Estaba muerto.
Vine a trabajar sin horas de sueño, apenas pudiendo mantener el equilibrio. Me vacíe una caja de chocolates para que me den energía durante el día, pero solo me generó nauseas.
Cada vez soy más intolerante al chocolate…
En esta ocasión, vine a buscar a la Princesa Calipso a su castillo. Iríamos en carruaje al Jardín de los Deseos, situado en Dallas, allí se daría el evento anual de la familia Davies, una celebración al aire libre en sus inmensos jardines florales por algo histórico de su reino. No tengo idea del propósito de aquello, pero se escucha súper aburrido. Cuando les pregunté a Zilback y Maka, dijeron que de hecho, era unos de los tantos eventos más esperados.
Ya fuera del castillo, me encontraba esperando a la familia real, ansioso. Hacía tiempo que no los veía. Y menos al Rey. Ese hombre me da escalofríos. Peor aún, no llevo mi atuendo de siempre. Llevaba un abrigo gris oscuro que llegaba hasta mis rodillas, hecho a medida para mi. Un cuello enmarcado negro que me generaba asfixia y como si no pudiera ser peor, un suéter. Si. Un suéter ajustado que me daba comezón y sudor.
¿Por qué odian tanto mi camisa y corbata?
Yo soy más que feliz con lo simple.
Entonces fue cuando finalmente, aparecieron.
Me erguí en cuánto las puertas se abrieron y deje de lado todos mis pensamientos internos por el resto del día.
El Rey Triam caminaba con una superioridad imponente. Vestido de los colores de su reino: dorado y blanco por doquier.
Un hombre hecho y derecho, alto con una complexión fuerte para su edad. No ha envejecido mal.
Y a su lado, la Princesa que juré proteger. Deslumbrante como siempre. Su vestido para la ocasión le quedaba tan bien como un atardecer violáceo luego de una llovizna. El corsé se ajustaba a su cuerpo como si hubieran sido hechos el uno para el otro, resaltando su figura delicada, adornado con bordados tan pequeñamente detallados que para apreciarlos todos tardaría un día entero. Los hombros quedaban apenas al descubierto, acompañados de unas mangas que danzaban al moverse.
Verla siempre me resulta tan excitante como conseguir un libro casi inexistente.
Respiré hondo por la nariz, mentalizandome que no debería verla fijamente. Pero me es inevitable. La belleza que se carga me hipnotiza de tal manera que dejar de observarla es todo un desafío.
—Hace buen tiempo hoy, Calipso. —comentó el rey mientras le abría la puerta al carruaje— ¿No lo creés?
La Princesa tragó con dificultad, tensando todo su cuerpo en cuanto su padre habló.
Le ofrecí mi mano para que suba al carruaje con facilidad. Al inicio me miraba desconfiada, pero terminó por aceptar mi mano.
—Si, padre. —replicó con sequedad.
En cuanto terminaron de subir, cerre la pequeña puerta y me subi al pescante, acompañando al cochero. Este me saludó con una cálida sonrisa motivadora, por la cuál yo le devolví con la misma emoción. Poco después, embarcamos el viaje hacia Dallas.
El Jardín de los Deseos se manifestó ante nosotros unas horas después. Gracias a que el cochero era alguien fácil de hablar, no se me hizo tan pesado el viaje. El Jardín se veía tan impecable y pulcro, que parecía sacado de un cuento de hadas.
Desde la distancia ya podía observarse una buena cantidad de personas, todas expectantes a cada familia real que llegase.
Suspiré y descendí primero del carruaje. Abrí la puerta con cuidado y le ofrecí mi mano a la Princesa.
Esta vez, la tomó sin dudarlo.
Su mirada era penetrante y filosa. Se movía a paso airado, sin siquiera esperar a su padre. Tuve que acelerar mis pisadas para alcanzarla.
—¡Majestad! —exclamé y me sitúe delante de ella, deteniendo su paso—. Por favor, cálmese. ¿Se encuentra bien?
Si la Princesa fuese un toro, yo sería el pañuelo rojo.
Porque la manera que tenía de mirarme respondía por si sola.
—La Princesa Calipso esta perfecta. —sentenció su padre, a medida que se acercaba a nosotros.
