Luz donde me perdí

Capítulo 12 "El primer paso"

El silencio incómodo me estaba matando.
El día del evento ha llegado al fin, y como dijo el Rey, estamos yendo todos juntos. En un mismo carruaje.
Voy sentado junto a Maka, mientras Zilback y el Rey se sientan juntos en frente.
Trato de hacer el menor movimiento posible, dejando libre solo la inquietud de mis manos. Maka sigue evitandome. Esta noche me gustaría poder hablar con ella en algún momento, pero dudo que se me acerque estando con la Princesa.
Zilback por otro lado… esta que echa humo por las orejas. Fulminando todo con la mirada. No solo porque lo obligaron a venir, sino porque no soporta la idea de que su hermanita este a un paso de una alianza.
Seguro que no debe ser un sentimiento agradable, ver como tu hermana ya no es tan pequeña como creías.
Llegamos al grandioso castillo de Sargo. Un palacio construido encima de una gigantesca montaña con vista al océano. Parecía sacado de cuentos de hadas, con su gran cantidad de torres, de luminosidad y modernidad. Si bien es más que sabido que el palacio de Sargo es el mejor en cuanto diseño y estructura, sigo prefiriendo Inorashi y su palacio de piedra viejo. Es más acogedor.
Entramos al palacio en grupo y me separo de ellos para ir a buscar a la Princesa. Por supuesto que Maka no pudo dejarme ir sin mirarme con recelo.
Traté de restarle importancia y subí las escaleras de mármol con cuidado de no tropezarme. Me detuve a unos metros de los aposentos y esperé a la Princesa con las manos en mi espalda.
El baile aún no comenzó. Apenas están llegando los invitados y los músicos estan preparandose rápidamente. Veo sirvientes por doquier, yendo de aca para allá con las manos llenas. Ninguno de los Reyes han aparecido hasta ahora.
Me pregunto cómo será vivir siendo un príncipe. Puedo ver la vida de Zilback, pero no sentirla. Son muchas obligaciones y reglas no escritas que cumplir, algo que sería completamente incapaz de hacer.
Siento un toque en el hombro que logra sobresaltarme. Para cuando busco el origen de este, me encuentro a la Princesa Calipso a menos de un metro de distancia mio. Como si fuese algo automatico, aumento la distancia y hago una leve inclinación.
—Es un placer volver a verla, Princesa Calipso.
Me preguntó si debería tomar su mano y besarla. Pero al ser un guardaespaldas, no sé si debería saludar de esa manera a una dama.
La Princesa sonrió con aprobación y pude sentir como quitaba las capas de protección de mi cuerpo con solo mirarme.
—¿Ha tomado clases de tutoría, Arcade?
—Sí, majestad. —me sorprendió lo rápido que lo noto— ¿Me permitiría escoltarla al baile?
Su sonrisa se ensancho y sus cejas se unieron, formando un rostro satisfecho en todos los sentidos.
—Si, por favor —hizo una pausa—. Tomeme del brazo, por favor.
Si no estaba lo suficiente rojo por el sol, ahora sé que me volví un tomate. Asentí con nerviosismo. Pensé que debería estar detrás de ella, como la última vez, no llevarla del brazo. ¡Eso no estaba en las enseñanzas!
Respiré profundamente y entrelazé su brazo delicadamente con el mío. Su belleza es intrascendible. El vestido le cae como si no pesara nada, como si el aire mismo la estuviera sosteniendo. Es de un azul tan pálido que por momentos parece blanco, y por otros… como el cielo justo antes de que anochezca. La falda se abre en capas suaves, translúcidas, que se mueven apenas cuando respira, como si el vestido reaccionara a ella y no al revés. El cuerpo está bordado con flores y filigranas brillantes que no gritan, no ostentan; simplemente existen, delicadas, siguiendo la línea de su cintura, marcándola sin imponerla. Los hombros quedan descubiertos, rodeados por ese volante ligero que cae con una gracia casi injusta. No es un vestido para impresionar. Es un vestido para que nadie se atreva a tocarla.
Entonces miro su cabello, resplandeciente y étereo.
Lo lleva recogido a medias, trenzado con una precisión que parece pensada para no desarmarse nunca. Flores hechas de su propio pelo, pequeñas perlas atrapando la luz, y el resto cayendo suelto por la espalda, largo, ondulado.
Tragué saliva.
El trabajo de hoy será díficil.

