Leal permanecía sentada sobre la manta que Lucifer había colocado cuidadosamente en el suelo para que ella descansara. Ahora se encontraba abrazando a Onyx contra su pecho. Su pequeño gatito ronroneaba suavemente, buscando transmitirle algo de calma, pero ella apenas podía percibirlo. Todo su mundo parecía haberse reducido a un peso opresivo en el pecho, a un nudo de desolación que no lograba deshacer. Recordaba, una y otra vez, cada palabra de Lucifer. Susurradas, duras, cortantes como cuchillos: que no le importaba, que todo lo que sentía no era más que un artificio, que lo único que verdaderamente deseaba era alejarla de él.
Una parte de ella se negaba a creerlo; otra, más vulnerable, sentía que era cierto, y esa verdad le rompía el corazón.
<<¿Cómo… cómo puede querer mi bien y a la vez herirme así?>>
Se preguntaba en voz baja, acariciando al pequeño Onyx mientras sus dedos temblaban sobre el suave pelaje del animalito.
<<¿Acaso todo fue una mentira?>>
El pequeño maullido del gato pareció responderle con ternura. Leal cerró los ojos, intentando absorber un poco de consuelo de ese calor diminuto, pero no era suficiente. La comida que Lucifer había traído reposaba a un lado, intacta. Antes, sólo mirar algo así le habría provocado una curiosidad que se transformaba en deleite; ahora, no sentía nada. Ni hambre, ni curiosidad. Nada más que un vacío que parecía haberse instalado dentro de ella.
Su mente vagaba sin rumbo, recordando la forma en la que Lucifer la había salvado, la intensidad de su cercanía, la manera en que la había sostenido entre sus brazos mientras se transformaba… y la mezcla de deseo y peligro que había sentido después cuando se entregó por completo a él...
Todo eso, todo lo que había sido tan hermoso y tan violento a la vez, ahora le dolía con fuerza, porque sabía que él estaba dispuesto a mantenerla lejos, aunque eso significara su propio sufrimiento.
<<¿Cómo se supone que viva con esto? Me entregué… le dí todo lo que podía… y aun así… él me aleja de él.>>
Onyx se movió, restregando su cabecita contra su hombro, como recordándole que todavía tenía algo que cuidar, alguien que necesitaba su fuerza aunque estuviera desmoronada. Leal cerró los ojos y respiró profundo, intentando encontrar un hilo de razón entre la confusión de su corazón.
El silencio del lugar era profundo, apenas roto por los leves pasos de Lucifer al moverse cerca, pero no demasiado. Él había cumplido su promesa de darle un espacio… pero esa distancia era un recordatorio cruel de lo que había dicho: que lo único que importaba era enviarla de nuevo al Paraíso, lejos de él, lejos de todo lo que él había despertado en ella.
<<No sé cómo sentirme…
No logro entender nada.
Pero... ahora... no puedo evitar sentirme más allá de lo incompleta. Extraña. Jamás esperé que él fuera a salir con algo así.>>
Intentaba, con dificultad, calmar su corazón que latía con dolor, intentando comprender lo que había sucedido. Todo había sido tan intenso, tan abrumador… y ahora estaba sola con la realidad de que Lucifer, su ángel, su monstruo, el ser que había llegado a ocupar todo su pensamiento, estaba decidido terminar todo con ella por su propio bien.
Onyx maulló suavemente, y ella cerró los ojos, intentando encontrar en su ronroneo un mínimo consuelo. La noche se extendía a su alrededor, y con cada respiración, Leal sentía el peso de su propio corazón destrozado pero aún latiendo, recordándole que lo que había compartido con Lucifer no podía borrarse, aunque él insistiera...
~*~
Leal despertó sobresaltada, con su respiración agitada, aún aferrada a Onyx. Había tenido un sueño y este había sido más allá de lo extraño, casi tangible. La luz que vió ahí era tan similar a la que desprendían los angeles en el Paraíso. También había aparecido una espada brillante y un ser imponente se la entregaba, mientras le decía estas palabras:
"—Tienes una misión importante. Debes protegerla. "
El recuerdo del Paraíso estaba allí, mezclado con la urgencia de aquel sueño que parecía implorarle que actuara. Pero antes de que pudiera procesarlo por completo, sintió la presencia de Lucifer. Sin palabras, con gestos medidos y mirada intensa, la sacó de su descanso. Una nueva tormenta se cernía sobre ellos. Ella lo percibió de inmediato.
Leal se levantó, ajustando a Onyx contra su pecho. Sus ojos seguían la figura de Lucifer mientras este avanzaba, firme y decidido, los músculos tensos, sus pasos resonando con un control que ella conocía demasiado bien. No hablaban, y ella había aprendido a no insistir; las heridas de la última conversación todavía pesaban, y se había prometido a sí misma no abrir de nuevo aquel dolor.
Sabía que aún a su lado había límites que no podía sobrepasar: límites impuestos por él, límites que la herían.
Lucifer, por su parte, lo notaba. Sentía cada respiración contenida de Leal, cada gesto de su tensión, y algo dentro de él se rompía un poco más. Sabía que la había herido. Sabía que sus palabras la habían empujado a un silencio forzado, a un retraimiento que no podía forzar. Su mirada se posaba en ella más de lo que podía permitir, buscando señales de dolor o miedo, pero también, tal vez sin darse cuenta, buscando algo de conexión, aunque Leal se negara a ofrecérsela.
Aún así, se atrevió a hablar para informarle:— Es hora de irnos. Percibo un nuevo peligro cerca de aquí. Tal vez sea sólo la energía inmunda de esas escorias, pero no hay que confiarnos. Además... Hay que reanudar nuestra búsqueda. Esa luz... debe estar esperando en algún lugar. Así que... andando.
Fue claro y firme. Después de esas palabras a Leal no le quedó de otra más que obedecer y, en silencio, lo siguió con Onyx fuera de su refugio.
El camino se llenó de un silencio roto, únicamente era cortado por el sonido de sus pasos y el maullido ocasional de Onyx. Leal se esforzaba por mantenerse alerta, por cubrir sus flancos, por no depender totalmente de él. Pero a cada movimiento, a cada instante que lo observaba guiando y protegiendo, no podía evitar sentir ese hilo invisible que los unía: miedo, desconfianza, deseo… y algo más profundo, que no se atrevían a nombrar en voz alta.