Hice una corta inclinación y me sitúe al lado de la Princesa. Sin embargo, el Rey se acercó a mi y bajo la voz:
—No quiero que nadie se le acerque. Mucho menos los de la familia del Rey Arashina… ¿entendido?
Me puse rígido del contacto. El Rey era más alto que yo, y su contextura lo hacía ver enorme a mi lado. Podía sentir las marcas arder a una intensidad que me costó mantener la compostura.
—Si, mi rey.
—¡Maravilloso! —exclamó elevando los brazos—. Vamos a mostrarles al mundo lo magníficos que somos, hija mía.
La Princesa no contestó.
Se conformó con asentir.
Parecía contener muchas emociones en este momento.
Y de nuevo, no podia hacer nada.
Sé muy bien que Maka me lo advirtió, pero aún no logró verlo.
Pero jamás juzgaría a alguien que haya hecho lo posible para sobrevivir de las garras de quienes deberían cuidarte.
Sin embargo, son puras especulaciones.
Aqui soy un mero sirviente de la Princesa. Nada más.
Apenas posamos un pie sobre la entrada, nobles aplaudieron al unísono. Que falsedad. Todo el mundo aplaudiendo a un grupo de personas solo por su título, pero en el fondo, piensan atrocidades contra ellos. Solo me consta de hablar un poco con Zilback y Maka para comprenderlo. Todos son unos interesados.
El Rey de Dallas se acercó para darle la bienvenida a los Russ.
—Es un honor tenerlos aquí nuevamente, Morte. Tu presencia es inigualable.
Se dieron un fuerte apretón de manos y compartieron una risa honesta. La Princesa Calipso cambió por completo su actitud, pasando a una entusiasta y tan majestuosa como un campo de flores blancas.
—Y que lo digas, Davies —replicó el Rey Triam—. Por cierto, hay algunos asuntos… importantes que debemos hablar.
El Rey Davies asintió y se alejaron de nosotros.
Mis manos comenzaban a sudar. No sabría decir si la ansiedad inció su ofensiva o es el calor que me genera estas prendas.
Incluso llevo una especie de cinturón extraño en el pecho, no comprendo su función realmente.
Me gire hacia la Princesa, con una mirada comprensiva.
—¿Su majestad?
Suspiró y se dirigió a mi con una sonrisa.
—Hora de un largo paseo, Arcade.
—Como usted diga, Princesa.
Entrelazé mis manos detrás de la espalda y nos abrimos paso en la multitud, asegurandome que nadie la moleste, fulminando a todos con la mirada.
Ahora que su padre se había alejado, podía relajarme un poco. Luego de ir a ese bar, me quedó un sabor amargo en la boca.
Ya no puedo ver a la realeza del mismo modo.
El cabello de la Princesa iba recogido en un rodete clásico acompañado de su majestuosa tiara plateada. Todo en la Princesa era suma elegancia. Me es satisfactorio observarla.
Pero no puedo seguir engañandome a mi mismo.
Sé perfectamente que no sudo por calor.
Intenté concentrarme en otros pensamientos, pero no puedo más.
Toda la noche anterior me mantuve despierto, tratando de callar mi mente y conciliar el sueño, pero fue en vano. No volví a mis viejos hábitos, pero si sigo ocultando todo debajo la cama, me temo que terminará por estallar.
El concepto de que alguien sepa mi identidad y pueda verme de verdad, es aterrador. ¿Que me asegura que podré seguir viviendo como ahora el día de mañana? nada. Yo no los conozco. Y vengo camuflandome en la sociedad desde que la Orden de Caza.
Tampoco pude averiguar nada sobre mi hermana.
Creo que la verdadera razón, por mucho que no me guste, es porque es más fácil aceptar que ya no volveré a verla que la posibilidad de que siga viva.
Si sigue viva, he sido el peor hermano del universo.
Si no, entonces significa que de verdad estoy solo. No queda nadie de mi familia.
Una parte de mi, quiere creer que mi padre la envío con una familia decente que no va a mandarla a los lobos en cuánto descubran que es una falla.
Pero es una mera fantasía.
Paramos frente a una mesilla con aperitivos tentadores, llenos de sabores extravagantes. Otra vez con eso de resaltar. No solo en la ropa, sino también en la comida.
Al notar el rostro de indiferencia que llevaba la Princesa, decidí intentar una conversación.