En el momento en que pusimos un pie en las escaleras, varios invitados voltearon a mirar en nuestra dirección. Hice mi mayor esfuerzo por mantener mi rostro lo más sereno posible y no dejar ver que tenía los nervios a flor de piel. La Princesa, a diferencia de mí, parecía más que encantada con toda la atención que recibía.
—¿Ha estado bajo el sol últimamente, Arcade?
La pregunta me tomó por sorpresa y tarde más de lo que debería en responder.
—A-Asi es, su alteza. He estado entrenando.
—Ya veo, ¿su nuevo trabajo le trajo consigo más obligaciones?
—No. —afirmé con seguridad— Digamos que me motivó a poner en marcha mis habilidades.
Una risa casi inaudible salió de la Princesa, lo que me hizo voltear por un segundo la cabeza para confirmar que escuché bien.
—Me alegro que este superandose, Alistar.
Esas fue lo último que intercambiamos.
La primera parte del evento fue fácil. Debía mantenerme cerca de la Princesa mientras saludaba a los invitados y sacaba conversaciones de Dios sabe dónde. En una de las ocasiones pasamos cerca de la mesa de dulces y llevó la mirada hacia allí apróximadamente tres veces, pero al detenerse frente a ella, no tomó ningún dulce.
Incluso llegue a avistar a Zilback con una chica de su edad que jamás había visto antes. Se lo veía super feliz charlando con ella. Supuse que sería una princesa por la tiara en su cabeza, pero sin duda era una muy peculiar.
—Parece que el universo esta trazando nuestros caminos, Princesa Calipso.
Salí de mi trance enseguida para ver de dónde provenía esa voz tan familiar.
Un hombre bastante alto, la barba recientemente afeitada, unos ojos verdes claros y un pelo castaño envidiable…
¡Es el tipo contra el que choqué el evento anterior!
Joder que vergüenza…
Aún así, tenía trabajo que hacer, por lo que hice mi mayor esfuerzo para no apartar la mirada.
—¡Príncipe Trevor! —exclamó la princesa con entusiasmo— Pensé que no vendrías.
—Jamás me perdería una oportunidad para ver a mi princesa favorita.
El Príncipe “Trevor” le entregó una pequeña caja en sus manos. En cuánto la abrió, un anillo de plata tallado con flores y brillos salieron a la luz.
La Princesa se asombró y dejó que el Príncipe le ponga el anillo.
—Es precioso, Trevor —dijo extasiada—. Muchas gracias.
—No tienes que agradecerme, querida —entrecerré los ojos—. Una mujer hermosa debe tener accesorios hermosos —propusó coqueto, para luego llevar la mirada hacia mi—, ¿no es así, caballero?
Me quede algo confundido al ver que me dirigió la palabra. Pero solamente asentí muy poco.
Charlaron por un largo rato. Tal vez demasiado.
Al parecer, ellos ya se conocían desde hace tiempo y percibí cierta intimidad en su conversación…
Como note que se acercaba más de lo requerido, puse mi brazo en medio, con mi mejor cara de pocos amigos.
—Disculpe señor —interrumpí—, pero le pediré que respete la distancia adecuada.
El Príncipe rió como si no fuese nada, pero noté que sus ojos escondían algo más. Esos ojos no me transmitían nada de bondad. Este hombre me intimidaba hasta los huesos. Usaba su gran altura para mostrarme quién manda y joder que tenía una buena altura, el tipo me saca una cabeza entera. Y ni hablar de lo musculoso que es. Si fuese a ser un problema, me noquearía de un golpe.
—No tienes de qué preocuparte, muchachito. —dijo aumentando la distancia por solo un paso y dejando las manos tras las espaldas— La Princesa y yo tenemos mucha confianza, ¿no es así, Calipso?
—Así es, Trevor. —la Princesa giró hacia mi con una sonrisa honesta— Puedes descansar, Alistar. Es hora del baile.
Asentí con lentitud mientras dejaba que el príncipe se la llevará tomada del brazo a la pista de baile. Ella se veía realmente feliz de estar con él.
Pero hay algo en él, que hace que mi piel se erize y quiera correr muy, muy lejos de aqui.
Tragué saliva y apreté la mandíbula. No podía quitarle los ojos de encima.
—¿El “Príncipe Azul” te da mucho trabajo, niño?
Zilback.
Opté por hablarle sin apartar la mirada de mi objetivo.
—Me da escalofríos ese hombre.
—Es un egocentrico cretino, ¡mira como sonríe con su estúpido cabello y sonrisa brillante! —señaló indignado. Se tomó un momento para aclarar su garganta— Ese tipo te hará trabajar hasta horas extra.
Me reí ante la posibilidad.
