Luz Y Oscuridad

CAPÍTULO III

LO QUE LA LUZ RECLAMA

Adael se quedó helado.

Su madre avanzó lentamente hacia él, apenas respirando, como si el aire mismo se negara a entrar en su pecho.

— Mamá… — susurró.

Anne no contestó. Sus pupilas parecían dilatadas hasta casi absorber el color de sus ojos. La vela en la mesa tembló, proyectando sombras que se retorcían como si estuvieran vivas.

— ¿Por qué regresaste? — repitió ella, con la voz ronca.

Cada palabra era una mezcla de furia y miedo.

Adael tragó saliva.

— Porque necesito la verdad. Ayer… viste ese libro y te asustaste. Dijiste que papá… que él murió por esto.

El nombre del padre cayó entre ellos como un fantasma.

Anne cerró los ojos.
Sus manos temblaron.

— No entiendes lo que estás desenterrando — susurró— No sabes lo peligrosa que es esa Luz que buscas.

Luz.

La palabra golpeó a Adael como un latigazo.

El sueño.

La figura blanca.

La voz que dijo que su padre no había muerto.

— Mamá… — Adael se acercó con cautela — Nara te escuchó hablar anoche. Dijiste algo del muro. Dijiste que alguien te llamaba…

La mujer abrió los ojos, y un estremecimiento cruzó su rostro.

Casi lloró, pero la lágrima no logró caer.

— Adael… hay cosas que nunca debiste escuchar. Cosas que tu padre tampoco debía haber perseguido.

La página sobre la mesa crujió.
Como si respondiera.

Anne la miró con horror, dio un paso atrás y casi tropezó con una estantería.

— Ese símbolo — dijo Adael señalando el círculo y la línea vertical, marcado en tinta negra — Anoche apareció en mi ventana. ¿Qué significa?

El rostro de Anne se descompuso.

— Ese… ese es el Sello del Llamado — susurró —El símbolo que siguen aquellos que buscan al Cordero. Tu padre lo portaba. Y lo maldijo.

El corazón de Adael latía con fuerza.

— Entonces… ¿mi padre era un creyente de ese Dios? ¿De ese Cordero?

Anne negó con la cabeza, pero su voz la traicionó.

— No al principio… — respondió — Pero la Luz lo eligió… como ahora te elige a ti.

Adael sintió un vacío abrirse bajo sus pies.

— ¿Qué estás diciendo?.

Anne respiró hondo.
Por primera vez, abrió las puertas del secreto que la había consumido por años.

— Tu padre… — Anne apretó las manos contra su pecho — no murió como dices.
No lo encontraron sin vida.
No hubo cuerpo.

Adael sintió un escalofrío.

— Se fue. Pero no por voluntad propia — continuó ella— Lo escuchaba por las noches. Igual que tú. Voces… llamándolo desde más allá del muro. Le decían que él era “el portador”, “el buscador de la luz”.

Adael recordó la voz que lo llamó la noche anterior.

Un susurro suave.

Demasiado humano.

— Tu padre empezó a cambiar — Anne temblaba — Podía ver cosas que nadie veía. Sombras que caminaban detrás de la gente. O luz donde no había fuego. Decía que Baal era un dios falso… un impostor. Que el reino serviría pronto a un dios verdadero… uno antiguo… uno que sangró por los hombres.

— El Cordero… — susurró Adael.

Anne lo miró con terror, como si pronunciar el nombre manchara el aire.

— Los guardias del rey lo escucharon. Leonit también. Y lo denunciaron como traidor.
Tu padre escapó… y lo perseguimos hasta el muro.

Su voz se quebró.

— Yo… estaba con él, Adael. Yo vi cuando… cuando la luz cayó sobre él. Una luz blanca… pura… pero no humana. Y entonces… desapareció. Lo devoró. Como si lo hubiera absorbido.

Anne cayó de rodillas.

— No quedó nada. Nada.

Adael sintió que su mundo se rompía de un solo golpe.
Pero algo en su interior ardía.
Una chispa.
Una certeza.

— La Luz no lo mató — susurró Adael, mirando la página brillante — Lo llevó a algún sitio.

Anne levantó la mirada, horrorizada.

— ¡No digas eso! ¡No entiendes lo que dices!

Las paredes temblaron.
La vela casi se apagó.

Y entonces ocurrió.

La puerta de la biblioteca volvió a cerrarse, esta vez por sí sola.

El aire se volvió helado.

La luz de la vela se alargó, proyectando una sombra en la pared…

Una sombra que no era la de Adael

Ni la de Anne.

Una figura alargada, casi humana, pero distorsionada, como si sus huesos estuvieran en ángulos imposibles.

Adael dio un paso atrás.

Anne palideció por completo.

—No… — susurró ella, con voz quebrada — Está aquí…

La sombra alzó una mano, delgada y temblorosa, y su dedo señaló directamente a Adael.

El símbolo en la página brilló con un destello blanco.
La sombra retrocedió violentamente, como si hubiera sido quemada.

Soltó un chillido seco, indescriptible, y desapareció por la pared.

Anne cayó al suelo, respirando con dificultad.

Adael se quedó mirando la página, que aún brillaba con un resplandor tenue.

— Mamá… — dijo en voz baja, con el corazón acelerado — Esa sombra… ¿qué era?

Anne respondió con un hilo de voz:

— Un siervo de Baal.

Adael la miró fijamente.

Ella continuó:

— Tu padre decía que Baal no es un dios… sino una sombra que devoró un reino entero.
Que su culto controla al rey.
Y que quienes sirven al Cordero… son perseguidos.

Adael apretó los puños.

La ira, el miedo y la determinación ardían dentro de él.

— Entonces… papá no murió por nada — susurró — Y yo tampoco pienso hacerlo.

Anne lo miró con un terror distinto.
Un terror desesperado.

— Adael… escúchame bien.
La Luz te está llamando.
Y cuando la Luz llama… nadie puede escapar.

Un silencio terrible llenó la biblioteca.

Y entonces, desde algún punto detrás del muro, resonó un sonido profundo, grave, como un cuerno antiguo llamando desde el fin del mundo.

El sonido atravesó el palacio entero.

Adael lo sintió en los huesos.

La Luz… lo estaba llamando.

Fin...



#41 en Ciencia ficción
#222 en Thriller
#102 en Misterio

En el texto hay: misterio, accion, magia

Editado: 19.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.