Luz Y Oscuridad

CAPÍTULO V

TIERRA DE SOMBRAS

El silencio fuera del muro no era realmente silencio.
Era un vacío… un eco… un latido ahogado que parecía provenir de la tierra misma.

Adael cayó de rodillas, con los brazos temblorosos y el pecho ardiendo por la corrida.
La energía del rayo aún vibraba en su interior, como si quisiera seguir corriendo aunque él ya no pudiera.

Las puertas del muro se incorporaron a sus espaldas con un estruendo metálico que resonó como una sentencia.

Estaba solo.
Solo por primera vez.

—¿Qué… qué hago ahora? — susurró, con la voz rota.

Había dejado a su madre.
Había huido del palacio donde nació.
Y ahora era un fugitivo marcado por Baal.

El viento helado lo golpeó, levantando polvo y ceniza.
El aire tenía un sabor agrio, casi quemado.

La tierra más allá del muro era distinta a cualquier historia que le habían contado.

Árboles resecos.
Ruinas de estructuras que parecían haber sido devoradas por fuego.
Rocas negras llenas de grietas que parecían calaveras abiertas.

Un páramo muerto.

Mientras se ponía de pie, un susurro apenas audible rozó su oído, como si viniera desde muy lejos.

— Levántate…

Adael se tensó.

— ¿Quién… está ahí? — miró a su alrededor, girando sobre sí mismo.

Pero no había nadie.
Ni una figura.
Ni una sombra.
Nada.

Solo la voz, suave, masculina.

— No te detengas…

Adael tragó saliva.

—¿Me estás… guiando?

No obtuvo respuesta.

Pero el susurro había tenido un efecto extraño:
su miedo disminuyó, aunque fuera apenas un poco.

El joven respiró hondo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, y dio su primer paso hacia ese mundo muerto.

*Los demonios del exterior*

No había caminado ni cinco minutos cuando lo sintió.

Un crujido.
Un gruñido bajo.
Un olor putrefacto, como carne húmeda.

Adael se detuvo.
Miró hacia la línea de árboles muertos.

Algo se movió allí.

No uno.
Varios.

De pronto, tres criaturas emergieron de entre los troncos como sombras vivas.

Sus cuerpos eran largos y torcidos, como esqueletos cubiertos por piel negra y rasgada.
Sus ojos brillaban con un resplandor carmesí.
Sus bocas estaban abiertas en un gruñido lleno de dientes afilados.

Demonios.

Los mismos que Baal había liberado.
Los mismos que se rumoreaba que vivían fuera del muro, siempre hambrientos.

El primero de ellos lanzó un rugido y se abalanzó sobre Adael.

Él reaccionó por instinto.

Su cuerpo se iluminó azul.
El aire chisporroteó.
Y un estallido eléctrico surgió de sus manos.

El demonio fue lanzado hacia atrás, chocando contra un árbol que se partió en dos por la fuerza del impacto.

Otro demonio se lanzó desde la izquierda.

Adael giró sobre su propio eje, dejando una estela de luz.
El demonio intentó alcanzarlo, pero Adael se movió demasiado rápido:
un rayo humano que lo atraviesa y lo desintegra al instante.

El tercero era más grande.
Más lento.
Pero sus brazos eran enormes y su boca parecía una grieta sangrienta.

Rugió, levantando polvo a su alrededor.

Adael respiró hondo, preparando su energía.
Su pecho vibró.
Sus piernas temblaron.

— Vamos… — susurró.

El demonio cargó.

Adael se lanzó hacia adelante.

Un destello brutal iluminó la noche.
Las chispas explotaron como estrellas.
Y ambos chocaron con un estruendo que hizo temblar el suelo.

Cuando la luz se disipó, Adael estaba de pie.

El demonio… no.

Se desmoronó en el suelo como carbón deshecho.

El silencio volvió.

Adael miró sus propias manos, temblorosas, aún ardiendo con electricidad.

— ¿Qué es este poder?, Soy… más fuerte de lo que pensé — murmuró, sorprendido y aterrorizado al mismo tiempo.

El susurro volvió, casi como un aliento:

— No temas… Ese poder es tuyo…

Adael apretó los dientes.

— ¿Quién eres? — exigió, mirando el vacío—
¡Dime tu nombre!

Pero solo el viento respondió.

Cansado, herido y emocionalmente destrozado, Adael siguió caminando.

El cielo comenzó a oscurecer más.
Las nubes parecían moverse como sombras vivas.
La tierra crujía bajo sus pasos, llena de rocas afiladas y restos de antiguas construcciones.

Ruinas interminables.
Restos de un mundo destruido hace mucho tiempo.
Casas derrumbadas, estatuas partidas, piedras marcadas con símbolos que nunca había visto.

Un paisaje muerto.

Adael avanzó con pasos lentos, torpes.

— ¿Qué pasó aquí? — susurró.

No sabía si la respuesta vendría del viento… o de ese hombre invisible que lo guiaba.

No sabía si debía confiar en él.
No sabía si estaba solo… o si alguien lo observaba desde la oscuridad.

Pero sí sabía una cosa:

Ya no era un príncipe del reino de Baal.
Ya no era un hijo encerrado tras un muro.

Ahora era un fugitivo.
Un sobreviviente.
Un buscador de la verdad.

Y mientras caminaba sobre la tierra destruida, con la noche cayendo lentamente encima de él, una idea se clavó en su mente como una llama que no podía apagarse:

— “Tengo que descubrir quiénes somos los hijos de la Luz.”

Y siguió caminando.

Hacia lo desconocido.
Hacia la verdad.
Hacia su destino.

Fin...



#41 en Ciencia ficción
#222 en Thriller
#102 en Misterio

En el texto hay: misterio, accion, magia

Editado: 19.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.