Luzbel

16

Lucifer y Leal caminaban por las calles de un pueblo destruido y desolado, rodeados de ruinas y escombros. El aire estaba cargado de polvo y humo, y el olor a muerte y devastación resultaba abrumador, casi insoportable.

Ella se cubrió la boca y la nariz con la mano, intentando no mirar demasiado la destrucción que los rodeaba. Parecía una niña queriendo esconderse de la realidad, aunque Lucifer sabía que ya no podía ignorar lo que tenía frente a los ojos.

—Vamos —dijo él, tomándola del brazo con suavidad—. Tenemos que seguir buscando.

Leal observó a su alrededor, visiblemente impactada.

—¿Ocurrió otro desastre natural? —preguntó, con la voz cargada de preocupación.

—Nos habríamos dado cuenta, Luz Torpe —respondió Lucifer, rodando los ojos—. Ahora sólo siento el dolor y la desesperación de quienes lo perdieron todo.

Leal lo miró con una mezcla de lástima y tristeza.

—Lo siento… No debe ser agradable.

Lucifer se detuvo y la observó fijamente.

—Preocúpate por ti misma. Debemos seguir adelante y encontrar la luz. Sé que está aquí… y sé que la encontraremos si no nos detenemos.

Reanudaron el paso, y esta vez la mano de Lucifer envolvió la de Leal con cuidado. Ella se sorprendió por aquel gesto; no estaba acostumbrada a que él fuese tan delicado. Era cómo si estuviera intentando protegerla de algo más que del entorno.

Alzó la vista y lo observó con atención. La mitad de su rostro estaba marcada, quemada, pero aun así conservaba una belleza inquietante. Sus rizos rojos se agitaban con el viento y su presencia tenía algo misterioso, atrayente. Leal no pudo evitar preguntarse cómo alguien con un pasado tan oscuro y una apariencia tan intimidante podía sentirse tan… humano.

—¿Puedo preguntar algo, señor?

—Depende —respondió él—. ¿Qué quieres saber?

—¿Te sientes incómodo? —preguntó ella, mirándolo con curiosidad.

— Sólo percibo el dolor y la desesperanza de muchas personas. Eso incrementa la energía negativa.

Leal asintió, comprensiva.

—¿Y los humanos pueden verte ahora? Padre me comentó una vez que los ángeles y los seres que no pertenecen a su plano no podían ser visibles para ellos… porque son de mundos distintos.

Lucifer asintió lentamente.

—Con mi apariencia natural pueden verme. Pero… dudo que me perciban cómo alguien normal. Estoy marcado. Parezco un fenómeno.

Leal sonrió.

— Claro que no. Estoy segura de que, si te vieran bien… se sorprenderían.

Lucifer bufó.

—Claro. Saldrían huyendo.

—Yo no lo haría al ver a un ser tan hermoso.

Él se tensó ante esas palabras. No estaba acostumbrado a que alguien lo mirara de esa manera.

Leal, al notar su reacción, sonrió con dulzura y lo detuvo, obligándolo a mirarla de frente.

—Eres hermoso, señor. No deberías dudarlo.

Lucifer dió un paso atrás.

—No digas eso. Ya no lo soy.

—La belleza no sólo está en el exterior. Aún la llevas dentro. Y lo que me has mostrado… te hace ver cómo el ser más bello que he conocido. Lo eres por tu alma buena y compasiva.

Lucifer soltó una risa amarga.

—Yo ya no tengo alma, Mía. Fue consumida por la oscuridad y por mi rencor hace mucho tiempo. Por eso me convertí en esto.

—¿Por qué crees eso de ti mismo? ¿Qué te hace pensar que eres realmente malo?

Lucifer se quedó inmóvil, con la mirada perdida. Estuvo a punto de decirle la verdad, de confesarle todo… pero un estruendo ensordecedor interrumpió el momento.

Una tormenta de arena se desató de pronto...

El viento aullaba cómo una bestia salvaje y la arena golpeaba la piel cómo miles de agujas. Leal se cubrió el rostro, asustada. Lucifer reaccionó al instante: la tomó de la mano y comenzó a correr, guiándose sólo por su instinto. La visibilidad era casi nula. Cada paso se volvía una lucha contra el viento, los escombros y el polvo que se acumulaba en sus pies. Sortearon edificios derrumbados, árboles arrancados y cables caídos, mientras el mundo a su alrededor parecía desvanecerse en una pesadilla.

Finalmente, se refugiaron bajo una pared caída. Lucifer cubrió a Leal con su cuerpo, protegiéndola mientras intentaba tranquilizarla. Ella dejó de escucharlo al notar algo entre los escombros al otro lado de la calle.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Un pequeño ser peludo intentaba ocultarse, apenas resistiendo el embate del viento.

—¡Leal! —gritó Lucifer al ver cómo ella se soltó y corrió hacia el pequeño ser sin pensarlo. Se agachó y lo tomó entre sus brazos. El pequeño maulló débilmente y se acurrucó contra su pecho.

—Tranquilo… estoy aquí.

Lucifer se acercó, sorprendido al verla actuar así. El gatito estaba herido, sucio y temblando, pero Leal lo sostenía con una ternura casi sagrada.

Lucifer no dijo nada. La tomó con cuidado y la llevó hasta un almacén cercano. Allí, cerró la puerta tras ellos.

Leal se sentó en el suelo, acunando al gatito.

—¿Estás bien? —susurró ella con notoria preocupación —. ¿Cuál es tu nombre?

—Es un animal, Luz Torpe —dijo Lucifer, sentándose a su lado—. No puede hablar.

—¿Un animal?

—Un gato.

Leal lo observó fascinada.

—¿Por qué es tan pequeño y por qué tiene tanto pelo?

Lucifer soltó una breve risa.

—Los gatos son animales conocidos por su suavidad… y por su habilidad para cazar.

Leal tomó al gatito con cuidado y lo acercó a su rostro, frotando su mejilla contra el suave pelaje de una manera adorable. Lucifer sonrió al verla; parecía sentirse completamente cómoda con el pequeño ser entre sus brazos.

—Es muy suave… como las nubes del Paraíso —dijo Leal, sin dejar de acariciarlo.

De pronto, el gatito comenzó a ronronear, emitiendo un sonido bajo, constante y vibrante. Leal se sobresaltó y lo alejó apenas de su rostro, creyendo que algo extraño ocurría.

Lucifer rió al ver su reacción.

—No te preocupes. Eso es solo un ronroneo.




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