Lucifer observaba el ennegrecido cielo desde la ventana. Su atención no podía despegarse de ahí. Su cuerpo sentía el peso de una nueva energía oscura. La atmósfera estaba impregnada de miedo humano, de esa energía densa que ahora alimentaba el caos. Podía oírlo, sentirlo en su mente: los gritos, las plegarias, los rezos desesperados, los reproches hacia su nombre.
"—El demonio se ha revelado... Lucifer es la causa..."
Cada palabra lo atravesaba y lo hacía sentir más desesperado de lo que ya se encontraba por la situación.
Leal aún permanecía en silencio, abrazando a Onyx, con la mirada perdida en el suelo. Su cabello se agitaba con la corriente eléctrica del aire que entraba por las aberturas de la estructura del viejo cobertizo, y los destellos de relámpagos iluminaban su rostro cansado. Lucifer volvió la vista hacia ella, incapaz de soportar la distancia.
Aún no se hablaban.
Desde la discusión, desde las palabras crueles que él había lanzado para alejarla, Leal no había pronunciado ni una sola sílaba dirigida a él.
Él trató de mantenerse fuerte, de conservar la máscara que la mantenía a salvo de sí mismo, pero la realidad era que cada minuto lejos de su voz lo desgarraba más.
Lucifer cerró los ojos, y su mente se llenó del recuerdo del tacto de ella, de cómo había sido tenerla entre sus brazos, de cómo su calor se había fundido con el suyo. Su cuerpo aún temblaba con la memoria del deseo, de la pureza que había probado y que ahora lo consumía. Quería acercarse, quería hablarle, quería arrastrarla de nuevo a su pecho y suplicarle que lo mirara como antes.
Pero no lo hacía.
No podía...
Cada movimiento suyo debía estar guiado por la razón, no por el impulso.
Una nueva descarga de energía estremeció la tierra. Lucifer volvió al aquí y vió cómo el cielo se iluminaba con un resplandor extraño. No era una tormenta cualquiera. Era algo más profundo, un temblor del alma del planeta.
—Está cada vez más cerca... —murmuró entre dientes—. El monstruo... siente la nueva desesperación de ellos. La siente... Será atraído más rápido.
Leal lo escuchó, pero no respondió. Solo apretó a Onyx entre sus brazos, en gesto protector. Lucifer dió un paso hacia ella. Otro. Hasta que quedó lo bastante cerca para sentir el leve calor de su cuerpo. La vió temblar, aunque no sabía si era por frío o por miedo a él.
Extendió su mano, pero ella retrocedió apenas un poco. Ese pequeño movimiento bastó para quebrar algo dentro de él.
—Leal... —pronunció su nombre con voz baja, áspera, casi una súplica—. No puedes estar así. No ahora.
Ella siguió sin responder.
Lucifer la miró durante varios segundos, luchando contra el impulso de tocarla, de tomar su rostro y obligarla a verlo. El deseo lo estaba enloqueciendo. Era una atracción que dolía, una que lo hacía perder el control cada vez que la sentía cerca. Era tan contradictorio: querer protegerla y, al mismo tiempo, querer poseerla, perderse en ella como antes, borrar con caricias cada lágrima que él mismo había provocado.
El trueno partió el cielo en dos, y Lucifer, impulsado por la desesperación, terminó por acercarse a ella.
—No entiendes… —dijo, con los dientes apretados—. No puedo protegerte si no escuchas, si no hablas…
Leal alzó por fin la mirada. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas y una tristeza que lo atravesó por completo, pero antes de que pudiera responder con algo... un rugido estremeció la tierra.
Lucifer giró de inmediato, extendiendo una de sus alas oscuras frente a ella como escudo. Vió por la ventana empañada como el cielo se abría con una fisura oscura, una grieta que parecía tragar la luz misma. El aire se volvió pesado, y la voz de millones de humanos desesperados resonó en su mente, gritando su nombre con odio.
Lucifer lo entendió entonces: el Monstruo no solo venía de fuera… el monstruo estaba siendo creado por dentro. Provocado.
Por el miedo. Por el caos. Por la desesperación colectiva.
— Carajo... Deben controlarse. Si no lo hacen... esa cosa llegará más pronto.
Leal, aún temblando, apretó a Onyx y miró hacia la oscuridad que se aproximaba. Lucifer la miró de reojo, sabiendo que aunque ella lo odiara ahora, aunque su corazón se hubiera roto, él no permitiría que esa oscuridad la tocara. Ella era lo único que lo mantenía cuerdo. Su castigo y su salvación al mismo tiempo.
Mientras los humanos estaban al borde del colapso, desesperados, llenos de miedo. Esa energía se expandía como una enfermedad, y él lo sentía en cada pulso del suelo.
Giró lentamente hacia Leal, que seguía sentada, abrazando a Onyx. Su cabello blanco caía desordenado sobre los hombros y sus manos temblaban mientras acariciaba al pequeño gato.
Lucifer sintió un nudo en el pecho al mirar tal escena.
—Leal —dijo con voz grave, acercándose más—. No tenemos tiempo. Estás viendo ahora mismo lo que esa cosa está provocando.
Ella alzó la mirada, sus ojos estaban enrojecidos, cansados, pero no habló.
Lucifer respiró hondo. No quería volver a gritarle. No otra vez.
—Escúchame, por favor —continuó, con el tono más sereno—. Si no quieres hacerlo por mí, hazlo por él. —Señaló a Onyx que maulló con un sonido débil y lastimero—. Ese pequeño te necesita. Tú eres lo único que conoce en este mundo… y si algo te pasa, él no sobrevivirá.
Leal bajó la mirada hacia el minino, que se acurrucó más en sus brazos. Lo besó suavemente en la cabeza, y un temblor le recorrió el cuerpo. Lucifer se acercó un poco más, cuidando de no invadir demasiado su espacio.
Leal lo miró en silencio. Por un instante, su expresión cambió. Ya no había enojo, solo una comprensión muda.
— Vendrá más caos, pero no podemos detenernos con la búsqueda. Ahora, más que nunca, tenemos que sacarte de aquí. Ellos se han vuelto locos con mi revelación, y aumentará más esa energía. Lo más seguro es... ocultarnos, lo sé, pero tenemos que seguir moviendonos para encontrar esa luz. Sin embargo, no pueden reconocerme. Ya me han visto. Necesitamos alguna manera de que no se den cuenta de quién soy si llegamos a mezclarnos con ellos.