Padre, amado, te pido por la vida de Jake, para que tu palabra haya entrado en su corazón y se libere de todo aquello que lo apresa, de su pasado, de las drogas y todo lo que esté mal en su vida. En el nombre poderoso de Jesús. Amén y Amén.
Terminé mi oración de la mañana y me puse en pie para comenzar el domingo. Una vez estuve lista, bajé hacia la primera planta con mis padres para dirigirnos a la iglesia. Mi conversación con Jake no había dado muchos frutos. Él se encontraba renuente a dejar las drogas y asistir a la Iglesia, por ello cada día oraba para que Dios hiciera un milagro en su vida y él se redimiera de su camino.
Llegué a la Iglesia y luego de saludar a varios hermanos, tomé asiento junto a mis padres. Intentaba estar quieta, pero no podía. Miraba hacia la puerta con la esperanza de que Jake apareciera, pero nada, ni una pequeña señal de él. Finalmente, el culto dio inicio, y miré el suelo con mientras el enojo y la decepción se acumulaban en mi corazón. Levanté la cabeza de repente y miré una vez más hacia la puerta. Me quedé sin aliento, allí estaban, allí estaba Jake junto a su mamá. ¡Habían venido!
—Buenos días —saludó la madre de Jake con notable nerviosismo.
Mi corazón agitado se tranquilizó, se hizo un poco más ligero.
—Bienvenidos —respondí con una sonrisa llena de esperanza.
Al saludo se unieron mis padres, quienes hicieron un espacio para que ambos pudieran tomar asiento en nuestro banco. Jake lucía algo más delgado que hace cinco días y parecía perdido, como si no entendiera su realidad.
—Me alegra que hayas venido —le dije a Jake, quien solo me ofreció una mirada que no pude descifrar.
El culto siguió con normalidad. En la escuela dominical Jake fue recibido por todos los jóvenes con mucho cariño, Danla parecía muy sorprendida de verlo allí, al igual que Alina. Esta última le observaba con detenimiento y en su rostro aparecía una mirada que iba de la empatía, pasaba por la pena, pero también por la desconfianza. Parecía que comprendía su situación, pero a la vez se preguntaba si podría cambiar. Durante las adoraciones y la alabanza, Jake se mantuvo sentado, parecía no interesarle ninguna de aquellas cosas. Sabía que no todos llegábamos de la misma forma ante Dios, pero su poca receptividad, me ponía de nervios.
—Hermanos, yo le invito a que usted pueda buscar en su Biblia Salmos 52: 7-8 —dijo el pastor al comenzar la predicación, era mi última esperanza de que Jake estuviese interesado—. Hoy quiero decirle a cada uno de ustedes que, eres el ungido menos pensado —Esas palabras fueron de regocijo para mí, toda mi fe volvió con más fuerza, porque si no eran para Jake, entonces estaba media loca.
»—Hoy te digo que Dios te quiere sacar de tu pasado para convertirte en el ungido menos pensado. Dios te saca de lo más malo porque tiene un propósito para ti. No estás aquí porque sí, hay una esperanza de vida para ti. Muchos aquí han escuchado que no son nada, no valen, no lo vas a poder lograr, pero Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta, y si él te trajo ¡Vas a ser su ungido! No sé cómo lo hará, ni cuando, pero, por encima de todo, Dios sigue siendo Dios. Tenemos que mantenernos firmes. Dios no te ha plantado por gusto, te ha plantado para que estés firme.
Cada palabra sentía que iban dirigidas a Jake, él podía ser el ungido menos pensado, solo tenía que anhelarlo. Yo había sido la menos pensada para estar en la Iglesia después de lo que había pasado, pero aquí estaba a pesar de las palabras de desaliento que habían venido a mi vida. Al girar mi cabeza vi a Jake atento a las palabras del Pastor y su madre, con lágrimas en los ojos, hacía lo mismo. Era gratificante ver como una palabra que para algunos no significaba nada, para otros era casi un aliento de vida.
—Escucha bien este llamado —dijo el pastor cuando terminó la predica—. Si hoy has venido, no ha sido por gusto. Si hoy sientes que tu vida no vale nada, que nadie cree que puedas hacer algo bien. Yo te invito a pasar al frente, porque te digo, Jesús te ama, y puedes convertirte... en el ungido menos esperado.
En el altar el grupo de alabanza comenzó a cantar "Oceans" mientras todos nos poníamos en pie.
De repente Jake salió del banco y con gran resolución se dirigió hacia el altar, que él solo diera ese paso, pero Dios, a veces nos sorprendía. El pastor lo recibió en el altar y dejó su micrófono a un lado para cerrar sus ojos y orar por Jake. Yo también cerré mis ojos para pedir por Jake, para que él sintiera el poder de Dios, para que él se volviera de su mal camino.
Al abrir los ojos, vi a Jake arrodillado en el suelo y supe que el poder de Dios lo había tocado. Aquel era el verdadero arrepentimiento, no era solo el momento en que proclamadas en voz alta que Jesús era el Señor, sino en ese momento en que el alma se quebrantaba frente a él pidiendo perdón por todo lo que se había hecho mal, era el quebrantamiento que sanaba el alma. Jake, al igual que yo, se había perdido en la oscuridad y habíamos perdido nuestra dirección, pero cuando había vuelto a la Iglesia, me había dado cuenta que, a veces para descubrir quienes somos, debemos perdernos por completo.
Cuando al fin se puso en pie, el pastor le dio una palmada en el hombro. Jake comenzó el regreso hacia el banco y al llegar a mí, me abrazó con fuerza y correspondí a su abrazo, demostrando que tenía todo mi apoyo. Lo sentí temblar entre mis brazos mientras el llanto salía de sus labios, pero sabía que aquellas lágrimas, eran para edificación.
Al separarse de mí, mi padre le dio una palmadita en el hombro y mi madre le ofreció una sonrisa.
—Me alegra que hayas venido —le dije a Jake cuando el culto terminó y nos quedamos solos en el banco.
—Tengo que agradecerte a ti por haber sido la luz en mi oscuridad —respondió él con una pequeña sonrisa, era de las pocas veces que le había visto sonreír.