Cuando Lucifer abrió los ojos, lo primero que sintió fue la tibieza del cuerpo de Leal acurrucado contra el suyo. Su respiración era lenta y confiada. Esta se mezclaba con la suya, como si estuvieran hechos para compartirla. Eso logró reconfortarlo de alguna manera. Hacerlo sentir completo, casi... mágico.
Su mano, todavía posada sobre la espalda desnuda de ella, sintió la suavidad de su piel humana. Un estremecimiento lo atravesó al recordar la noche anterior, pues no sólo había sido deseo… había sido entrega. Había sido necesidad. Había sido amor...
Un amor que él ya no podía negar que de verdad sentía por aquella Luz torpe...
Su Luz torpe.
<< ¿Qué me has hecho, Leal…?>>
No pudo evitar pensar en eso, mientras estudiaba el perfil adormecido de ella, y la forma en que sus pestañas pálidas temblaban levemente incluso en sueños.
Era extraño...
Era aterrador.
Leal murmuró algo entre sueños y su mano, pequeña y blanda, tanteó el vacío hasta encontrar el pecho de Lucifer, reposando allí como si ese fuera su lugar natural. Él cerró los ojos un instante, disfrutando de ese contacto insignificante para cualquiera, pero monumental para él.
De pronto... la realidad llegó a él de golpe.
El miedo lo hirió como una lanza ardiente.
El mundo estaba terminando...
Ella estaba en peligro por estar con él.
Y la única salida para salvarla…
significaba separarla de él para siempre.
El Paraíso.
El único lugar que el agujero negro jamás podría tocar. El único lugar donde ella estaría a salvo. El único lugar... que él jamás podría volver a pisar.
Sus dedos temblaron al acariciar el rostro de Leal.
El Paraíso no era hogar para ella ya. No sin él, pero él no podía volver a hexhalar la luz del Cielo.
Su condena seguía intacta.
<<Después de todo lo que hice… después de haberla tenido así… ¿cómo podría dejarla?>>
Ella se removió y abrió los ojos con pereza, encontrándose con los de él. Le esbozó una sonrisa que podría iluminar cualquier infierno de oscuridad.
—Buenos días… Luzbel —susurró con esa voz que parecía nueva en el mundo.
Lucifer tragó saliva, sintiendo cómo el alma se le comprimía en una prisión que él mismo había construido con su temor y su angustia por ella.
—No deberías llamarme así, te lo he dicho—murmuró, intentando sonar firme, pero la belleza de ella aún lo dejaba sin aliento. Sin defensas.
—Pero ese es tu nombre real—respondió ella con dulzura absoluta—. Mi Luzbel.
Su "mío" lo destruyó y lo reconstruyó en el mismo instante.
Lucifer bajó la mirada, su frente apoyándose contra la de ella en un gesto frágil que nadie creería capaz en el Rey del Infierno.
—Leal… Yo... Debemos seguir buscando. Es necesario que nos movamos para que pueda ponerte a salvo con padre lo antes posible.
Ella se tensó después de escucharlo y su sonrisa también se esfumó.
Sus manos buscaron las suyas después, aferrándose como si su vida dependiera de ello.
—Espera... ¿Ya quieres que me vaya?—dijo, temblando—. Pero... no quiero estar lejos de ti. No otra vez. No después de...
Lucifer cerró los ojos, torturado por sus palabras.
—El mundo se acaba, Leal —su voz se quebró, apenas perceptible—. Y yo prometí salvarte.
Ella negó lentamente, con el corazón latiendo rápido.
—Entonces sálvame… pero quédate conmigo.
Lucifer sintió cómo aquella súplica lo atravesaba. Recordó cómo se sintió poseerla. Recordó cómo se sintió pertenecerle. Recordó que, tras siglos de soledad, ella lo había hecho sentir vivo otra vez.
¿Y ahora se supone que debe dejarla ir?
El miedo, por primera vez desde su caída, lo hizo temblar.
Porque salvarla significaba perderla.
Y perderla… sería su verdadera condena eterna.
Él apoyó su mano sobre el pecho de Leal, justo donde su corazón batía fuerte, confiado, listo para amarlo sin condiciones.
—Haré todo por protegerte —susurró con un dolor infinito asomando detrás del amor—. Ya habíamos llegado a un acuerdo con eso. Así debe de ser. Tú no... no me perteneces.
El silencio entre ellos era tan frágil que cualquier palabra podía romperlo. Lucifer evitaba mirarla… porque si lo hacía, si veía esos ojos que todavía brillaban de haberlo amado toda la noche, sabía que no tendría la fuerza para apartarse de ella nunca más.
Pero Leal no iba a permitir que él se escondiera.
Se arrastró hacia él, tomándolo del rostro con ambas manos para obligarlo a enfrentarla.
—No me hagas esto —susurró, con la voz rota—. No después de lo que pasó. No después de todo lo que hemos sentido… Fue maravilloso. Ambos... lo sentimos. Lo sé...
Lucifer cerró los ojos un segundo. Intentaba ser firme, pero el simple roce de sus dedos quemaba más que el fuego del infierno.
—Leal… —su tono era grave, quebrado—. Fue un error permitir que esto pasara. Yo… no debí perder el control así. Te pude haber matado.
—¿Error? —ella rió sin alegría, incrédula—. ¿Eso fue para ti? ¿Un error? ¿Convertirme en tuya, sentirte dentro de mí, sentirme viva contigo por primera vez… es un error?
Lucifer se tensó. Ella notó cómo sus manos se cerraban con fuerza, como si intentara sujetarse a algo más.
Ella lo besó. Primero suave, luego desesperada. Él respondió al beso con hambre, como si quisiera devorar el recuerdo de su propia decisión. Sus cuerpos se pegaron al instante, reconociéndose sin dudas, sin vergüenza, sin miedo al deseo.
Hasta que Lucifer se apartó antes de perderse otra vez. Ahora respiraba agitado.
—Leal —él tocó su frente con la suya—, esto... es por tu bien. Debo mantenerte a salvo y...—
—No quiero seguridad —lo interrumpió ella—. Te quiero a ti. ¿Cuántos siglos crees que esperé? ¿Cuántos años mirando fuera de mi refugio, preguntándome dónde estabas? ¿Cuántas veces recé por un solo instante más contigo…?
Las lágrimas le resbalaron por las mejillas y eso estrujó más a Lucifer.