Uno de los guardias venía hacia nosotros a toda velocidad, jadeando y haciendo un gran esfuerzo en no tropezar sobre los rosales. Apenas logré avistarlo, me sitúe delante de la Princesa.
—¡Su Alteza! —exclamó— ¡Tiene que volver de inmediato!
La Princesa se volteó instantáneamente.
—¿Qué ha pasado?
Apoyó ambas manos sobre sus rodillas, tratando de recuperar el aire.
Elevó la cabeza lentamente con esfuerzo.
—Han atacado su castillo… —tosió—, su madre…
La expresión en la Princesa cambió radicalmente.
—Llévame con mi padre, ahora mismo Alistar.
Asentí y fuimos velozmente hacia la entrada del Jardín de los Deseos.
Desde lejos, ya podía avistarse la multitud reunida en ella, observando como el Rey Triam perdía la cabeza.
Los guardias iban y venían por doquier.
El Rey de Dallas se esforzaba en calmarlo, pero nada funcionaba.
Ya nos habíamos adentrado a la multitud.
—¿¡Donde esta el carruaje que pedí?! —exigió. Las venas del cuello se le marcaban— ¿Qué tanto pueden tardar en prepararlo?
—Mortel, por favor…
El Rey Triam se giró y lo observó como si hubiera dicho una barbaridad.
—Tú nunca amaste a alguien como yo amo a Yulia… —afirmó—. No tienes idea…
Finalmente, llegamos al centro. El carruaje ya estaba listo para partir, puertas abiertas y todo.
El Rey Triam calló.
Intercambio una mirada llena de palabras sin decir con su única hija y subieron al carruaje.
Observé la escena con total atención.
Sin emitir ningún sonido, parecían haberse dicho muchas cosas.
La tensión llegó hasta mí sin previo aviso.
Cerré la puerta.
El mundo entero nos observaba.
“Incompetentes.”
Me subí al pescante y el cochero echó a andar.
La lluvia caía sobre nosotros con fuerza. El cochero y yo fuimos perjudicados por ella, terminando empapados.
El petricor era tan inmenso que no podía distinguir otro olor.
Apenas llegamos al castillo, bajé de un salto para abrirles paso a la realeza.
Pero el Rey Triam salió disparado a toda velocidad, seguido de su hija.
Me quede congelado unos segundos, tratando de procesar toda la situación.
Pero mis pies no respondían.
Si la Reina estaba muerta, no querría verlo.
Si su madre estaba muerta, no quiero verlo.
Uno de los guardias gritó mi apellido.
Cada paso que daba, se sentía como volver a esa mañana.
Mi padre llorando desconsoladamente, abrazándola.
El jarrón hecho pedazos.
Las puntas de su larga cabellera apenas tocando el suelo.
Su piel antes blanca, se había vuelto azulada.
—¡Yulia!
Giramos a la derecha.
El Rey se abalanzó contra la enorme puerta.
Su hija lo siguió, con el miedo dominando su rostro.
—¿¡Por qué no me lo dijiste?!
Unas grandes manos tomaban mi mano con demasiada fuerza.
Las lágrimas caían por mi rostro sin parar.
Traté de zafarme de su agarre, pero simplemente pasó a sostener mis hombros. La vista iba de arriba a abajo, arriba a abajo…
El pecho me retumbaba.
—Si hubieses hecho tus tareas diarias, ¡esto pudo haberse evitado!
Me duele. Por todas partes.
Un bebé lloraba a lo lejos.
Alguien me gritaba en la cara, pero las palabras no me llegaban.
Observé a mi madre flotando en el aire.
¿Por qué mi padre estaba tan molesto? Ella está justo aquí.
Solo aprendió a volar.
Debe ser su regalo por ser tan buena.
—¡Inútil! —gritó una voz femenina.
Froté mis ojos con fuerza.
Estaba en el castillo.
La Princesa…
—Yulia, por favor, déjame ayudarte…
La Reina apartó a su esposo bruscamente.
Tenía una grave herida en el costado. Si no la trataba…
En el aire residía un extraño olor a quemado.
La cocina está lejos, no debería…
—¡Si tan solo hubieras hecho lo correcto, esto no estaría pasando!
Tomé el brazo de la Princesa.
El Rey esquivó una copa con dificultad.
La Reina lloraba a mares, encogiéndose en el piso.
Los cristales se esparcieron por doquier.
—¡Hice lo correcto Yulia! —se defendió— ¡Por nuestra familia!
La Reina soltó una carcajada.
El Rey se quedó estupefacto ante su reacción.
La Princesa notó mi mano y se sostuvo a ella como un pilar.
—¿Nuestra familia? —unas doncellas ayudaron a levantarla— ¡A ti te importa un…
Cerré la puerta detrás nuestro.
La escolté hacía su habitación, cómo hacíamos cada noche.
No eché un vistazo a su rostro. Es más, hice lo posible por evitarlo.
Giramos a la izquierda.
Su doncella nos seguía con toallas calientes y ropa limpia.
Las velas titilaban con violencia por el aire proveniente de los ventanales hecho pedazos.
El suelo de mármol estaba manchado de agua y barro: huellas corridas de personas corriendo pintaban la escena.
La Princesa no soltaba mi mano.
El silencio era abundante.
Un guardia pasó corriendo en dirección contraria, con una espada en mano, llena de sangre. No levantó la vista. Nadie lo hacía.
El pasillo que conducía a sus aposentos parecía más largo que nunca. Las ventanas dejaban entrar relámpagos intermitentes que iluminaban los tapices rasgados. El retrato familiar colgado en el centro estaba torcido.
No quise mirarlo demasiado.
La doncella abrió la puerta con las manos temblorosas.
El interior estaba intacto.
Nos quedamos varados frente al umbral. Ninguno se movió.
Hice amago de liberarme, pero su agarre permaneció.
—Su Alteza, hemos llegado a sus aposentos —aclaré.
Nada.
La doncella suspiró y se adentró a la gran habitación.
Al ver que la Princesa no se movía, decidí hacerlo yo.
Cerré la puerta y la ayude a sentarse sobre su cama. Ayudé a la doncella con los preparativos hasta donde me permitía y cerré las cortinas.
Encendí todas las velas. No iba a dejar que haya nada de oscuridad.
Dejé caer los brazos a los costados, esperando alguna orden. Algo.
—El baño está listo, Alteza —informó la doncella.
La Princesa tomó su tiara entre sus manos y la observó detenidamente.
La giró entre ellas, pasó sus delicados dedos encima, como si estuviera considerando su valor.
Arrancó los adornos de su cabello, ocasionando que caiga en su espalda como una cascada.
Y en cuanto me atreví a enfrentar su expresión, me encontré con algo nuevo. Inesperado.
No fue a la Princesa Calipso quien vi en esos ojos.
Fue a mi.
El mismo vacío que me había acompañado aquella mañana.
Me acerqué hacia ella con cuidado de no asustarla.
Le ofrecí mi mano enguantada.
—Es hora de su baño, Alteza.
Sus ojos, opacos y desprovistos de brillo, tardaron en enfocarse en los míos.
Finalmente aceptó.
La dejé a cargo de la doncella y vi como desaparecía tras una puerta.
Me sujeté los hombros con fuerza, recordándome que ya no era ese niño.
Nadie debería vivir lo que yo viví ese día.
Y esta vez, no me quedaría congelado.