Luzbel

·24·

Lucifer avanzaba con paso firme, pero sus ojos lo decían todo: estaba cansado. No físicamente, él no conocía el agotamiento como los mortales, sino de ese ruido constante que lo rodeaba.

Las voces...

Los gritos y rezos desesperados. Cada pensamiento y reclamo humano era una punzada en su mente.

"El demonio ha despertado…"

"Él nos ha traído la condena…"

"Lucifer camina entre nosotros… Es él el que se ha revelado. "

Bajó la mirada, ajustando el manto que lo mantenía oculto. Había modificado su apariencia antes de salir a analizar la zona en la que estaban. Caminó entre los escombros y los cuerpos. Algunos aún vivos, otros no tanto. Vió a un niño llorar junto a una madre inmóvil. Vió a un anciano mirando al cielo con los ojos llenos de locura. Vió las consecuencias del miedo humano, de la guerra, de su hambre por controlarlo todo.

<<Se culpan entre ellos, se matan entre ellos… y aun así me culpan a mí. Los mismos que destruyeron su mundo me nombran el causante. Qué ironía…>>

Intentó alejarse, buscar silencio entre los edificios derrumbados, pero una presencia lo detuvo.

Dos.

Lucifer se tensó.

Su cuerpo reconoció el eco antes de verlos. Giró lentamente, y allí estaban.

Baltazar y Nerón.

Sus viejos devotos, sus más leales —o lo habían sido alguna vez—, lo observaban desde las sombras con sonrisas apenas disimuladas.

Lucifer los miró fijamente, y su voz salió fría, contenida:

—Creí haberles ordenado regresar al Averno.

Baltazar dió un paso al frente, extendiendo las manos en un gesto teatral.

—Mi señor… no podíamos hacerlo. El mundo está colapsando, y tú… tú sigues aquí, vagando entre ruinas, cuidando de una humana. ¿Cómo podríamos abandonarte en este estado?

Lucifer apretó la mandíbula ante esas palabras.

—No necesito su jodida compasión. Tampoco su vigilancia. Ya no me fío de ninguna.

Nerón soltó una risa seca.

—No es compasión, mi señor. Es preocupación. Has cambiado. No eres el mismo que lideró la rebelión contra el trono de la luz.

Lucifer avanzó hacia ellos, su manto ondeando con la ráfaga de energía que lo rodeaba.

—¿Y eso qué significa? ¿Que por querer hacer un poco de justicia, para la única inocente que existe en este lugar, ya no soy digno de ser su líder?

Baltazar ladeó la cabeza, su sonrisa helada.

—No es tu intención de querer hacer justicia lo que mostraste. Es debilidad. Una humana, mi señor. Una simple humana ha conseguido distraerte, dividirte, hacerte olvidar quién eres.

Lucifer lo miró con furia contenida.

—No hables de ella.

—¿Y por qué no? Todos ya vimos lo que eres capaz de hacer por ella. Todos vimos cómo te enfrentaste a nosotros por ella, cómo la defendiste. ¿Desde cuándo el portador de la oscuridad se arriesga por una criatura que ni siquiera pertenece al mundo celestial ni al terrenal?

Lucifer levantó la mano, y el aire se estremeció. La sombra de sus alas —invisibles para los humanos— se proyectó tras él, enormes, vibrando con la energía reprimida.

—Porque ella no es como ellos. —Su voz se volvió más profunda, vibrante, casi temblorosa de ira—. Leal cayó del Paraíso, pero no pertenece al pecado. No entiende la corrupción ni la codicia. No es como los humanos. Se los he explicado ya mil veces.

Baltazar entrecerró los ojos, cruzando los brazos.

— Lo has hecho, pero exactamente… ¿qué es para ti, mi señor? —preguntó con una sonrisa envenenada—. ¿Sólo una inocente? ¿Un capricho? ¿O acaso… algo más?

El silencio fue suficiente para que ambos entendieran. Baltazar soltó una carcajada suave, incrédula. Nerón intercambió una mirada con él después.

—No puede ser… —murmuró Nerón—. No… tú no…—

—¿Te has… enamorado, mi señor? —preguntó Baltazar con un tono que oscilaba entre la burla y la incredulidad—. ¿De ella? ¿De una simple humana?

Lucifer alzó la vista lentamente. Su mirada, fría como el acero, los atravesó a ambos.

— Cuiden sus malditas lenguas a partir de este momento—advirtió, con un tono tan bajo que hizo temblar el suelo—. No volveré a repetirlo.

Un silencio incómodo cayó sobre los tres. Baltazar dió un paso atrás, inclinando la cabeza.

—Solo intentamos recordarte quién eres, mi señor. El Averno te necesita. Nosotros te necesitamos. No puedes dejarte arrastrar por… sentimientos.

Lucifer no respondió. Solo los miró con ese fuego silencioso que siempre había hecho temer incluso a sus propios demonios.

Después de un largo instante, habló:

—Si de verdad me necesitan, harán lo que les ordene. No la tocarán. No se acercarán a ella hasta que yo pueda ayudarla. Es lo que haré primero.

—Pero, señor… —intentó decir Nerón.

— ¡No intervengan ni opinen más!—repitió Lucifer, sonando su voz como un trueno. Sus ojos se iluminaron brevemente con un brillo carmesí. El poder latía, contenido, a punto de estallar.

Baltazar inclinó la cabeza con rigidez.

— Ni siquiera íbamos a hacer nada, mi señor. Pero recuerda esto: si la humana se convierte en un problema… no seremos solo nosotros quienes sufran las consecuencias. También tú lo harás. De seguro... lo vivirás a un precio más alto, porque ten en cuenta... que sigues siendo Lucifer. Lucifer. El rey del Averno. El enemigo eterno de Dios y la humanidad. Ya no eres Luzbel. No más.

Lucifer lo sostuvo la mirada un segundo más, hasta que el aire se volvió insoportable.

Finalmente, dió media vuelta.

Mientras se alejaba, las voces de sus antiguos príncipes se desvanecieron entre el humo y la lluvia, pero las palabras quedaron vagando en su cabeza.

"—¿Te has enamorado de ella?"

Lucifer cerró los ojos, negando apenas. No quería admitirlo. No podía. Porque si lo hacía, sabría que ya no quedaba redención posible.

Lucifer sintió un leve ardor bajo la piel, como si el fuego que siempre lo acompañaba se agitara de forma incontrolable.




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