Luz donde me perdí

Capítulo 18 "Princesa Calipso Russ"

Calipso Russ

No hay nada peor en este mundo que una noche en vela.
Me enderecé y toqué la campanilla, llamando a mi doncella. La esperé ya levantada, frente al espejo. Este aspecto deplorable tenía que desaparecer.
Mis mejillas estaban húmedas e hinchadas, resaltando mis grandes cachetes. Marianne no tardó en entrar a mi habitación. Traía vestidos y una canasta de mimbre con el desayuno habitual.
—Buenos días, Alteza —dijo con suavidad.
Dejó la canasta sobre la mesilla de té y me mostró ambos vestidos. Los observé sin emoción alguna. Normalmente, prepararme suele ser la parte “entretenida” de mi día, pero hoy no es un día normal.
Anoche atacaron el castillo, cuál se encuentra sospechosamente tranquilo.
Algo no terminaba de cerrarme.
—¿Se encuentra bien, Alteza?
Tardé unos segundos de más en responder.
El aire no era suficiente.
Mi cuerpo estaba frío como el hielo.
Y mis músculos se sentían atrofiados.
—¿El Salón Eclipse está disponible?
Marianne me reprochó con la mirada. Dejó los vestidos sobre la cama y se dirigió a la mesilla a preparar el desayuno.
—Como siempre, Alteza —confirmó—, pero deberá desayunar primero.
Negué con la cabeza y me adentré a mi armario.
—No es necesario. No tengo hambre.
—Alteza…
Rebusqué por cada rincón, prenda y cajón hasta dar con el conjunto que buscaba.
Solo me faltaban los zapatos.
—Ya sabe lo que sucede cada vez que no desayuna —me recordó.
En cuánto los encontre al final de cajón, sonreí levemente para mis adentros y cerré las puertas.
No tengo tiempo que perder.
Me sitúe sobre la tarima circular. Marianne ya sabía qué hacer.
Se quedó hasta mirándome con esa típica exprresión lamentable de siempre.
Lástima.
Detesto esa cara.
—Marianne. —llamé impaciente.
Luego de un suspiro pesado, cedió.
Removió mi largo camisón blanquecino, frunciendo el ceño al ver la zona de mis costillas.
Lo ignoré.
—¿Qué hay en mi agenda hoy, Marianne?
Tomó las calzas blancas y me ayudó a vestirlas. Lo mismo con la parte superior.
—No muchas cosas, Alteza —ayudó a ponerme el maillot negro nuevo—. Tiene una reunión con la Princesa Tholindis, un almuerzo con los Borger… —chasqueó los dedos repetidas veces, haciendo memoria— ¡Oh! Y una carta de Lady Asmerith.
Me giré de inmediato.
—¿Otra más? Ya es la quinta esta semana.
Me sentó en la silla del tocador y comenzó a peinar mi cabello.
—Lady Asmerith siempre la ha admirado mucho, Alteza.
Me puse unos pequeños aretes de diamante con forma de estrella. Me gusta el brillo que emanan.
—No tengo ninguna intención de brindarle mi apoyo. —sentencié— Es una plaga.
Terminó por recoger mi cabello en un moño alto y simple. Tal cómo me gusta.
Marianne asintió pacientemente y fue a recoger el desorden.
—Iré a hacer mi rutina matutina. Ve por mí a las nueve y media.
—Como usted diga, Alteza.
Me dirigí hacia la puerta, mentalizandóme. Debería ver a mi madre antes de la rutina, preguntarle cómo está…
Me quedé con la mano estancada en el picaporte.
Tal vez no sea necesario. Podría preguntarle a Marianne.
Pero si discutió con mi padre, entonces…
Suspiré y terminé por abrir la puerta.
Solo para ver que, al otro lado, mi guardaespaldas seguía aquí.
Me quedé helada.
Para haber estado trabajando veinticuatro horas sin descanso, parecía completamente lúcido.
En cuánto me vio, esbozó una leve sonrisa y dió una reverencia.
