El silencio del refugio contrastaba con el rugido del mundo exterior. Lucifer había volado durante horas sin detenerse, cruzando ciudades envueltas en fuego, mares que hervían y cielos partidos por la desesperación. Sólo cuando el cuerpo de Leal comenzó a temblar entre sus brazos, descendió.
El lugar era una antigua construcción de piedra, medio destruida, cubierta de enredaderas secas. La depositó con cuidado sobre un rincón donde aún quedaba sombra y calor. Onyx, el pequeño gato que Leal había salvado tiempo atrás, se acurrucó junto a ella, ronroneando débilmente. Lucifer había vuelto por él al lugar en el que lo habían dejado a salvo, antes de que esos seres llegaran para torturarlos.
Lucifer se quedó allí, de pie, observándolos con cansancio. La luz rojiza de los incendios del horizonte se filtraba por los huecos del techo, proyectando sombras largas sobre su rostro.
En su mente, las voces de la humanidad no callaban. Eran cómo cuchillos que no dejaban de girar.
"—¡El demonio ha despertado!
—¡Lucifer está entre nosotros!
—Por su culpa la tierra sangra…—
— El ángel caído ha vuelto, y el fin ha comenzado gracias a él…—"
Eran miles. Voces humanas, mezcladas en un clamor de miedo, rabia y condena. Podía oírlas todas, sintiendo cómo si cada pensamiento lo atravesaba.
Y cuanto más las escuchaba..., más se hundía.
<<Así que esto es lo que soy para ustedes…
El origen de todo lo malo... ¡¿Y ustedes qué son?! ¡¿Ustedes no tienen culpa de nada?! ¡¿Cuando van a hacerse responsables de sus errores?! ¡¿Cuándo van a admitirlos?! ¡¿Acaso todos ustedes son la misma mierda?!>>
Miró a Leal, quien aún dormía profundamente, con la respiración suave y las manos aún manchadas de polvo. Una de ellas descansaba sobre el lomo de Onyx, cómo si su instinto aún protegiera incluso en sueños.
Al contemplarla, al comprender que era la que estaba ante él... se dió cuenta de una verdad, y esta le decía que no...
No todos los humanos eran malos, no todos merecían ese mismo destino. Había algunos que sabían ver la verdad, que podían apiadarse de criaturas indefensas cómo lo era el pequeño Onyx. No todos estaban cegados por su propia oscuridad, no todos culpaban a alguien más de sus errores...
Lo sabía por Leal...
Si ella era así, siendo una humana cómo ellos, entonces debía haber otros iguales por ahí. Tenía que ser así, aunque la idea también le parecía un poco imposible, pues para él... Leal era única.
Era... verdadera luz.
Su Luz torpe.
Lucifer se arrodilló junto a ella. No sabía por qué lo hacía. No sabía por qué su corazón, si es que aún tenía uno, latía con ese dolor tan nuevo, tan insoportable.
<< ¿Qué me has hecho, Leal? ¿Qué clase de maldición es esta que me hace temer perderte más que perder al cielo?>>
El eco de los humanos volvió a su cabeza.
"Maldición eterna sobre él…
Que arda junto al caos que sembró…"
Apretó los puños, tratando de acallar las voces. Pero no podía. Ellas lo conocían, lo nombraban, lo maldecían… y eso lo desgarraba más de lo que el fuego de su propio infierno alguna vez lo había hecho.
Caminó un poco, dejando que sus pasos resonaran sobre la piedra vieja.
Afuera, el viento traía cenizas. Miró el horizonte rojo, el mundo que una vez le perteneció y que ahora ardía, según por su culpa. Y en ese instante comprendió lo que había hecho.
Se había revelado...
Había mostrado su verdadera forma ante los humanos. Había desatado el miedo más antiguo de todos.
Por una sola razón.
Por ella.
Por Leal.
Volvió a mirarla una vez más y se preguntó si todo eso, el caos, la condena, la caída definitiva, valía una sola de sus respiraciones.
La respuesta llegó sola.
Sí.
Valía todo.
Lucifer se sentó junto a ella, en silencio. Sus alas negras se extendieron lentamente, envolviéndolos a ambos, cómo si quisiera protegerla incluso de sus propios pensamientos. Las voces humanas seguían resonando en su cabeza, pero ahora las percibía lejanas, cada vez más distantes.
Él volvió al aquí cuando vió que Leal abrió los ojos.
Ella percibió el sonido del viento rozando las piedras, el suave ronroneo de Onyx a sus pies, y el respirar pausado de Lucifer a su lado. Leal se sorprendió al verlo tan cerca de ella, pero no se alejó, al contrario, pues prefirió quedarse a contemplarlo cómo tanto le gustaba.
Su cabello rojo caía en desorden sobre su rostro; la luz del amanecer se posaba sobre su piel pálida y en las cicatrices que recorrían su mejilla izquierda. Eran marcas de ese castigo que se le otorgó… pero en ellas había algo hermoso, algo humano, algo real.
Leal se incorporó lentamente, con cuidado, recordando lo que había hecho él por ella la noche anterior: el cómo se había revelado ante los humanos, el cómo el aire se había llenado de terror, cómo su cuerpo oscuro, inmenso, había envuelto el suyo para salvarla del peligro...
<<¿Cómo puede llamarse maldito alguien que hace algo así?>>
Ella no entendía...
No entendía cómo alguien capaz de proteger tanto podía verse a sí mismo cómo la condena. Ni cómo el mundo podía odiar una luz tan triste, tan rota, pero tan pura.
Se acercó un poco más, casi sin darse cuenta. Podía sentir el calor que emanaba de él, un calor distinto al fuego, más cercano al de la vida misma. Sus dedos temblaron cuando los extendió, cuando los acercó a su rostro. Rozó con suavidad la línea de sus cicatrices. Eran ásperas, pero no la asustaban. Eran testigos de lo que él había sido, de lo que había perdido.
Lucifer se movió apenas ante el contacto. Sus pupilas, ahora rojas cómo brasas, se enfocaron en ella, y, por un momento, el silencio los envolvió, y fue cómo si se dijeran todo sin palabras. Leal no retrocedió, sus dedos aún estaban sobre su mejilla, y aunque su corazón latía con fuerza, no había miedo en su mirada...