SENTENCIA
El símbolo en la página brillaba tenuemente, como si respirara.
Pero un estruendo interrumpió.
La puerta de la biblioteca “se abrió de golpe” como si la hubiera empujado una fuerza brutal.
Siete figuras entraron.
Seis escoltas armados.
Y entre ellos, con mirada de hierro, “el rey Leonit”.
Adael tragó saliva.
Anne dio un paso adelante instintivamente.
El rey no perdió tiempo.
— Adael — dijo con voz profunda — El reino entero te busca.
Los guardias se alinearon, apuntando sus lanzas directamente hacia el muchacho.
Leonit avanzó un paso, su presencia llevando consigo una sombra oscura que parecía envolver sus manos.
Su don vibraba como un animal furioso esperando ser liberado.
— Vimos el símbolo que apareció en tu ventana —sentenció — “El Sello de los Hijos de la Luz”.
Adael retrocedió, sintiendo un peso caer sobre su pecho.
— Ese símbolo… ¿por qué…?
Leonit lo interrumpió con un tono implacable, casi ceremonial:
— Aquella sombra que te señaló no era una criatura cualquiera.
Y su señal sobre ti, príncipe… fue tu sentencia de muerte.
Anne apretó los dientes.
— ¡No te atrevas!.
El rey volvió lentamente el rostro hacia ella.
Y esta vez habló con una frialdad que cortaba.
— Anne… — se acercó un paso más —Tú, naciste con un don. No me sorprende que intentes usarlo ahora.
En este reino, todos los tenemos… y todos sabemos sus límites.
La miró con severidad.
— Pero que te atrevas a usarlo para proteger a un Hijo de la Luz… es traición contra Baal.
Adael sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Leonit levantó la mano, señalándolo.
— Por decreto sagrado, los hijos de la Luz deben morir.
Son enemigos del reino.
Enfermedades nacidas para quebrantar la fe.
Anne lo interrumpió con un grito:
— ¡Mi hijo no es una enfermedad!.
Leonit entrecerró los ojos.
— Entonces tú sí lo eres — replicó con desprecio — por negarte a cumplir la voluntad de tu dios.
Los guardias se adelantaron con un paso amenazante.
Adael quedó inmóvil, paralizado entre el fuego del miedo y el dolor de escuchar a su madre tildada de traidora.
Leonit levantó su mano cubierta por sombras, preparándose para atacar.
— Muere, hijo de la Luz — ordenó.
Pero Anne actuó antes.
Una vibración recorrió la sala.
El aire empezó a arder.
Los ojos de Anne brillaron con un fulgor rojo, y su piel emanó un calor imposible.
— ¡NO LO TOCARÁS! — rugió.
Copió el poder que aún residía en la biblioteca, el rastro del fuego espectral que había dejado la sombra.
Y lo liberó.
Un muro de fuego blancoemergió del suelo con violencia, separando a Adael de los guardias.
El calor dobló el metal, incendió pergaminos y sacudió el aire como un huracán ardiente.
Los soldados retrocedieron instintivamente.
Leonit entrecerró los ojos, sin miedo, pero sí irritado.
— Siempre fuiste débil, Anne — escupió —
Débil para la fe.
Débil para tu dios.
Débil para aceptar que tu hijo está condenado.
Anne, con lágrimas evaporándose antes de caer, gritó:
—¡ADAEL!
¡CORRE!
¡HUYE!
Adael sintió el corazón romperse.
Quería quedarse.
Quería luchar a su lado.
Pero ella gritó de nuevo, con una desesperación que no dejaba espacio para dudas:
— ¡HUYE, MI NIÑO! ¡HUYE O MORIRÁS!.
Y entonces Adael activó su don.
Una descarga azul recorrió su cuerpo.
El aire silbó.
El mundo tembló alrededor de él.
Y Adael estalló en una velocidad eléctrica, desapareciendo de la vista en un parpadeo.
Los guardias gritaron:
— ¡Deténganlo!.
¡No puede escapar!
Pero era demasiado tarde.
Adael se volvió un relámpago vivo que atravesó pasillos, golpeó puertas, esquivó lanzas, y dejó atrás una estela de luz.
El palacio entero se movilizó.
Flechas.
Gritos.
Alarmas.
Todo el reino se volcó para atraparlo.
Pero él seguía corriendo.
Con lágrimas que el viento arrancaba antes de que tocaran su rostro.
Con el corazón hecho pedazos.
Con la imagen de su madre rodeada de fuego.
Y justo al final del corredor, vio la salida hacia el exterior.
El muro.
Su destino.
Respiró con dificultad, y su voz apenas fue un susurro:
— Mamá… lo siento…
Un estallido de luz lo empujó hacia adelante.
Rompió el portón.
Atravesó la explanada.
Y sin mirar atrás…
salió del muro.
El reino quedó atrás.
La persecución terminó.
La huida comenzó.
Fin...
Editado: 19.01.2026