—Buenos días, Alte…
Cerré la puerta.
Marianne se sobresaltó ante el ruido.
—¿Su Alteza? ¿Se encuentra bien?
Tengo que despedirlo.
No puede seguir aquí.
Me había olvidado completamente de él.
Posé ambas manos en mi sien, masajeandola a la vez que caminaba en círculos.
Marianne tocó mi hombro con cariño.
Me volteé, frustrada.
—¿Qué hace él aquí? —exigí saber.
Marianne me observó, divertida.
Entrelazó mis manos sobre las suyasy fijó sus pequeños ojos celestes con los míos.
—El joven Alistar fue ordenado por su padre quedarse toda la noche por si acaso —explicó—. Se retirará cuando usted se lo ordene, Alteza.
Sentí como mi cuerpo se relajaba por un momento.
—Él presenció lo ocurrido anoche…
Acarició mi mejilla, que seguía helada.
—Hizo un juramento.
—Puede romperlo.
Negó lentamente con la cabeza.
Las arrugas en su rostro eran el constante recordatorio de su edad. Marianne es mi doncella desde la niñez. Es irremplazable. Perfecta. No necesito a nadie más.
—Tiene que aprender a confiar en su súbditos, Alteza. No estaré aquí.
Aumentó el agarre en mis manos, haciendo un esfuerzo por convencerme.
Lo contrate a sabiendas que esto era posible. Pese a que me esforcé en evitarlo, llegó antes de lo esperado.
No soy afín de dar las malas noticias. Pero no tengo otra opción. Me encaminé hacía la puerta, cubriendome con una capa.
—Alteza —llamó Marianne.
Volteé la cabeza hacia ella, expectante.
—Dele una oportunidad. Podría llevarse una sorpresa.
Me quedé unos segundos de más, sosteniendole la mirada.
Marianne es de las pocas personas que me importan. No dice las cosas porque sí.
¿Qué sabe ella que yo no?
Tendré que averiguarlo por mí misma.
Asentí y crucé la puerta.
Mi guardaespaldas seguía allí, en el mismo lugar, recostado contra la pared. Cerré la puerta tras de mí y aclaré mi garganta.
Se enderezó de inmediato. Siguió con una leve inclinación y sonrisa amable.
—Buenos días, Alteza.
Levanté el mentón, mejorando mi postura.
—Veo que es capaz de trabajar muchas horas sin descanso.
—El sueño no es un obstacúlo para mí, Alteza.
Lo observé detenidamente en busca de una prueba, una razón para hacerlo desaparecer.
Solo tenía que acotar la orden.
—He olvidado preguntarle… —aclaró su garganta y se inclinó levemente hacia adelante—, ¿desayunó affogato?
Me quedé boquiabierta.
—¿Cómo?
—En mi caso, no he tenido la oportunidad de comer helado de chocolate —sus manos jugueteaban entre sí, cabizbajo—, ¿Qué hay de usted? ¿Comió affogato?
Parpadeé dos veces.
Se refería a aquella conversación en el balcón. Yo misma había sacado el tema unos días atrás.
—Me temo que yo tampoco, Alistar. —suspiré pesadamente y lo enfrenté con la mirada— Respecto a ayer…
Se enderezó lentamente y volvió a su expresión fría habitual.
—Ayer no sucedió nada, Alteza.
Fue la primera vez que me miraba a los ojos en toda la conversación.
Le sostuve la mirada más del tiempo debido, esperando a que flaqueara.
Pero no lo hizo.
Hmp.
Bueno, excepto porque tensó su mandibula con todo lo que tenía.
—Eres libre de regresar a descansar. Si preciso de ti, enviaré una carta como siempre.
Sonrió con sutileza e hizo una reverencia.
—Gracias Alteza. Estaré esperando su llamado.
Y con eso dicho, termine por retirarme.
“Dele una oportunidad. Podría llevarse una sorpresa.”
Espero que sea una agradable.
De lo contrario, me saldrá muy caro.




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