Apenas llegamos al dichoso balcón, me permití respirar agitadamente. Estaba agotado. Tuve que apresurar el paso apenas vi como se avecinaba Trevor para detenernos. Fue todo un caos.
—Lamento no haberla tratado con cuidado en el trayecto hacia aquí, su alteza —me disculpé rapidamente—. Estaba muy concentrado.
La Princesa no respondió.
Al percatarme de que nuestros brazos seguían entrelazados, no dude en alejarme.
Al no saber que decir, opté por reposar mis antebrazos en la barandera, disfrutando de la noche y la brisa que impregna mi piel. El frío logra calmar mi ardor y el calor en mis mejillas, haciendome sentir mejor.
La Princesa Calipso se sitúo a mi lado, con las manos juntas sobre su falda, mirando al horizonte con una expresión vacía.
No tenía idea de que hablaba con Zilback antes. Seguirles el ritmo a su absurda conversación era algo fuera de mi alcance.
—Siento el comportamiento del Príncipe Zilback —me apresuré a decir—. A veces puede ser algo intolerable.
Aún no obtenía respuesta.
Los nervios crecían nuevamente. Este silencio incómodo me estaba matando. ¿Me habré sobrepasado con la fuerza y ahora me castiga por ello?
¿La habré lastiado?
Si llegué a lastimarla, solo los dioses saben que me harían…
Jugueteo con mis pulgares velozmente a la par que imagino que estoy en mi habitación.
El corazón me late con fuerza, exigiendo paz.
Mi mente exije respuestas, una vía de escape.
Giré sobre mi mismo hacia ella, al mismo tiempo que ella lo hizo conmigo.
Me quedé boquiabierto, olvidando todo lo que tenía para decir.
—Ehh…
¡Que incómodo me siento!
Esto es tortura en su mayor expresión.
—Le agradezco por sacarme de esa conversación desagradable, Arcade.
—N-No hay de que, majestad —respondí con rapidez—. Lamento si fui imprudente. No era mi intención incomodarla.
—No lo hizo.
La respuesta fue breve.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era inhabitarlo. Era denso. Cargado de una tensión inexplicable sobre qué decir y qué no.
Me mantuve apoyado en la barandilla, mirando al mar oscuro a lo lejos. No me atreví a observarla. Temía de cometer un error y destruirlo todo.
—Mis padres aparecerán en cualquier momento —dijo la Princesa en voz baja—. Cuando lo hagan, necesitaré volver.
Asentí, rígido.
—Quédese aquí —añadió—. No se mueva de este lugar.
Una orden.
No era nada díficil, yo estoy más que encantado de quedarme aquí.
—Como ordene, majestad.
La Princesa se apartó apenas, acomodando su vestido y su expresión.
Tomó una gran bocanada de aire y se largó detras de mi.
Gire sobre mis talones para vigilarla desde lejos. Si bien me ordenó permanecer en el lugar, no significa que tenga que dejar de cuidarla.
Esa conversación con Zilback fue de las más extrañas que escuche en mi vida.
Sabía que se conocían desde hace mucho tiempo, pero creo que querían decirse muchas cosas. Y no precisamente agradables.
Si Maka me confesó que la Princesa no era una buena persona, puede que Zilback piense lo mismo sobre ella. Sin embargo, fue él quien nos unió. Por lo que tiene que haber algo más.
¿Habrá pasado algo más entre ellos dos?
Imposible. La Princesa se veía encantada con el Princípe y Zilback…
Él es un misterio.
Deje mis preguntas de lado en cuánto vi como una niña castaña de ojos hazel decidió hacerme compañía.
—Pensé que ibas a evitarme el resto de tu vida.
—Lo siento —dijo en cabizbajo—. No me he portado bien contigo.
Giré la cabeza hacia Maka, viendo su triste rostro observando a la multitud del salón.
Exhalé una gran bocanada de aire. Si bien su aislamiento me atormentó por dentro, sigo siendo mayor. Y pese a no ser su hermano de sangre, debo comportarme como tal.
—No pasa nada —afirmé—. No estoy molesto con vos. No estuvo bien, pero valoro que te hayas acercado a mi.
