Este no es un cuento sobre fe.
Es un cuento sobre máscaras.
Sobre lo que haces para seguir vivo.
Y sobre lo que estás dispuesto a perder…
para volver a sertú.
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Érase una vez, un niño envuelto en seda, nacido bajo la luz dorada de un reino que ya no aparece en ningún mapa. Fue amado por personas de privilegio, arrullado por antiguas canciones que ya nadie canta, y maldecido por la suerte de nacer diferente.
Pero incluso los privilegios se acaban cuando el hambre florece como plaga.
El niño se hizo nadie.
Lo encontraron en una tierra ajena, sin nombre ni pasado. Rodeado de gente que no era igual a el. Y como todo lo que quiere sobrevivir siendo diferente, aprendió a disfrazarse. Aprendió a fingir.
Su refugio no fue un hogar, sino una jaula: piedra fría, rezos todo el dia, hábitos reciclados de monjas pasadas. El convento lo recibió con puertas abiertas y fe a conveniencia. No por caridad. Por utilidad.
Y él... se vistió de doncella.
Orvieto, 3 de noviembre, en un bosque que parecía devorar hombres - 6:36 a.m.
Las ramas jalaban y tiraban de los pocos retazos que quedaban de lo que en algún momento fue una camisa, las espinas desgarraban sus bíceps, y las raíces se enredaban entre sus pies como si la tierra quisiera detenerlo y arrastrarlo de vuelta de donde venía, pero no pertenecía. No. Podía. Detenerse.
La sangre ardía por los bordes de su cabeza, mezclándose con el sudor mientras corría. Los cuervos lo sobrevolaban con un vuelo delator. Ese último graznido no era solo un sonido, era una advertencia.
Huye. O muere.
La luz del primer sol se filtraba vagamente entre las hojas. A lo lejos escuchó un sonido distinto al graznido observador de los cuervos. El canto de un gallo. ¿El universo se había apiadado de él? ¿Estaba cerca de una aldea? Siguió corriendo.
Y lo vio, una estructura de muros altos de piedra, como si de un castillo se tratara, ventanas angostas y un campanario expuesto. Para confirmar, sintió su piel erizarse. Ardia.
Un convento.
Rió con desesperación, no con gracia.
—Perfecto —dijo,sin aliento—ninguno de estos cabrones me seguirá aquí.
Y sin pensarlo mucho, se deslizó entre los arbustos de rosas, cuyos tallos espinosos seguían cortando, trepó una pared baja y cayó dentro del claustro. Nadie lo vio. Nadie lo oyó. Como una sombra que ya no sigue a nadie.
No sabía cuánto tiempo podría quedarse. Solo sabía una cosa:
ese día, no moriría.
Convento de Santa Chiara, Orvieto, ese mismo día, 8:13 A.MLa mañana huele a incienso barato y humedad atrapada entre piedras. Sora abre los ojos en su celda estrecha, la espalda recta, el rostro neutro. El hábito roza su piel con la incomodidad de un nombre falso. Se incorpora sin mirar a su compañera dormida, acomodando la tela con movimientos ensayados.
"Esto es mejor que la calle" se repite. "Mejor que el hambre. Mejor que la muerte."
El día se consume en tareas grises: fregar, rezar, cocinar, sonreír. La abadesa le ordena limpiar la oficina del pastor por sexta vez esa semana. Sora obedece con un suspiro escondido entre los labios que dibujan una sonrisa perfecta.
Camina por el claustro mientras el sol atraviesa los vitrales. Cuando llega a la puerta, apoya la mano en el pomo como si temiera romperlo. La abre.
Pero la oficina no está vacía.
Hay alguien. No es el pastor. Ni una monja. Es... un hombre, alto, de rostro sombrío y ojos como brasas bajo hollín. Viste ropa raída que apenas cubre su torso;no hace nada,solo esta parado,encorvado,con cansancio, su presencia llena la habitación como una tormenta muda. Sora se detiene, el corazón sin alterar, solo los ojos abiertos como si acabara de ver algo prohibido. Muy prohibido.
—¿Quién eres y qué haces aquí?—pregunta con voz suave, más por instinto que por falta de miedo.— No pareces del clero.— Sintiendo un escalofrío bajar por su columna. Frunciendo el ceño un poco sin romper su prácticada expresión de paz.
El extraño ladea la cabeza,su cuerpo se paralizó. Sonríe. Una sonrisa torcida,como si eso fuera lo único que le quedara.
—No hueles a incienso —murmura con voz rasposa.— Hueles a algo que quería vivir... y tuvo miedo de morir.
Da un paso. El suelo cruje. Sora no retrocede.
—¿Y por qué usas esa voz prestada, doncella?
Sora no responde. A estas alturas, la máscara ya es piel. Pero algo en la mirada del intruso lo atraviesa. Esos ojos... han visto más de lo que deberían. Es un Demonio,una criatura que se arrastró fuera de el Inframundo,lo que le faltaba a su vida monótona,que no tenía por qué seguir siendo monótona.
La criatura se acerca con pasos que hacen que la madera cruja como súplicas. El demonio ve la cruz, su cuerpo se paraliza y frunce el ceño con algo más que simple desagrado.
—Eso no te pertenece —susurra, y alarga una mano temblorosa para rozar el colgante.
Un chasquido. Un destello. La cuerda que sostiene el dije se rompe. El metal quema su piel. Él ríe, bajo, casi triste.
—Tampoco te lo mereces...
Sora lleva la mano al pecho, protegiendo el símbolo ausente. Lo observa, ahora con una mezcla de desconfianza y... reconocimiento.
—¿Sabes quién soy?
—No sé tu nombre, pero huelo el deseo de libertad, ciertamente. —responde el demonio. Y se acerca más. Manteniendo esa sonrisa que no llega a los ojos.