LA PALABRA EN LA CENIZA
Liria se arrodilló en una roca plana, desplegando la página antigua con manos cuidadosas. Adael se inclinó a su lado, todavía agotado pero con la respiración más estable.
El fragmento parecía brillar débilmente, como si recordara la presencia de aquel Dios al que perteneció siglos atrás.
— Lee lo que dice — pidió Adael, su voz rasposa por el cansancio y algo más… por un presentimiento.
Liria asintió y acercó los dedos a la escritura luminosa.
En el instante en que la tocó, la página respondió con un resplandor suave, cálido, como un suspiro divino atrapado en la tinta.
—“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” — leyó Liria con una voz que tembló al pronunciarlo.
El viento se detuvo.
El páramo entero pareció contener el aliento.
Las palabras resonaron en el aire como si aún pertenecieran a una voz mayor, una voz que había cruzado el cielo y la carne antes de ser crucificada por los hombres.
Adael sintió un escalofrío; no de frío, sino de reconocimiento.
Como si la luz que surgía del fragmento buscara algo dentro de él… algo dormido.
Liria enrolló lentamente la página, protegiéndola del viento nocturno.
— Ahora entiendes por qué Baal quiere destruir todo esto — susurró — Esta verdad lo amenaza… porque habla de luz, y de vida, y de un camino que él no puede controlar.
Adael apoyó la espalda en la roca, aún con la vista fija en el fragmento.
— ¿Por qué reaccionó cuando la tocaste? — preguntó— Y cuando yo la toqué… también sentí algo.
Liria respiró profundo, recogiendo fuerzas antes de explicar algo que, claramente, pesaba en su alma.
— Los fragmentos reaccionan a cualquiera que aún tenga la luz dentro — dijo — No importa si no sabemos usar nuestros dones… o si los tememos. La luz reconoce a los suyos.
El viento se cerró un poco alrededor de ellos, formando un pequeño círculo protector.
— ¿A los Hijos de la Luz? — preguntó Adael.
Liria asintió.
— Sí. Nosotros heredamos los dones del Dios crucificado. Cuando Él vino al mundo… dejó parte de Su luz en la tierra. No en templos. No en objetos.
— ¿Entonces dónde?
Liria levantó la mirada y lo observó fijamente.
— En las personas.
Adael no habló.
Su pecho se tensó.
— Cada Hijo de la Luz tiene un don — continuó ella — El viento, el rayo, el fuego, la curación, la visión… dones. Pero cuando crucificaron al Dios que los otorgó, la tierra se oscureció. Y con la oscuridad… llegó la corrupción.
Adael frunció el ceño.
— ¿Corrupción?
Liria apretó los labios. Una sombra de tristeza cruzó sus ojos.
— Muchos de los nuestros, al sentir el mundo derrumbarse, se aferraron al miedo. Buscando poder. Buscando respuestas en la oscuridad en vez de en la luz. Y así… empezaron a seguir a Baal.
El viento se agitó, inquieto, al mencionar ese nombre.
— Esos hombres y mujeres tenían dones — continuó — los mismos que nos dio el Dios crucificado. Pero al servir a Baal… sus dones se torcieron. La luz que había en ellos… se apagó. Y la oscuridad ocupó su lugar.
Adael recordó las sombras vivas de los brujos, sus ojos hundidos, las manos que parecían tragarse toda la luz alrededor.
— Entonces… — dijo con un nudo en la garganta — ¿los brujos de Baal eran como nosotros?
Liria bajó la mirada.
— Sí.
Todos ellos fueron Hijos de la Luz alguna vez.
El silencio cayó con un peso insoportable.
No eran monstruos nacidos de la nada.
Eran los caídos.
Los que habían elegido la oscuridad cuando la luz se volvió demasiado dolorosa de cargar.
— Baal no creó su poder — añadió Liria — Solo lo robó.
Las sombras que usan… son la luz que perdieron, deformada.
Un estremecimiento recorrió la espalda de Adael.
De repente, entendió por qué habían sentido tanto rencor al verlo.
Por qué lo querían muerto.
— Nos odian… porque les recordamos lo que eran —susurró él.
— Y lo que no podrán volver a ser — respondió Liria.
La oscuridad alrededor pareció volverse más densa.
Liria guardó con cuidado la página del libro.
— Por eso persiguen este fragmento. Porque si alguien reúne todas las páginas… si alguien descubre lo que el Dios crucificado realmente dijo antes del apocalipsis… todo el imperio de Baal se derrumbará.
Adael sintió la electricidad recorrerle el brazo involuntariamente.
— Y tú encontraste una de esas páginas — dijo él.
— Sí — respondió Liria — Y eso me condenó.
Ella lo miró con una expresión seria, pero no temerosa.
— Y ahora, Adael… tú también estás marcado. Si tu poder reaccionó al fragmento, significa que tu luz está despierta.
Adael bajó la vista a su mano.
Una chispa azulónea saltó entre sus dedos… débil, pero viva.
Liria se puso de pie lentamente.
— Debemos movernos. La oscuridad está inquieta esta noche. Y los brujos…
Un sonido la interrumpió.
Un crujido seco entre las ruinas.
Una respiración que no pertenecía a ninguno de los dos.
El viento se congeló.
—…los brujos ya nos encontraron — susurró ella.
Adael se incorporó, el rayo subiendo por su brazo como una serpiente de luz.
— Entonces terminemos esto — dijo.
Pero las sombras que emergieron entre los restos del edificio no eran las mismas que habían enfrentado antes.
Eran más grandes.
Más densas.
Más vivas.
Y sus ojos…
sus ojos brillaban con un odio antiguo, profundo…
el odio de quienes una vez tuvieron luz, y la perdieron para siempre.
Fin...
Editado: 19.01.2026