EL QUE ESCUCHA LA LUZ
La luz del amanecer no trajo paz, el palacio despertó cubierto por una neblina espesa que se deslizaba como serpientes blancas entre los muros. Nadie recordaba haber visto niebla en esa zona del reino, pero nadie se atrevió a comentarlo. En los tiempos apocalípticos, cualquier cambio era un presagio… y la gente prefería no nombrar los presagios.
Adael despertó sobresaltado. No por la neblina — si es que podía llamarse neblina — sino por un sueño que aún le aferraba el pecho.
En el sueño había visto un Cordero y un ser blanco, solemne, de ojos profundos… ojos humanos.
Le había hablado sin mover la boca, y su voz sonaba como un viento lejano: “Busca la verdad donde los hombres no pueden verla.”
Y luego:
“Tu padre no murió.”
Adael se incorporó de golpe, sudando.
No podía recordar más.
Solo la mirada del Cordero.
Mientras intentaba recomponerse, escuchó un murmullo al otro lado de la puerta.
— Mamá está llorando otra vez — susurró una voz infantil.
— Déjala — respondió Nara con un hilo de voz — Anoche gritó mientras dormía. Dijo que alguien la estaba llamando desde el muro.
Adael se quedó inmóvil.
Su madre, siempre tan controlada, llorando y hablando del muro…
Algo no estaba bien.
Y él sabía que todo había empezado en la biblioteca.
Cuando bajó a la planta inferior, encontró a Anne con los ojos hinchados y la piel pálida. Leonit estaba a su lado, tocándole el hombro con una mano pesada, como si quisiera recordarle que él estaba ahí… siempre.
— Adael — dijo Leonit sin girar se — ven aquí.
El muchacho avanzó con cautela. El padrastro lo observó con esos ojos vacíos que parecían hechos de piedra.
— Tu madre no ha dormido. Y tú no ayudarás mucho con preguntas — sentenció — Desde hoy, queda prohibido que te acerques a la biblioteca. Si vuelvo a saber que estuviste allí… habrá consecuencias.
Adael sintió un escalofrío.
— No tengo intención de volver — pero mintió.
Leonit bajó la mirada hacia él, lentamente.
— Buena decisión. Pero recuerda, muchacho: “la verdad no siempre es un don. A veces es una maldición”. Y hay verdades que este reino ha enterrado por un motivo.
Anne se estremeció, como si esa frase la hubiera golpeado.
Leonit la ignoró.
— Ve a estudiar con Miguel hoy se entrenarán juntos.
Miguel sonrió con un brillo cruel.
Adael supo que sería un día largo.
El patio de entrenamiento estaba vacío. El suelo, aún húmedo por la neblina, olía a hierro y tierra. Miguel tomó una espada de práctica y se la lanzó a Adael con desdén.
— Atrápala — ordenó.
Adael la tomó, casi dejándola caer.
Miguel soltó una carcajada.
— Madre debería preocuparse más por mí. Soy yo el que puede proteger a la familia, no tú.
— No es una competencia — respondió Adael, pero sus palabras fueron ignoradas.
Miguel se acercó y, de forma repentina, golpeó la espada de Adael, forzando un enfrentamiento. Era más fuerte, más grande, más entrenado. El choque metálico resonó en el patio.
— ¿Qué estabas leyendo ayer? — preguntó Miguel con voz baja, casi amenazante — Dicen que era algo peligroso.
Adael intentó apartarse.
— No era nada…
— Mentira. Mamá estaba aterrada. ¿Qué le hiciste?
— Nada. Solo leí.
Miguel dio un golpe más fuerte, haciendo temblar los brazos de Adael.
— No vuelvas a asustarla. O tendrás que responderme a mí — gruñó.
Entonces, un viento repentino atravesó el patio, helado como la muerte, Miguel se detuvo.
Ambos miraron hacia la parte más alta del palacio.
La ventana de la habitación de Adael estaba… “abierta”.
Adael sintió que la sangre se le congelaba.
Él la había cerrado. Estaba seguro.
Y en el marco de la ventana, como si hubiera sido dibujado por la sombra misma, había un símbolo:
Un “círculo” con una línea vertical y otra horizontal en el centro.
Simple.
Pero extraño.
Demasiado extraño.
Miguel dio un paso atrás.
— ¿Qué… qué es eso? — susurró.
Adael no respondió. No podía.
Ese símbolo estaba también en el pergamino que había leído.
Cuando el entrenamiento terminó, Adael no regresó de inmediato a su habitación. Se dirigió al ala norte, al pasillo oscuro que conducía a la biblioteca.
El castigo de Leonit resonaba en su mente, pero algo más fuerte que el miedo lo llamaba.
La luz, el sueño, la voz…
El pasillo estaba más oscuro de lo normal, como si la luz evitara ese lugar. Las paredes parecían sudar humedad negra. Adael avanzó con pasos lentos, conteniendo la respiración.
Al llegar a la puerta de la biblioteca, la encontró entreabierta.
Su corazón golpeó con violencia.
Él la había visto cerrar la noche anterior.
Leonit también la había cerrado.
Entonces… ¿quién la había abierto?.
Cuando empujó la puerta, un olor a papel viejo y a ceniza lo envolvió.
La sala estaba… más fría.
Y sobre la mesa central, donde antes estaban las hojas antiguas, ahora había “una sola página”, iluminada por una vela que no recordaba haber encendido.
Adael dio un paso.
Y leyó las palabras, temblando:
“Quien escucha la Luz nunca vuelve a pertenecer a las Sombras.
El padre buscó el camino.
El hijo lo terminará.”
El corazón de Adael se detuvo.
Detrás de él, la puerta se cerró con un golpe.
Y una voz suave, casi quebrada, habló desde la oscuridad:
— Adael… ¿por qué regresaste?.
Era su madre.
Pero sus ojos… ya no eran los mismos.
Fin...
Editado: 19.01.2026