El día transcurrió con una calma que ninguno de los dos creía.
Lucifer y Leal procuraron comportarse como cualquier otra pareja del refugio. Ayudaron a repartir agua, acomodaron algunas mantas y respondieron con amabilidad a quienes se cruzaban en su camino.
Era una actuación en medio de tanta tensión.
Cada hora que pasaba los acercaba más al momento de marcharse. Cada minuto hacía que el refugio se sintiera menos como un lugar seguro y más como una prisión.
Leal observó a Lucifer desde el otro extremo de la habitación. Él apenas reaccionaba. Sus ojos recorrían constantemente las entradas, los pasillos improvisados y las pocas ventanas que permitían ver el exterior.
Seguía calculando rutas de escape...
Siempre alerta. Siempre preparado.
Leal sonrió con cierta tristeza.
Ni siquiera en ese momento lleno de sólo rutinas cotidianas él bajaba la guardia. Pero ahora, más que nunca, él lo hacía por la amenaza creciente que ya percibía ahí, y en todos los demás.
—¡Leal!
La voz de Aurora la devolvió con brusquedad al aquí. Levantó la vista y encontró a la mujer acercándose con Elián de la mano.
El pequeño sonrió apenas la vió.
—¿Prefieres ayudarme con esto? Te noto un poco aburrida—preguntó Aurora mientras sostenía un recipiente con algunas verduras.
—Claro.
Las dos comenzaron a preparar los pocos alimentos que quedaban para la comida del día. Durante varios minutos hablaron de cosas sencillas. De cómo seguía cambiando el clima, de los temblores que no habían parado de percibirse, o de lo rara que estaba actuando la gente de ahí.
Leal escuchaba con atención, le gustaba hacerlo. Había descubierto que los humanos podían encontrar pequeños momentos de paz incluso cuando el mundo se estaba cayendo a pedazos.
Aurora sonrió mientras observaba a su hijo jugar con Onyx cerca de ellas.
—Creo que le agrada mucho. Cómo ustedes.
Leal miró al pequeño.
Elián agitaba un pequeño hilo para llamar la atención de Onyx. El gatito empezó a jugar con eso, tratando de alcanzarlo con sus patas.
Leal sonrió con dulzura al mirarlos.
—Él también me agrada mucho. —Dijo Leal, aún observándolo. Después miró a Aurora y algo le oprimió el pecho—. Quería hablar contigo de algo...
Aurora levantó la cabeza.
—¿Sí?
Leal bajó la vista hacia sus propias manos por un momento en el que pareció dudar.
—Nunca imaginé que pudiera tener amigos.
—¿Amigos?
Leal asintió.
—En... el lugar donde crecí... nadie quería estar conmigo. Siempre sentía que estorbaba.
Hablaba del Paraíso.
De las miradas de desaprobación de los angeles, de las burlas y suspiros de impaciencia que escuchaba cada vez que cometía un error. No importaba si este fuera insignificante.
Recordó cómo muchos evitaban incluirla. La trataban como si fuera una criatura incapaz de hacer algo bien, pero también recordó otra cosa...
Una mano extendida y a un joven de alas blancas y cabello rojo sonriéndole después de verla triste por el mal trato que había sufrido de sus hermanos hacia ella.
"—Ven conmigo, fenómeno. No les prestes atención. Son unos engreídos. "
Luzbel.
Siempre había sido él...
Siempre había sido el único que jamás la hizo sentir menos.
Leal sintió un nudo en la garganta.
Aurora notó el cambio en su expresión y trató de indagar.
—¿Ocurre algo?
Leal sonrió con nostalgia.
—No... Es solo... que quería darte las gracias.
Aurora pareció confundida.
—¿Por qué?
—Porque tú y Elián han sido muy buenos conmigo.
Aurora dejó lo que estaba haciendo y tomó una de sus manos con delicadeza. Ya había notado un quiebre en Leal.
—No tienes que agradecer eso, pequeña. Tú fuiste buena con nosotros al principio. Yo... aún me siento muy agradecida contigo y con tu señor por eso. Sin ustedes... no hubiésemos llegado a salvo Elián y yo. Gracias por eso, de nuevo. Y ahora eres una gran amiga para ambos.
Leal sintió que los ojos comenzaban a humedecérsele.
Amiga.
Nunca había entendido realmente esa palabra. Lucifer le había enseñado el amor, pero Aurora y su hijo le estaban enseñando algo diferente, y era que podía pertenecer a un lugar sin que nadie esperara nada de ella. Que alguien podía querer compartir una conversación, una comida o un momento de tranquilidad solo por el gusto de hacerlo.
Aquello le parecía tan extraordinario... que apenas podía comprenderlo.
Aurora sonrió de pronto, inclinando la cabeza hacia un lado. Parecía que miraba algo con curiosidad en Leal.
—Y cómo buenas amigas que ya somos... Creo que debo aconsejarte. Es bueno que tu señor te quiera demasiado... Ya ví que no necesitaban fingir para nada, pero a veces es mejor controlarse un poco.
Leal parpadeó, confundida.
—¿Por qué lo dices?
Aurora señaló con discreción hacia su cuello.
—Tienes un pequeño morado ahí.
Instintivamente, Leal llevó una mano hasta esa parte de su piel y sintió cómo el calor subía inmediatamente a sus mejillas al entender de lo que hablaba Aurora.
Recordó la noche anterior, los besos de Lucifer, su respiración contra su piel, y la manera en que él había escondido el rostro en su cuello mientras intentaba convencerla, entre caricias y palabras, de que se entregara de nuevo a él.
Sin darse cuenta, una sonrisa tímida apareció en su rostro.
Aurora soltó una pequeña risa.
—No te preocupes. No es algo de qué avergonzarse. Es... normal. Al parecer ustedes sí que se traían algo en serio, pero me da gusto.
Leal bajó la cabeza, completamente avergonzada.
—Él... no quiso herirme... Sólo...—
Aurora sonrió con ternura.
—Se nota que de verdad se aman mucho y que no pueden estar separados. Es maravilloso tener eso en tiempos como estos.
Leal guardó silencio. Aquellas palabras hicieron que la sonrisa desapareciera poco a poco.