.
Y llegue a sentirlo por todo mi cuerpo como un escalofrío.
Sin dudar más, me retire a como de lugar de allí y no me detuve hasta llegar a mi habitación.
Cerre la puerta detrás de mi, agitado y ardiendo.
Observé todo el desorden que yacía por donde quiera que se mirara. Lo unico que se veía bien era la nueva espada, que parecía brillar por si misma.
Pensé en dibujar. En escribir. En leer.
Pensé en hacer millones de cosas.
Y aun así, opte por desmoronarme sobre la cama apenas me acosté.
Esa noche soñé con mi madre.