¿Horas extra?
¿Me hará trabajar de más?
Oh no.
No voy a darle ni una pizca de satisfacción a ese príncipe.
Volví a centrar toda mi atención en el baile. Zilback tiraba algunos comentarios que con el tiempo, terminó quedandose callado, acompañandome en mi soledad.
Se lo agradecí por dentro. Sé muy bien apenas ponga un pie en casa voy a derrumbarme.
Las marcas no dejaron de arder desde que me levante. Parece que saber que tengo que ser presentable y tratan de hacerme la vida imposible.
Veo a la Princesa Calipso bailando con una alegría que no había visto en nadie nunca con el Príncipe Trevor. Con razón había rechazado a sus otros pretendientes. Quería que Trevor fuese su primer baile de la noche. Y se veían fabulosos. No puedo negar que Trevor es un hombre bastante masculino pero atractivo y al lado de la Princesa, se veían increíbles.
La manera en la que ella lo miraba a él me hizo preguntarme, si alguna vez alguien me miraría de esa forma a mi.
Si alguien, luego de ver al monstruo dentro de mi, podría mirarme con esos ojos.
Porque no hay nada más reconfortante que tener alguien a tu lado que te ame por todo de ti.
Note que muchas personas seguían mirandome, incluso sin la Princesa. ¿Es que les parece gracioso que este con los cachetes rojos? Dejen de mirarme. No me miren.
El sudor se abrió paso entre mi piel, el ardor incrementaba, mi cabeza me dolía a mares y la luz era demasiado fuerte…
Hice mi mayor esfuerzo en mantener la compostura y no derrumbarme, pero me dolía todo.
Pese a que me dieron esa horrible medicina, me siento igual de mal que siempre.
Cuando vuelva correré a mi habitación y todo estará bien.
Correré a mi habitación y todo estará bien.
Todo estará bien…
—Príncipe Zilback… —dijo una voz femenina con recelo— que inesperado verlo aquí.
Aclaré mi vista para ver que la Princesa había regresado de bailar.
Las miradas se intensificaron en cuánto se paró justo a mi lado
para seguir conversando.
—¡Princesa Calipso! Digo lo mismo que usted —Zilback elevó una ceja. La Princesa tensó el rostro—. Creí que sus asuntos ya estaban… —se aclaró la garganta y se inclinó para hablar casi en un susurro con los ojos muy abiertos— dados por hecho…
—Ha creído mal, Príncipe Zilback. Todavía tengo muchos asuntos de los que encargarme.
—Ya veo… —dijo entrecerrando los ojos— entonces el tiempo corre, señorita.
La Princesa apretó la mandíbula apenas un segundo.
—El tiempo corre para aquellos que son perseguidos. No para los que saben donde están parados.
—Es curioso escuchar eso de usted, señorita. —replicó— Justamente, creí que usted era la primera en correr.
—Tal como usted dijo, creyó. —dictó con un evidente disgusto en su voz— Usted no tiene idea…
—Ahi es cuando se equivoca, señorita —contrasrrestó con rapidez—. Yo tengo muchas ideas.
El silencio cayó pesado.
No tenía idea de la relación de estos dos, pero sin duda no estaban dentro de sus cabales ahora mismo.
La tensión se volvía cada vez más asfixiante, volviendo a estar en el estado anterior…
Giré la cabeza a ambos lados, buscando una salida, hasta que avisté el balcón al fondo del salón.
Una bocanada de aire. Un margen.
Antes de que la Princesa pudiera decir algo, me incliné apenas hacia ella y cubrí mis palabras con la mano, lo justo para que Zilback no oyera.
—Si usted gusta, majestad… podríamos ir a tomar un poco de aire fresco.
La Princesa no respondió de inmediato.
Se giró para mirarme y, al notar nuestra cercanía, decidí dar un paso atrás. No supe decir si había visto un monstruo… o si simplemente la había tomado por sorpresa.
Por el rabillo del ojo alcancé a ver a Zilback atravesar una cadena completa de emociones, hasta quedarse con esa expresión suya que aparece cuando algo llama su atención.
—Estaría… encantada —dijo al fin.
Le ofrecí el brazo, sin acercarme más de lo necesario, y abrí paso entre la gente. No fue sencillo. Varias voces intentaron detenerla, incluso algún pretendiente tardío, pero no me detuve hasta que cruzamos las puertas del balcón.
Incluso Trevor trato de alcanzarnos en cuánto nos vió huir, pero no iba a permitirlo.
Esta vez, no iba a ceder.




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