La Princesa volvió a su simpatía de siempre.
Sin embargo, no podía sacarme de la cabeza la expresión que tenía mientras conversaba con su padre.
Estaban apartados de la multitud, pero aún así eran muy cautelosos. Esta vez no tuve que presentarme ante él. No tuve siquiera la oportunidad de saludarlo, nos mantuvimos alejados toda la velada.
O eso me parecía a mi, ya que por cada paso que dabamos hacia él, eran tres que hacíamos hacía atras.
Algo dentro de mi se sentía aliviado al ver que hasta los que están en la cúspide de la sociedad tienen problemas. No suelo empatizar mucho con las personas con mucho poder y autoridad, pero supuse que podrían haber excepciones.
El baile ya estaba acabando. El Príncipe Trevor se acercó para despedir a la Princesa y le susurro algo en el oído que la hizo sonreír. Mire a otro lado.
Poco después la escolte hasta sus aposentos, sin dirigirnos la palabra.
Ya estaba demasiado agotado. Todo lo que no sentí estas horas, lo iba a sentir apenas volviera a casa. Estaba anhelando encerrarme y hacer cualquier cosa.
Podría seguir practicando con las pinturas. Estos días no tuve la oportunidad de hacerlo y lo necesito.
No me di cuenta que me había pasado de la distancia debida hasta que la Princesa se detuvo frente la puerta de sus aposentos.
—Lo siento, majestad. Me distraje.
—No hay problema, Arcade. —exhaló fuertemente por la nariz— Gracias por su servicio de hoy.
Sentí un cosquilleo incómodo.
Sentí el impulso de jugar con las manos. Lo reprimí.
—No me agradezca, majestad. Solo hago mi trabajo —repliqué con calma—. ¿Cuándo debo volver?
Se quedó pensando por unos segundos.
Bastante largos a mi parecer.
Se veía agotada. Pero no dejaba de sonreír con serenidad.
—En tres días. Será de día.
Asentí con la cabeza.
Me sentía fuera de lugar.
—Buenas noches… majestad.
No me respondió. Simplemente entró a sus aposentos y cerró la puerta frente a mi.
Bueno.
Que noche más rara.
Y abrumadora.
Volvimos en el mismo carruaje. Maka parecía sentirse mucho mejor, ya que rebosaba de felicidad. Zilback la interrogaba sin descanso sobre todo lo que hizo esta noche y el Rey Mitsuba solo reía y acotaba algunas veces.
Yo solo estaba esperando a llegar a casa.
Apenas paró el carruaje, no esperé a que ningún sirviente abra y salí disparado a mi cueva.
Subi corriendo las escaleras, pasé velozmente el pasillo esquivando a los sirvientes.
Abrí la puerta, entré y la cerré de un portazo.
Respiré hondo con todo mi cuerpo.
Hogar dulce hogar.
Me quité toda la ropa sudada y calorienta. La deje tirada en el piso, aumentando el tamaño de la pila de ropa.
Ví mis manos desnudas, marcadas por la impureza de mi especie, estancada en un mismo nivel.
Me vestí con mi pijama y me senté para pintar. Hacia tiempo que no lo hacía. Apuesto a que me dolerán las muñecas.
Preparo las pinturas, busco el papel y lo dejo todo sobre la mesa.
Me falta agua…
Resoplé. No tenía ganas de salir.
Tampoco le iba a pedir a un sirviente agua cuando pueda buscarla yo mismo.
Exhalé profundamente por la nariz y me dirigi hacia la cocina, en busca del dichoso vaso de agua.
Me detuve en la puerta en cuánto escuche ruidos de ollas y el agua corriendo.
¿Quién estaba en la cocina a estas horas de la noche?
No creo que sea Maka. Debería de estar dormida.
¿Zilback? Menos, es más probable verlo dormir bajo la lluvia que verlo en la cocina.
El Rey esta en su oficina por lo que me quede sin gente.
Un sirviente. Tiene que ser un sirviente.
¿Pero por qué tan tarde?
Contuve la respiración y me adentré. La sirvienta estaba de espaldas a mi, lavando los platos. Estaba a punto de abrir la encimera en cuánto note que no llevaba los guantes.
Mierda.
Escondí las manos en los bolsillos.
Tengo que irme, tengo que irme…
—¿Necesita algo, joven Alistar?
¡Carajo!
¿Cómo se dió cuenta? Siquiera emití un sonido.
Giré sobre mis talones para verla, pero solo me llevé una gran sorpresa.
Era la señora que me miro aquella vez.
Se me erizo la piel. Ahora apenas sonreía, pero en sus ojos sentía que sabía todo de mí. Y como yo no se nada de ella, ella gana y yo me ahogo en un océano.
—¿Joven Alistar? —preguntó con tono seco.
Me había olvidado cómo hablar.
Las palabras no salían de mi boca, solo sonidos inentendibles.
La señora secó sus manos con un paño y cruzó los brazos, impaciente.
Esta señora me detesta…
—Joven Alistar, si no va a pedir nada, ¿qué hace aquí?
¿Que qué hago aquí?
Ni yo se.
No se para que vine a la cocina.
Tragué saliva lentamente. Volvía a mirarme con esa expresión tan extraña.
Murmuré algo que ni yo llegué a entender y corrí a mi habitación.
El pasillo se sentía eterno. ¿Por qué los cuartos están tan lejos de la cocina? ¿Y por qué no prendieron todas las antorchas? ¡Apenas veo!
Entré a mi habitación demoliendo mi puerta. La cierro detrás de mi espalda y me tomo un momento para respirar.
¿Por qué me mira? Que no me mire. Nadie tiene que verme. Soy un fantasma, invisible, nadie me nota y asi soy feliz.
¿Quién es esa mujer?
Estaba completamente agitado y fuera de mí. Me estoy volviendo loco. Si. Loco. Con todas las letras.
Paso una mano desesperada por mi cabello y noto algo extraño.
Estoy temblando.
Hace mucho tiempo que no temblaba. Casi nunca lo hago.
Me quedo hipnotizado observando mi mano temblar, como si fuese a decirme algo.
Pero no me dice nada, porque la mano no puede hablar.
Suelto un largo quejido y me levanto del suelo, yendo a guardar mis utensilios de arte. Al final no pude pintar nada. No tengo agua. Otro día más que no puedo hacerlo.
¿Cuántas cosas más tienen que pasarme por culpa de esto?
Definitivamente nunca son suficientes.
Entre las cosas, atisbé un pincel que no encajaba del todo.
Lo ignoré y guardé el papel en su caja.