Luz Y Oscuridad

CAPÍTULO I

LA LUZ QUE NO DEBE SER NOMBRADA

El palacio del Rey se elevaba como un coloso silencioso sobre la ciudad amurallada, una bestia de piedra que observaba el fin del mundo desde sus torres ennegrecidas.

El cielo estaba siempre gris. La tierra, quebrada.
Y dentro, en la penumbra del ala norte, la “biblioteca prohibida” respiraba con un susurro antiguo.

Adael empujó la pesada puerta de madera, y ésta gimió como si no quisiera dejarlo entrar. El muchacho contuvo un escalofrío. Desde pequeño, aquel lugar lo inquietaba: no por los libros, sino por la sensación de que algo lo vigilaba desde los techos abovedados.

Las estanterías parecían gigantes dormidos cubiertos de polvo. En una mesa olvidada, encontró unas hojas sueltas, frágiles, casi transparentes.

Las letras grabadas eran extrañas: una escritura curvada y viva, como si hubiera sido trazada con fuego.

A pesar del miedo, la curiosidad lo empujó.

Se inclinó sobre el texto y lo leyó en voz baja, temblando:

— …Y el Cordero descendió llevando la luz entre sombras; aquel que tomó forma de hombre y cuya sangre habló a los siglos. Su voz desató la memoria dormida....

Las velas titilaron de golpe. El aire se volvió más frío.

Una voz explotó detrás de él:

— ¿¡Qué estás haciendo aquí!?

Adael se sobresaltó. Las hojas casi se le escapan de las manos.

Su madre, Anne, estaba en el umbral con los ojos muy abiertos, rojos de ira… y miedo. Su respiración era rápida, irregular, como si acabara de correr.

— M-madre… yo solo… — balbuceó Adael.

Anne avanzó de un salto, le arrancó las páginas de las manos y las apretó contra su pecho.

— ¿Quién te dijo que podías leer esto? — susurró, aunque el susurro sonó más peligroso que un grito.

— No… no debía estar aquí… lo sé, pero… — Adael tragó saliva — ¿Qué es este libro? ¿Quién es ese Dios del que habla?

El rostro de Anne se quebró por un instante. No era enojo. Era terror puro.

Sus dedos temblaron alrededor del pergamino.

— No vuelvas a leer estas palabras, Adael — dijo con voz ronca — No pronuncies ese nombre. Ese libro… ese Dios… “Le costaron la vida a tu padre”.

Adael sintió cómo el mundo se detenía.

— ¿Mi… padre?

La mirada de su madre se desvió hacia una esquina oscura de la biblioteca, como si temiera que algo estuviera escuchando.

— Tu padre murió buscándolo. Murió por estas tonterías. — Su voz se quebró — ¡Lárgate! ¡No tienes permitido entrar aquí! ¡Ni mencionar esto jamás!.

Adael retrocedió, aturdido. La furia de su madre no lo hería tanto como su miedo.

¿Qué podía provocar tanto terror en Anne como para hablar así del padre de su hijo?

Adael salió de la biblioteca sin entender cómo lo hacían sus piernas.

El aire del pasillo estaba helado, y a lo lejos, creyó escuchar un murmullo… como si las palabras que había leído quisieran seguir hablándole.

“…la voz desató la memoria dormida…”

La noche cayó como un velo de tinta sobre el palacio.

Cuando Adael volvió al comedor, la familia ya estaba reunida alrededor de la mesa.

Su madre, con el rostro rígido.

“Miguel”, el hermano mayor, con su sonrisa burlona.

“Nara” que jugaba con el pan mientras miraba de reojo a las paredes.

La pequeña “Lia”, medio dormida, tarareando una melodía que nadie le había enseñado.

Y “Leonit”, el padrastro, con su presencia pesada, casi opresiva.

— Adael, siéntate — ordenó Leonit, sin mirarlo siquiera— Vamos a orar.

Todos inclinaron la cabeza.

Adael imitó el gesto, aunque sentía un nudo en la garganta.

— Baal, señor de esta casa y de este reino — resonó la voz grave de Leonit — recibe nuestra gratitud. Que tu sombra nos cubra y tu fuego nos alimente.

Adael sintió una corriente de aire frío subirle por los brazos. Cuando terminaron, no pudo contener la pregunta:

— ¿Quién es Baal? ¿Por qué le agradecemos?.

Leonit alzó la mirada. Sus ojos parecían pozos vacíos.

— Pronto lo sabrás. Es el dios al que servimos… y al que servirás tú también.

El silencio cayó como una losa.

Hasta que Leonit habló de nuevo:

— Me dijeron que estabas en la biblioteca. Leyendo cosas prohibidas. Adael?

Miguel soltó una carcajada, y Nara lo imitó, aunque sus ojos temblaban.

— Estás castigado — sentenció Leonit — no saldrás del castillo durante una semana.

Adael apretó los dientes. No dijo nada.

Terminó de comer con el corazón estrujado y se retiró sin mirar a su madre.

Su habitación estaba en la torre más alta del palacio.
Los vientos golpeaban la ventana como uñas largas arañando el vidrio.

Pero Adael no podía dormir.

Algo lo llamaba.

Se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí podía ver toda la muralla gigantesca que rodeaba la ciudad: un círculo de piedra colosal, tan antiguo como el mundo antes del apocalipsis.

Y entonces la vio.

Una «LUZ».

Muy lejos, más allá del muro.

No era una antorcha.

Ni un fuego común.

Era una luz pura, blanca, viva… como si respirara.

Y en el momento en que Adael la miró, sintió un cosquilleo en la nuca.

— Adaael… — susurró una voz detrás de él.

Se giró.

La habitación estaba vacía.

La luz volvió a parpadear.

Como si lo llamara

Como si lo conociera.

—¿Qué hay más allá del muro? — susurró.

La ciudad nunca hablaba de eso.
El rey lo prohibía.
Su madre lo temía.

Pero esa noche, Adael supo que **su destino estaba al otro lado**.

La luz brilló una última vez, como un latido.

Y Adael, con la respiración entrecortada, sintió que su mundo acababa de romperse.

Fin..



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En el texto hay: misterio, accion, magia

Editado: 03.01.2026

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