—Kifva me regañó por ignorarte —comentó—. Dijo que no esta bien tratar asi a la familia. Lo siento.
Familia.
Otra vez esa palabra.
Sonreí para mis adentros.
—Ya esta Maka. Todo arreglado —terminé el tema y guardé las manos en mis bolsillos—. ¿Como te esta yendo?
Avisté a la Princesa hablando con su padre. La reina no estaba por ningún lado.
Se vía tensa.
—Mal —admitió, dejando caer el peso de sus brazos a los costados—. Soy muy torpe y todos son muy grandes y… extraños.
—¿A qué te refieres con extraños?
Su padre reposó su gran mano sobre el hombro de la Princesa.
Esta bajo la cabeza.
—No lo sé… me preguntan cosas extrañas. Cómo bailo, mis opiniones políticas, me hablan de ellos mismos… —explicó—. Ninguno me pregunta cómo estoy o tratan de entablar una conversación normal.
—Eso es porque solo quieren los beneficios de tomar tu mano —escupí sin tapaduras—. No vas a encontrar un hombre que te busqué a ti. Y si lo encuentras… será un milagro.
Mis alarmas se activaban con creces con cada momento que pasaba.
Ahora se había unido el brillante del Príncipe Trevor a su conversación, y pese a que tenga una sonrisa de felicidad en su rostro, sus movimientos decian lo contrario.
Algo no estaba bien.
Ella no parecía estar bien.
—Sé que tienes razón. Siquiera quiero casarme aún pero… Si llegaba a encontrar a alguien que me ame de verdad, me lo pensaría —confesó y se volteó hacia mi—. ¿A ti te gustaría?
La pregunta me tomo por sorpresa. No estaba prestando atención.
—¿Que cosa?
—Casarte. ¿Te gustaría?
Resoplé. Maka me miro extrañada.
—Eso esta muy lejos para mí, Maka —repliqué, sin apartar la mirada de la Princesa.
—¿Por qué? No eres un mal chico. Estoy segura que si accedieras en conocer personas….
—No. —la paré al instante—Ni se te ocurra tocar ese tema, Maka.
Las manos volvían a arder.
El corazón me latía a cuestas.
—Tu solo te encierras y no dejas a la gente entrar —escupió—. Podrías estar con cualquier chica que quisieses, ¡pero prefieres estar solo y alejarnos a todos!
—Maka…
La cabeza me taladraba.
Jamás iba a casarme.
Eso no era una posibilidad para mi.
¿Y conquistar a alguien, empezar una relación? Imposible.
No con mi constitución.
—No lo entiendo. Trato de entenderte, Arcade —continúo, ignorandome—. Zilback y yo nos esforzamos al máximo para ayudarte y tu simplemente nos rechazas.
La Princesa estaba volviendo al balcón. Si no terminaba esta conversación ahora, sería mi ruina.
Me volteé hacia Maka, fulminandola con la mirada y los puños cerrados a los lados. Esta dió un paso hacia atrás.
—Agradezco todo lo que hacen por mí. De verdad. Pero no voy a permitir que me embriagues de quejas cuando estoy trabajando. Ya estamos en paz Maka, no tires leña al fuego.
—¿Algún incoveniente?
Me quedé rígido.
La voz de la Princesa me llegó como un filo en el cuello. El tono de su voz era áspero e intimidante. En cuanto me giré hacia ella, su rostro mostraba una sonrisa que si bien parecía genuina, su tono decía lo contrario.
La expresión de Maka pasó de preocupación a enojo. Siquiera la miro. Se mantuvo con la vista al mar.
—Ninguno, majestad. —repliqué
—Felicidades por tu ingreso a la sociedad, Princesa Iswuch. Se te ve bien.
Maka no respondió.
Tragué saliva con dificultad.
—Vámonos, Alistar. Necesito que me acompañes por el resto de la velada.
—Como usted diga, Princesa.
Y con eso dicho, me retire del balcón detrás de la Princesa Calipso.
Eché un último vistazo a Maka, que se quedó con una mirada de dolor en su rostro, pidiendole disculpas con la mirada.
No la trate bien.
Y tampoco me gustaba irme sin disculparme, pero no puedo dejar el trabajo.