Nicholas Gray
Charlie no durmió esa noche.
¿Cómo podía hacerlo?
Cada vez que cerraba los ojos veía: la caja negra, el hombre del traje, y aquella frase escrita detrás de la fotografía.
“Él se va a enamorar de ti.”
Ridículo.
Inquietante.
Y extrañamente específico.
A las tres de la madrugada seguía sentada sobre la cama, observando las fotos de Mondrich Hall iluminadas apenas por la lámpara del escritorio.
La academia parecía hermosa de una manera casi irreal.
Demasiado perfecta.
Torres góticas. Pasillos infinitos. Candelabros antiguos. Jardines oscuros cubiertos por niebla.
Parecía un lugar sacado de un sueño.
O de una pesadilla elegante.
Charlie pasó otra página del dossier.
Lista de estudiantes destacados.
Ahí estaba él otra vez.
Nicholas Alexander Gray
Heredero de Gray Enterprises.
Capitán honorario.
Excelencia académica.
Conducta impecable.
Charlie soltó una risa seca.
La foto no gritaba precisamente “conducta impecable”.
Nick parecía el tipo de persona que rompía reglas solo para ver qué ocurría después.
Cabello oscuro desordenado. Mandíbula marcada. Ojos grises casi plateados.
Y una mirada…
Dios.
Era el tipo de mirada que hacía sentir observada incluso a través del papel.
Charlie dejó la hoja sobre la cama rápidamente.
No sabía por qué le incomodaba tanto.
Quizá porque parecía demasiado consciente de sí mismo. Demasiado tranquilo.
Como si nada pudiera tocarlo.
Como si el mundo entero orbitara alrededor suyo.
Un golpe en la puerta la sobresaltó.
—¿Charlie?
La voz de su madre.
Charlie abrió lentamente.
Su madre seguía despierta. Todavía llevaba la misma ropa.
Y eso ya era mala señal.
Entró al cuarto sosteniendo una taza de café entre las manos.
—Tenemos que hablar.
Charlie se sentó en la cama.
—Finalmente.
Su madre permaneció callada unos segundos.
Como si estuviera ordenando recuerdos que no quería tocar.
—Hace veinte años… yo estudié en Mondrich Hall.
Charlie sintió que algo se tensaba dentro suyo.
—¿Qué?
—Solo por un año.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca quise volver a pensar en ese lugar.
La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas.
—¿Qué pasó ahí?
Su madre bajó la mirada.
—Personas desaparecieron.
Charlie sintió un escalofrío.
—¿Desaparecieron cómo?
—Simplemente… un día dejaban de existir.
El silencio llenó el cuarto.
—Eso no tiene sentido.
—Mondrich Hall controla demasiadas cosas, Charlie. Familias, dinero, política… gente poderosa manda a sus hijos ahí desde hace generaciones.
Charlie recordó al hombre del traje negro.
—¿Y The Insider?
Su madre levantó la vista de golpe.
Demasiado rápido.
Charlie lo notó.
—Sabes qué es.
Silencio.
—Mamá.
—Es una sociedad secreta.
El corazón de Charlie comenzó a latir más fuerte.
—¿Y qué hacen?
—No lo sé todo.
Mentira.
Charlie lo vio en sus ojos.
—Pero sé que nadie sale igual de ahí.
La tensión quedó suspendida entre ambas.
Entonces su madre tomó algo del bolsillo de su abrigo.
Un collar plateado.
En el centro tenía grabada una pequeña flor Lycoris.
Charlie lo observó confundida.
—Era mío cuando estudiaba ahí.
—¿Por qué me lo das?
Su madre se acercó lentamente.
Y por primera vez en años… acarició su rostro.
—Porque si vas a entrar a Mondrich Hall…
Su voz se quebró apenas.
—Necesitas recordar quién eres.
Charlie sintió un nudo extraño en el pecho.
—No quiero ir.
Pero incluso mientras lo decía… sabía que mentía.
Porque una parte de ella sí quería.
Quería respuestas.
Quería entender por qué aquel lugar parecía conectado a toda su vida.
Su madre dejó el collar sobre su mano.
—Prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—No confíes en los Gray.
Demasiado tarde.
Porque Charlie ya estaba pensando en Nicholas Gray otra vez.
En su sonrisa.
En sus ojos.
En aquella sensación incómoda de que él ya sabía algo sobre ella.
Y eso era imposible.
¿Verdad?
Dos días después, Charlie estaba frente a Mondrich Hall.
El auto avanzó lentamente entre enormes portones negros de hierro.
Y el colegio apareció entre la niebla como una criatura despertando.
Gigante. Antiguo. Imponente.
Charlie dejó de respirar por un segundo.
Las fotografías no le hacían justicia.
Mondrich Hall era… absurdo.
Torres oscuras atravesaban el cielo gris. Vitrales iluminados reflejaban tonos dorados. Las escaleras principales parecían pertenecer a un palacio.
Todo era elegante.
Pero frío.
Terriblemente frío.
Había estudiantes caminando por los jardines.
Todos perfectamente vestidos.
Todos demasiado hermosos.
Y todos mirando el auto.
Mirándola.
Charlie tragó saliva.
—Bienvenida al infierno —murmuró el conductor.
—¿Qué?
El hombre sonrió apenas desde el espejo.
—Nada, señorita Fairchild.
El auto finalmente se detuvo.
Un empleado abrió la puerta.
El aire helado golpeó inmediatamente su piel.
Charlie bajó lentamente.
Y entonces lo sintió.
Todas las miradas encima suyo.
Como si supieran algo.
Como si estuvieran esperando verla.
Un grupo de chicas susurró cerca de la fuente central.
Algunos chicos levantaron la vista desde las escaleras.
Y entonces…
silencio.
Porque alguien acababa de aparecer arriba de la escalinata principal.
Nicholas Gray.
Uniforme negro impecable. Corbata aflojada. Una mano dentro del bolsillo.
Y esos ojos grises directamente sobre ella.
El mundo entero pareció detenerse.