—Veo que acá no hay affogato.
Giró su cabeza en dirección hacia mi en cuánto alcé la voz. Sus ojos eran como puñales que se incrustraban en los míos. Por un momento, me sentí arrepentido de abrir la boca.
—Tiene razón. Aquí no hay affogato.
Silencio.
¿Por qué acepté este trabajo?
Soy la peor persona del universo para entablar conversaciones.
—Hoy será un día tranquilo.
—No podría decirlo mejor. —esbozó con un intento de energía— Solo usted y yo.
Asentí, escondiendo las manos en los bolsillos.
Con tanto silencio entre nosotros, podía escuchar hasta el sonido de la brisa más suave pasar.
A lo lejos, podía avistarse el hipódromo de los Davies. Muchos nobles y familias de otros reinos observaban la competición con mucho entusiasmo. A mi parecer, nunca llamó mi atención ver caballos correr.
—Las temperaturas estan… muy elevadas.
Tuve que parpadear dos veces para notar que estaba entablando una conversación conmigo.
Pero razón no le faltaba.
—Puedo traerle una bebida si eso desea, majestad.
Negó con la cabeza lentamente.
Un segundo de silencio.
La Princesa entrecerró los ojos y unió sus manos sobre su falda.
Su inquietud me inquietaba a mi también. Ya me estaba costando mucho trabajo prestar atención a lo importante sin distraerme.
—Es extraño verlo sin su traje habitual.
Me costó mas de la cuenta responder.
Chequeé mi cuerpo un segundo y noté que hablaba del nuevo traje. Escondí las manos en mis bolsillos.
—A mi tampoco me agrada este cambio.
Una ventisca se coló entre nosotros, dando una oleada de aire fresco por fin.
Giro su rostro hacia mi lentamente. Pese a que llevaba una postura más relajada, la expresión que llevaba me decía muchas cosas inentendibles.
Mi instinto me dice muchas cosas que puedo hacer, pero el cerebro me reprime cada y una de ellas.
No es una amiga a quien pueda ayudar. Es una Princesa.
Y yo soy su sirviente.
—¿Majestad? —inquirí— ¿Necesita algo?
Respiró pesadamente por la nariz y llevo su mirada al hipódromo.
Me acerqué unos pasos. Ahora estabamos lado a lado, pero alejados.
—Todo esta perfecto, Arcade.
La observé por un momento. Su mirada se perdía en algún punto del horizonte, las manos entrelazadas y el viento chocando contra su piel la hacían brillar.
Pero no importa cuánto brille en el exterior, porque cualquiera que prestase detenida atención, podría notar que calla más de lo que dice.
La familia real es dura. No podría ser parte de ella jamás. Si la exigencia de mi padre ya era demasiado para mi, no puedo siquiera imaginar como sería siendo un príncipe.
—No he escuchado nada que sea de utilidad en su búsqueda, Arcade —dijo repentinamente—. Lo siento, no será nada fácil.
Aparté la mirada y sentí como todos mis muros se elevaban uno por uno.
Me niego a sacar en voz alta todo lo que trato de reprimir ahora mismo.
—No se disculpe, majestad. Es mi responsabilidad encontrarla.
Los vitoreos del hipódromo se intensificaron, ya estaba acabando carrera.
La sensación de un mareo me impregno, ocasionando que vea colores. Tuve que cerrar los ojos con fuerza para tranquilizarme.
Tengo que hacer algo. No podré guardar todo por mucho tiempo.
Pero tampoco quiero abrirle la puerta al abismo del que tanto me costó salir.
Todavía recuerdo esos días eternos, encerrado en mi habitación del castillo sin salir. Solo me abrían la puerta para dejar comida que acababa siendo desechada. Era un desastre.
Reconozco que todos se esforzaron en ayudarme en ese tiempo, y lo difícil que fui con ellos.
Les debo muchos favores a los Norewase.
—¿Que hará si no la encuentra?
La pregunta me llegó como una puñalada al pecho.
No.
No es momento.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y absorbentes.
—Deberíamos dar una vuelta, majestad. Quedarse en el mismo lugar le resultará aburrido.
Noté que no se sentía insatisfecha con mi respuesta.
Pero es lo más viable que se me ocurrió al estar al borde del precipicio.
