Luz Y Oscuridad

CAPÍTULO VI

“EL REFUGIO ROTO”

Adael caminó hasta que sus piernas dejaron de obedecerle.

Cada paso era un latido doloroso, una puñalada en los músculos cansados. La energía del rayo todavía hormigueaba bajo su piel, pero no como un poder… sino como un peso, como brasas que lo quemaban desde dentro.

El mundo alrededor se volvía borroso.

La noche caía.
El frío se volvía más profundo.
El silencio, más agresivo.

La tierra crujía bajo sus botas, pero él ya no sentía casi nada.
Sólo cansancio.
Un cansancio que parecía venir desde el fondo de su alma.

— No puedo… seguir… — susurró, aunque no esperaba respuesta.

El susurro — esa voz masculina sin rostro — dijo apenas una sola palabra, distante, casi desvaneciéndose:

— Resiste…

Y luego nada más.

Por primera vez, Adael sintió que realmente estaba solo.

Cuando sus piernas por fin cedieron, Adael cayó de rodillas frente a una estructura semidestruida. No sabía si era un templo, una torre o algún refugio antiguo. Lo único importante era que aún tenía paredes… y sombra.

Apenas logró arrastrarse hacia el interior.

El edificio olía a polvo seco y piedra antigua. El techo estaba partido, dejando entrar una luz grisácea que parecía demasiado cansada para iluminar.

Adael apoyó la mano en una columna rota y se dejó caer contra ella, jadeando como si hubiera corrido durante días.

Sus brazos temblaban sin control.
El pecho le ardía.
Las manos aún chisporroteaban, pero de forma débil, intermitente, como un corazón que late a punto de detenerse.

Se llevó una mano a la frente. Estaba caliente.
Su respiración era un temblor constante.

— No… aguanto… — murmuró.

Quería dormir.
Quería cerrar los ojos y dejar que la oscuridad lo tragara, aunque fuera peligrosa.

Pero el frío que se filtraba desde las grietas del edificio le impedía hacerlo.

Cuando por fin levantó la cabeza, notó algo extraño.

En las paredes, detrás de la capa de polvo, había símbolos tallados. Algunos en espiral, otros como rayos o líneas entrelazadas. No eran marcas demoníacas. No eran del reino de Baal. No eran nada que él reconociera de su vida detrás del muro.

Pero… le resultaban familiares.

Como si algo dentro de él — algo antiguo — los recordara.

Pasó los dedos sobre una de las marcas.
Un rayo tallado dentro de un círculo.

Sintió un escalofrío.

“¿Esto… tiene que ver conmigo?”

Se obligó a ponerse de pie, tambaleándose.
Miró alrededor.

Más símbolos.
Más círculos.
Más representaciones de luz, de energía, de fuego blanco.

Hijos de la Luz.

La idea surgió en su mente como si alguien la hubiera susurrado, pero esta vez la voz no venía de afuera… sino de dentro.

— ¿Vivieron aquí? — preguntó en voz baja — ¿O… murieron aquí?

No obtuvo respuesta.

Pero la atmósfera del lugar cambió.
No parecía un santuario trivial.
Parecía un vestigio de algo… importante.

Un sonido metálico llamó su atención.
Apenas un *clic*… como si algo hubiese chocado contra una piedra.

Adael se acercó a un montón de escombros en el centro del recinto.
Su cuerpo protestó.
Cada movimiento era un tormento.
Pero siguió adelante, impulsado por un instinto que no comprendía.

Removió una roca con dificultad.
Luego otra.
Y otra.

Debajo de ellas vio algo delgado, recto… y brillante a pesar de la suciedad.

Su corazón dio un salto.

Era una empuñadura.

Adael la tomó con manos temblorosas y tiró suavemente.
El objeto salió a la luz.

Una espada.

Vieja.
Silenciosa.
Enfundada en una vaina cubierta de símbolos que coincidían con los de las paredes.

La hoja estaba apagada, inerte, sin brillo… pero aun así transmitía una presencia.
Un peso distinto al de un arma común.

Adael la sostuvo con ambas manos.

Se sintió extraño.

No era liviana ni pesada.
Era… justa.
Como si estuviera hecha específicamente para su agarre.

En la base de la empuñadura había una marca en espiral con un rayo en el centro.

La misma que él había visto tantas veces en los muros del palacio.
Un símbolo prohibido.
Uno que Baal había mandado borrar de la historia.

Adael sintió que el aire se volvía más frío.

— ¿Pertenece… a ellos? — susurró — a los Hijos de la Luz…

El susurro — la voz — habló por última vez en todo el capítulo, débil, como un eco perdido.

— Protégela…

Adael levantó la vista.
Esperó por más.

Pero no llegó nada.

Sólo un silencio pesado.

Un silencio que parecía decir:

“No debiste encontrarla… o tal vez sí.”

Adael retrocedió hasta apoyarse contra la pared.
Su cuerpo ya no respondía.
La espada descansaba sobre sus piernas, fría y misteriosa.

Por un instante, el joven cerró los ojos.

Su respiración se hizo lenta.
Su corazón también.

Y en el límite entre la consciencia y el sueño, una imagen cruzó su mente:

Una figura luminosa — no una sombra, sino un rayo — alzando esa misma espada sobre una multitud.
Una voz que gritaba su nombre desde algún lugar que no existía.
Una batalla.
Luz contra Oscuridad.
Y él, en medio de todo.

Se despertó sobresaltado.

La imagen desapareció.

La espada seguía allí.

Real.

Adael la apretó con fuerza.

No sabía por qué estaba en ese lugar.
No sabía por qué la sentía tan familiar.
Pero sí sabía que no era una simple arma.

Y aunque estaba agotado, herido y completamente perdido…

Por primera vez, algo dentro de él se encendió.

Un propósito.

Una pregunta que ardía como un rayo dentro de su pecho:“

— ¿Qué soy realmente?.

La noche avanzaba afuera, llena de amenazas.
Pero Adael, aun sin poder levantarse, no estaba tan indefenso como antes.

Había encontrado algo.



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En el texto hay: misterio, accion, magia

Editado: 19.01.2026

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