Di tres pasos hacia ella, y con el brazo la invité a seguir nuestro camino. Esbocé una pequeña sonrisa.
Con el rabillo del ojo, analizó cada fibra de mi ser, desconfiada.
Hice todo mi esfuerzo por sostenerle la mirada con firmeza.
Y finalmente, se giró hacia mi.
Pero esta vez fue diferente.
Se sitúo a mi lado, expectante. Le ofrecí el brazo, como la última vez. Se sentía extraño estar a solas. De repente, extraño la multitud. Caminamos cuesta arriba, alejandonos del murmullo del evento. Allí, los rosales se podían apreciar con más detalle y el campo se abría entre nosotros como una inmensa manta verde. Desde lo alto de la colina, las personas parecían figuras diminutas moviéndose entre si. El sol caía sobre nosotros sin piedad, no habían árboles para esconderse en la frescura de la sombra.
Durante varios pasos, el único ruido fue solo el roce del césped y la brisa del viento soplar.
—Me gusta este lugar. —dijo de pronto.
La miré apenas, dudando.
—¿Le gustan los rosales, majestad?
—A todo el mundo le gustan las flores, Arcade.
—Pero no todo el mundo elige alejarse del hipódromo y quedarse en la cima de la colina.
El viento movió el borde de su falda. Elevó el rostro hacia mi dirección con delicadeza.
—¿Intenta decirme algo, Alistar?
Volvió a mi apellido. Esta bien.
Disfrute de las brisas, pensando qué debería responder.
—Eso depende en si quiere o no mi opinión, majestad.
Le devolví la mirada y me encontre con una expresión solemne. La primera vez que hablamos, me emocioné con la oportunidad de conocer a alguien nuevo. Pero viendo como se dieron las cosas, siento que estoy frente a un acertijo sin resolución.
Aparté la mirada luego de un rato.
No soy bueno con el contacto visual…
—¿Qué le parece el trabajo?
—Princesa…
—Alistar.
Una sonrisa corta se me escapó de los nervios.
No sabía muy bien qué decir. El viento bailaba entre nosotros, pero no alivió nada. Caminamos hasta el borde de la colina, el espacio justo donde parece un enorme precipicio.
—Me es abrumador y complicado..
Bajó la mirada y aflojó el agarre entre nosotros.
—Pero no lo cambiaría.
Me atreví a mirarla otra vez, y nuestros ojos volvieron a encontrarse. El corazón me latía con fuerza al sentir la cercanía.
No creía poder soportarlo. Es demasiado..
Me solté.
No bruscamente, pero lo hice.
Pasé una mano rápida por mi pelo, tranquilo de sentir los guantes en ellas. Aclaré mi garganta y respire profundo. Observé por el rabillo del ojo a la Princesa, pensando que estaría ofendida, pero estaba sumamente equivocado.
Estaba riendo.
Giré sobre mis talones hacia ella, notando como mi sonrisa se iba ensanchando a cada segundo que pasaba.
—Princesa Calipso… —se sorprendió al verme y tapó su boca con la mano, conteniendo la risa— ¿se esta riendo de mi?
Paso ambas manos por su pelo, acomodando su peinado perfectamente estilizado y se encogió de hombros.
—Disculpame, Arcade —tomó una bocanada de aire—, pero es que usted es tan anticuado…
La miré boquiabierto, indignado con lo que acaba de llamarme. Pero no sentía molestía. Me estaba divirtiendo.
—No sé como debería tomarme eso…
—Como lo que es: un cumplido.
Asentí lentamente.
Nunca pensé que eso fuera un cumplido. Esa palabra describe perfectamente lo inadaptado que soy entre la gente.
Tal vez pueda comenzar a cambiar mis percepciones.
Descendimos lentamente y nos dirigimos directamente a los rosales, caminando entre los estrechos senderos.
—Veo que ahora se encuentra de mejor humor, Princesa.
La forma en cómo se veía entre medio de los lirios blancos y la sonrisa que llevaba en su rostro contemplando cada una de ellas, era digno de una obra de arte.
—Está en lo correcto.
Sonreí para mis adentros y me embriague con el olor de las flores.
Me sentía bien. Hoy será un buen día. Puedo sentirlo.
Y entonces lo vi.